DE HOMERO A PITEAS: VIAJANDO A LOS CONFINES DEL MUNDO
Lic.Miguel Angel García Alzugaray

Fue así como Heracles alcanzó la isla de Eritía (roja con el color del atardecer), situada en los confines occidentales del orbe, donde moraba el temible Gerión, un gigante tricéfalo que custodiaba unas magníficas vacadas. Y así viajó Perseo hasta la morada de las terribles Gorgonas, situada también en el extremo Occidente, para matar a Medusa, la única mortal y la más poderosa de todas ellas.

La condición privilegiada de estos territorios limítrofes con el océano aparecía compensada con la condición monstruosa de muchos de sus habitantes. De hecho, los dioses olímpicos habían expulsado hacia esos confines a los seres primordiales a los que habían derrotado tras su disputa por el dominio del universo: titanes, monstruos y gigantes.

En la época arcaica, entre los siglos VIII y VI a.C., el limitado horizonte geográfico de los griegos se amplió gracias a las colonizaciones, que los llevaron hasta las costas del mar Negro por Oriente y hasta la península Ibérica por Occidente. Algunos escenarios míticos, como el destino de los Argonautas o la morada de Gerión, antes situados de manera difusa en los confines del orbe, fueron localizados en territorios concretos como la costa oriental del mar Negro (la actual Georgia) o las islas cercanas a la ciudad fenicia de Gades (Cádiz).

Pero el viaje hacia los confines se continuó percibiendo como un acontecimiento de naturaleza heroica o mágica. Así lo evidencian periplos como el de Coleo de Samos hasta Tartessos a mediados del siglo VII a.C., que fue conducido allí con la complicidad divina mediante los vientos que lo desviaron repetidamente de su ruta hacia Egipto, o el de Aristeas de Proconeso hacia las regiones más remotas del norte del mar Negro, a donde llegó «inspirado» por Apolo, que lo convirtió en una especie de chamán o de mago capaz de aparecer muerto en un lugar y reaparecer con vida en otro situado a cientos de kilómetros de distancia.

Los confines del orbe iban así adquiriendo entidad geográfica al situarlos en las costas de la remota Iberia o en las interminables estepas rusas. La aparición en escena del Imperio persa significó un importante salto en este terreno. La expedición de Cambises a Egipto, así como las conquistas de Darío I hasta la India y su campaña contra los escitas de las estepas comportaron un avance espectacular en el conocimiento geográfico de los griegos, y éstos identificaron como los extremos del mundo territorios que hasta entonces resultaban prácticamente desconocidos.

Sin embargo, el aspecto mítico que rodeaba estos lugares apenas experimentó variaciones. En la Historia de Heródoto, las riquezas extraordinarias de los confines comparten espacio con pavorosos peligros que allí acechan a los viajeros. Así, unas terribles hormigas, «de un tamaño menor que el de un perro y mayor que el de una zorra» custodiaban el oro de la India. «Cuando llegan los indios con sus costales al lugar los llenan de la arena [de oro] y a toda prisa se marchan de vuelta porque las hormigas, según dicen los persas, les rastrean por el olor y les persiguen. Dícese que ningún otro animal se les parece en velocidad, hasta el punto de que si los indios no cogieran la delantera mientras las hormigas se reúnen, ninguno de ellos se salvaría» (Historia III, 105).

También en Arabia, la última de las tierras pobladas hacia el sur, abundan los aromas y las especias, pero los árabes las recogen con dificultad.«Recogen el incienso con sahumerio [del árbol] de estoraque, que los fenicios traen a Grecia; con este sahumerio lo cogen, porque custodian los árboles del incienso unas serpientes aladas de pequeño tamaño y de color vario, un gran enjambre alrededor de cada árbol. No hay medio alguno de apartarlas de los árboles, como no sea con el humo del estoraque» (III, 107).

