MÍCALA: UNA IMPORTANTE BATALLA OLVIDADA
Lic. Miguel Angel García Alzugaray

En el año 479 a. C., el rey espartano Leotíquidas II dirigió la flota griega que resultó vencedora en la

batalla de Mícala, aprovechando que la flota persa había sido parcialmente desmovilizada. Los barcos persas fueron capturados o quemados, y el campamento persa, tomado al asalto.

Leotíquidas pertenecía a la dinastía de los Euripóntidas y sucedió a Demarato, que había sido derrocado previamente.

Tras la muerte de Darío, su hijo Jerjes asumió el poder, ocupándose los primeros años de su reinado en reprimir revueltas en Egipto y Babilonia, y preparándose a continuación para atacar a los griegos. Antes había enviado a Grecia embajadores a todas las ciudades para pedirles tierra y agua, símbolos de sumisión. Muchas islas y ciudades aceptaron, pero Atenas y Esparta no. Se cuenta que en estas dos ciudades, ignorando la inmunidad diplomática de los embajadores, les respondieron: «Tendréis toda la tierra y el agua que queráis», y acto seguido los arrojaron a un pozo. Era una declaración de guerra definitiva.

Sin embargo, en Esparta se empezaron a dar pésimos augurios, los cuales se creían causados por la ira de los dioses como consecuencia de sus actos. Se hizo un llamado a los ciudadanos espartanos para solicitar si alguno era capaz de sacrificarse para satisfacer a los dioses y así aplacar su ira. Dos ricos espartanos, Espertias y Bulis, ofrecieron entregarse al rey persa y se encaminaron hacia Susa donde fueron recibidos por Jerjes, quien los obligó a postrarse ante él. Sin embargo, los emisarios espartanos se resistieron, y le respondieron: «Rey de los medos, los lacedemonios nos han enviado para que puedas vengar en nosotros la muerte dada a tus embajadores en Esparta». Jerjes les respondió que no iba a hacerse cometedor del mismo crimen ni creía que con su muerte los liberaría de la deshonra.

La batalla de Mícala (en griego antiguo:

Μάχη τῆς Μυκάλης; Machē tēs Mykalēs) fue una de las grandes batallas que pusieron fin a la segunda invasión persa de Grecia

durante las guerras Médicas.

Tuvo lugar hacia finales de agosto del año 479 a. C. en la costa de Jonia junto al pie del monte Mícala, muy cerca de la isla de Samos.

En el enfrentamiento intervinieron una alianza de polis griegas, entre ellas Esparta, Atenas y Corinto, contra el imperio Aqueménida de Jerjes I.

El año anterior una fuerza invasora persa liderada por Jerjes en persona había logrado vencer a los helenos en las batallas de las

Termópilas y Artemisio, conquistando así Tesalia, Beocia y el Ática.

Sin embargo, en la siguiente batalla de Salamina una alianza de armadas griegas consiguió una sorprendente victoria que logró impedir la conquista persa del Peloponeso.

Jerjes tuvo que retirarse y dejó en Grecia a su general Mardonio al frente de un poderoso ejército con el que intentar someter al año siguiente a los griegos.

Este ofreció la libertad a los griegos si firmaban la paz, pero el único miembro del consejo de Atenas que votó a favor fue condenado a muerte por sus compañeros. De esta forma, los atenienses volvieron nuevamente a buscar refugio en Salamina, y Atenas fue incendiada por segunda vez.

Pero en el verano del 479 a. C., los griegos reunieron un enorme ejército y marcharon a enfrentar a los persas de Mardonio.