Según estas historias fabulosas, en los confines del orbe habitaban también pueblos y gentes de fisonomía y condiciones extraordinarias. Así, en el norte «se cuenta que a los grifos les roban el oro los arimaspos, los hombres que tienen un solo ojo» (III, 116), y que «al pie de unos altos montes, viven unos hombres de quienes se cuenta que son todos calvos de nacimiento, lo mismo los hombres que las mujeres, de narices chatas, mentón grande y de lenguaje particular [...] cada cual vive bajo un árbol [...] Estos calvos dicen, aunque para mí no son creíbles, que en aquellos montes viven los hombres con pies de cabra, y pasando estos hay otros hombres que duermen seis meses al año» (IV, 23-25).

Hecateo de Mileto (550-476 a.C.) elaboró un detallado libro que no se conserva en el que se recogían sus propias observaciones junto con las de otros viajeros y comerciantes. Los datos de primera mano que pudo aportar, como costas y puertos, los obtuvo en su circunnavegación del Mediterráneo (periplo). En el mapa que lleva su nombre la Península ibérica es irreconocible, pero la itálica y la helénica logran una buena aproximación. El mapa recoge media docena de islas conocidas. Dividió el orbe en dos continentes de forma fantástica, Europa al norte y Asia al sur.

Las conquistas de Alejandro Magno significaron otro momento decisivo en la ampliación de los horizontes geográficos. Además, los griegos que viajaron hasta aquellos lejanos territorios formando parte de su expedición de conquista fueron numerosos y tuvieron la oportunidad de comprobar en persona la realidad de aquellas tierras, y de desmentir las fabulaciones que habían circulado hasta entonces.

A pesar de todo, las historias fabulosas que se habían contado sobre aquellas tierras perduraron. Los relatos que de las conquistas de Alejandro hicieron quienes habían participado en ellas repitieron casi los mismos tópicos y fantasías que sus antecesores, que no habían viajado hasta allí. Autores como Onesícrito y Nearco mencionaron de nuevo a las hormigas guardianas del oro, las enormes serpientes de la India, los monstruos que moraban en las aguas del océano, los salvajes que se alimentaban sólo de pescado y construían las casas con sus espinas y raspas, o la existencia de individuos dotados de gran sabiduría: los gimnosofistas o sabios desnudos, que pasaban el día sentados bajo el tórrido sol sin que les afectasen el cansancio o las necesidades materiales.

De todos modos, introdujeron algunas precisiones y matizaciones dentro de este esquema mítico para racionalizarlo en la medida de lo posible. Por ejemplo, no vieron directamente a las famosas hormigas, sino tan sólo sus esqueletos colgados en un campamento indio, o asignaron medidas concretas a la longitud de algunas serpientes. Pero la imagen de una tierra extraordinaria dotada de una flora y fauna excepcionales y habitada por gentes salvajes y sabias con costumbres exóticas y variopintas perduró durante toda la Antigüedad, avalada ahora por el testimonio de los expedicionarios que afirmaban haber contemplado con sus propios ojos tales maravillas.

Sin embargo, poco antes de que el geógrafo Dicearco de Mesina dibujara su famoso mapa Mundi, un intrépido viajero griego-marsellés de nombre Piteas, regresó de una expedición que le había conducido hasta los confines del mundo en su afán por determinar las latitudes más remotas. Dejó constancia de que en su periplo hacia el oeste había visitado las Islas Británicas y las Casitérides, y dirigiéndose después hacia el norte, había conocido diversos territorios e islas, entre ellos el reino de Thule, las costas noruegas y las islas Feroes. Explicó que en aquellas latitudes 'el agua, la tierra, el aire y el fuego pierden su naturaleza individual y se entremezclan y confunden'. Estos territorios serían reflejados por Dicearco en su mapa.

Piteas fue uno de los primeros griegos en cruzar el estrecho de Gibraltar y suyo fue el primer testimonio escrito en el que se llama a la península ibérica «Hispania»; de hecho, se le atribuye el descubrimiento de que Hispania es una península.

Se especula que la razón primera de su viaje fue consecuencia de un descuido temporal del bloqueo del estrecho de Gibraltar por parte de los cartagineses entre 306 y 310 a.C., debido a sus luchas con los griegos de Sicilia. Otros suponen que franqueó el lugar en navegación nocturna, en 325 a.C. Hasta entonces los cartagineses controlaban el estrecho, impidiendo franquearlo para así defender sus colonias en costas africanas y ocultar la ruta hacia los centros de producción de estaño, que ellos monopolizaban desde su colonia de Gadir. Por tanto, la única ruta para conseguir estaño (principal componente del bronce), que supuestamente era producido en minas del norte de Europa, sin comerciarlo con los cartagineses era cruzando por tierra toda la Galia a través de la conocida como ruta del estaño (Galia). Un barco que consiguiera llegar a las zonas de producción de estaño y volver con el cargamento podría hacer un gran negocio.

En su viaje visitó la Galia (Francia), el monte Saint-Michel (la isla donde los comerciantes vendían el estaño limpio, al igual que en Cornualles), Britania, Gran Bretaña, las islas Orcadas, las islas Shetland, y descubrió una lejana tierra a la que llamó Thule. Hasta hoy, los expertos discuten si Thule sería Islandia, una de las islas Feroe o incluso una parte de Noruega, pero se inclinan a pensar que se trata de la primera por las descripciones de un «fuego siempre luciente», que podría hacer referencia a esa isla volcánica. Enfilando incansablemente hacia el norte, cruzó el círculo ártico, hasta que los témpanos no le dejaron avanzar más. Sus fines eran sobre todo económicos, pero todo el avance producido más allá del monte Saint-Michel se debe solamente a su propio espíritu explorador y aventurero. Su viaje tuvo un recorrido de 7 000 a 7 500 millas, igualando al primer viaje de Colón. Viajó con un solo barco y su travesía duró un año.

En el viaje de regreso pasó frente a las costas de Dinamarca, pasó nuevamente por Britania y regresó sano y salvo al puerto de Masalia. Una vez de vuelta, enriquecido con la mercancía conseguida, escribió un libro relatando con detalle y objetividad su viaje, Sobre el Océano (?e?? t?? ??ea???), siendo éste uno de los considerados periplos de la antigüedad, antecesores de los actuales derroteros.

Piteas fue uno de los navegantes más científicos de la antigüedad. Determinó la posición precisa del polo norte celeste (que no coincide exactamente con la estrella Polar), calculó la latitud de su ciudad, (Marsella), con un mínimo de error (43º3'N en lugar de los 43º17'N reales). En su viaje hizo observaciones del sol que contribuyeron a que geógrafos posteriores identificaran paralelos de latitud. Fue el primero en observar el sol de medianoche, la aurora boreal y en vincular las fases de la luna con las mareas.

Durante varios siglos, todo lo conocido sobre las regiones nórdicas (Bretaña, Irlanda, Gran Bretaña y el Mar del Norte) derivó de la información que él aportó. Registró el nombre local de las Islas Británicas en griego, ??etta???? (Prettanik?), que luego derivó en los textos del historiador Diodoro en Pretannia, y posteriormente, Britannia.

A causa de los relatos de sucesos «extraños» que aparecen en sus escritos, muchos sabios de la antigüedad desdeñaron sus enseñanzas como absurdas, incluso si daban crédito a leyendas y noticias más estrañas aún. Entre los que lo trataron de embustero se encuentran Polibio, Artemidoro y Estrabón. No obstante, entre sus defensores había eruditos de no menor consideración, como Timeo, Hiparco, Eratóstenes o Posidonio. Aunque ninguno de los escritos de Piteas se ha conservado íntegro, han llegado a la actualidad buena parte de sus ideas gracias a las continuas polémicas que se mantuvieron por su causa.

Aún hoy sigue considerándose una hazaña increíble, cómo un barco a remos de bajo calado y preparado solamente para costear el Mediterráneo, pudo hacer un viaje de miles de kilómetros por el Atlántico norte, por mares congelados y embravecidos. Toda una aventura que tardaría siglos en ser reconocida y aún más en ser emulada.

Fin