Al enterarse de que el ejército espartano se dirigía contra ellos, los persas se retiraron hacia el Oeste hasta Platea. Dirigidos por Pausanias, general conocido por su sangre fría, los espartanos, junto a los atenienses y los demás aliados griegos rehusaron combatir los siguientes días en ese terreno ya que favorecía la caballería que rodeaba el campamento persa. Como además sus líneas de suministro estaban interrumpidas, el ejército griego inició una retirada parcial. Los persas interpretaron esto como una retirada total y Mardonio ordenó a sus fuerzas perseguirlos, pero los griegos se detuvieron, dieron media vuelta y plantaron batalla. El arma defensiva de los soldados persas era un gran escudo de mimbre, complementado con una lanza corta, mientras que sus contrapartes griegas, los hoplitas, portaban un escudo de bronce y una lanza mucho más larga. El combate fue feroz y duradero, ya que los griegos presionaban continuamente las líneas persas mientras éstos intentaban partirles las lanzas para obligarlos a recurrir a sus espadas cortas.

Mardonio estaba montado en su caballo blanco y rodeado por una guardia de 1000 hombres. Pero los espartanos se abrieron paso hasta el comandante persa y una piedra lanzada por uno de ellos le impactó en la cabeza y lo mató. Los persas comenzaron a huir, pero su guardia personal continuó combatiendo hasta que fue aniquilada. Pronto la huida se hizo general y los persas comenzaron a volver en desorden a su campamento. Los aliados griegos, reforzados por los contingentes que no habían intervenido en la batalla, lograron irrumpir. La empalizada del asentamiento fue bien defendida por los persas en un principio, pero los griegos acabaron por abrirse paso y masacraron a los persas allí refugiados.

Al mismo tiempo, una flota aliada helena navegó hasta Samos, donde fondeaba lo que quedaba de la desmoralizada flota persa. Los asiáticos trataron de evitar la confrontación y vararon sus barcos en las faldas del monte Mícala, tras lo que se reunieron con un grupo del ejército persa y construyeron un campamento rodeado por una empalizada. El comandante de los griegos, el rey espartano Leotíquidas II, decidió atacar de todos modos con la totalidad de sus hombres, marinos incluidos.

Aunque los persas ofrecieron una estoica resistencia, los poderosos hoplitas griegos se mostraron nuevamente superiores en combate y consiguieron derrotarlos. Los persas huyeron a su campamento, pero allí desertó el contingente de griegos jónicos, circunstancia que facilitó el asalto y toma de la empalizada por parte de los helenos, que masacraron en su interior a muchos persas.

Los barcos medos fueron capturados y quemados, lo que sumado a la derrota de Mardonio en Platea (al parecer ambos enfrentamientos ocurrieron en el mismo día), puso fin definitivo a la invasión persa de Grecia. Tras Platea y Mícala los aliados helenos pudieron tomar la iniciativa en la guerra contra el imperio persa, marcando así una nueva fase en las guerras Médicas.

Aunque Mícala fue una batalla decisiva en todos los aspectos, no goza de la misma fama (ni en su momento siquiera) que por ejemplo la victoria ateniense en Maratón o la derrota griega en las Termópilas.

Leotíquidas tras haber muerto Zeuxidamo, se casó en segundas nupcias con Eurídama, que era hija de Diactóridas y hermana de Menio. Con ella no tuvo descendencia masculina, pero sí una hija, Lampito, a la que desposó Arquídamo, el hijo de Zeuxidamo ya que Leotíquidas le había concedido su mano.

Acusado Leotíquidas de dejarse sobornar durante la conducción de una expedición a Tesalia que tenía como objetivo castigar a los Aleuadas, miembros de una familia dirigente de Larisa, por haber apoyado a Jerjes I durante la Segunda Guerra Médica; fue juzgado en 476 a. C. y condenado al exilio, que pasaría en Tegea hasta su muerte, que tuvo lugar en el año 469 a. C.

La política de Leotíquidas pareció tender a la expansión por el continente, a costa de estados que, como los de Grecia central, colaboraron de grado o por fuerza con los persas.

Era consciente, como Pausanias, de que la guerra era campo privilegiado para que un rey destacase, adquiriera nombre y acrecentara su poder, de tal modo, que si Esparta continuaba desplegando una activa política exterior, los diarcas tenían garantizada la dirección de las campañas militares.

No deja de resultar paradójico que ambos reyes, saludados como salvadores de los griegos, acabaran sus días deshonrados y proscritos en la memoria colectiva espartana.

FIN