ERATOSTENES Y LA PAIDEIA DE PTOLOMEO IV
Introduce aquí el subtítular

Lic. Miguel Angel García Alzugaray

"Sempiterno faraón, no hay verdadero rey sin una buena crianza. Para lograrlo, se requiere, dos cosas: competencia y capacidad pedagógica del profesor para impartir una materia concreta, y al mismo tiempo un estilo de comportamiento apto para la convivencia diaria con el príncipe. o dicho de otra manera, que sea digno de la alta misión encomendada al mismo".

Estimados amigos, no es de extrañar que una reflexión similar tuviese lugar a mediados de Panemos,Esciroforión para los atenienses (junio) del XVI año del reinado de Ptolomeo III Evérgetes (230 a. C.), entre el poderoso faraón del Alto y Bajo Egipto, de 52 años de edad y el renombrado erudito Eratóstenes de Cirene de 45 años, durante el análisis de los aspectos fundamentales que debía poseer la educación del príncipe heredero de la codiciada doble corona.

Eratóstenes era hijo de Aglaos. Estudió en Alejandría y durante algún tiempo en Atenas. Fue discípulo de Aristón de Quíos, de Lisanias de Cirene y del poeta Calímaco y también gran amigo de Arquímedes.

Conocedor de la fama que se había granjeado el sabio con sus estudios de matemáticas, geografía, astronomía, gramática y otras importantes ramas del saber, el faraón no vaciló en solicitar su cooperación para que acudiese a Alejandría a hacerse cargo de la Gran biblioteca de la ciudad.

Eratóstenes había arribado a la floreciente metrópoli hacía seis años (236 a. C), ocupando de inmediato el cargo que había dejado vacante su ilustre condiscípulo, el poeta Apolonio de Rodas, que había caído en desgracia por contradicciones con la reina Berenice II.

Un tiempo después, el rey le solicitó a su flamante bibliotecario que se encargase también de la educación de su hijo Ptolomeo, el príncipe heredero, tarea por demás honrosa que el sabio asumió con mucho interés.

Por esos días, el príncipe Ptolomeo IV recién había cumplido los 17 años de edad, momento crucial en la educación de un descendiente de los Lágidas, la poderosa dinastía fundada por Ptolomeo I Soter, el valeroso general de Alejandro Magno que se declaró faraón en el año 3de la 118ª olimpiada (305 a.C), apoderándose del trono del milenario Imperio.

Ptolomeo III se había casado, por orden de su padre, con Berenice II, hija de su medio tío, Magas, gobernador y casi rey de Cirene, lo cual era una manera de lograr la unidad de Cirene y Egipto por vía matrimonial, vía que Ptolomeo II gustaba utilizar.

Ptolomeo III no tendría varias esposas, y de su única mujer; Berenice II, nacieron seis retoños: Ptolomeo IV, su sucesor, Arsínoe III, Berenice , Lisímaco, Alejandro y Magas.

La soberana de 39 años, era hija del rey Magas de Cirene y de Apama, hija de Antíoco I Sóter. Apama, partidaria de una alianza con la dinastía seléucida de Siria, intentó frustrar el matrimonio de su hija con el joven Ptolomeo III, prometiendo a Berenice con el príncipe macedonio y rey de Cirene, Demetrio el Bello, con el que se casó alrededor de 249 a. C.,. Sin embargo, tras llegar a Cirene, Demetrio se hizo amante de Apama, y Berenice le hizo asesinar. No tuvo hijos con él. Tras estos trágicos sucesos casó con Ptolomeo III.

Berenice II fue la primera reina del Egipto ptolemaico que hizo acuñar monedas con su efigie.

Todos los cronistas concuerdan en afirmar que la reina era una hermosa mujer con rostro de ser una voluntariosa aristócrata, personalidad que era realzada por rasgos de la salvaje belleza característica de algunas mujeres macedonias, lo que incluía su deslumbrante larga cabellera roja como el fuego, objeto de tantas leyendas.

Cuando PtolomeoIII subió al trono, su primera misión consistió en ir a Siria para luchar contra el rey Seleuco II y vengar el asesinato de su hermana y de su sobrino (que era el heredero al trono de esta región de Asia).

Al aceptar casarse con Berenice Sira, hija de Ptolomeo II, Antíoco II buscaba, además de una mujer más joven y menos enérgica que Laodice su primera esposa, nuevos recursos y la alianza de los Lágidas. Los seléucidas tenían necesidad de la paz para consolidar lo que quedaba de su patrimonio, pero no la consiguieron. El matrimonio diplomático de Antíoco tuvo como consecuencia inmediata arrojar al país a una nueva guerra, más desastrosa todavía que las precedentes.

Ptolomeo II Philadelfo había muerto en el 36 año de su reinado (246 a. C.), y Antíoco II le sobrevivió tan solo unos siete meses. A su muerte, fue proclamado rey Seleuco II, su hijo con Laodice, mientras que eran asesinados Berenice y su hijo, aunque no antes de que hubieran pedido ayuda a Ptolomeo III. Éste se apresuró a enviar una flota, que ocupó Seleucia y Antioquía. Luego, el ejército egipcio invadió Cilicia, para evitar que Seleuco dominara Asia Menor. Ptolomeo se presentó personalmente en Siria, logrando el dominio desde el sur del Tauro hasta el Éufrates.

Una lápida en Adulis dice así:

El rey Ptolomeo III el Grande, hijo del rey Ptolomeo y de la reina Arsínoe, dioses hermano y hermana, hijos del rey Ptolomeo y de la reina Berenice, dioses Salvadores, descendientes por parte de padre de Hércules, hijo de Zeus, y por parte de madre de Diónisos, hijo de Zeus, tras recibir de su padre el reino de Egipto, Libia, Siria, Fenicia, Chipre, Licia, Caria y las islas Cícladas, marchó contra Asia con tropa de infantería y caballería, una flota, elefantes de la tierra de los trogloditas y de Etiopía, a los que su padre y él mismo fueron los primeros en cazar en esos lugares y en equiparlos para la guerra.

Tras asegurarse el dominio de los territorios más occidentales del Eúfrates y Cilicia, Panfilia, Jonia, el Helesponto, Tracia y de todas las fuerzas de esos lugares y de los elefantes indios y tras reducir a la obediencia a todos los gobernantes de esas provincias, cruzó el río Eúfrates y tras haber subyugado a Mesopotamia, Babilonia, Susiana, Pérside, Media y todo el resto de territorio hasta Bactria y, tras haber buscado todos los objetos sagrados que habían sido sacados de Egipto por los persas y haberlos devuelto al país junto con el resto del tesoro de la provincia, envió sus fuerzas con la misión de construir canales ...

Sin embargo, por razones de una revuelta en varias provincias, Ptolomeo se volvió a Egipto sin consolidar las conquistas. Seleuco reaccionó, consiguiendo una alianza matrimonial con Mitrídates II del Ponto, y pudo centrarse en la reconquista de Siria y la construcción de una nueva flota. La reconquista fue rápida, facilitada por la acción de Antígono II Gónatas, que venció a Egipto en la batalla naval de Andros.

En (241 a. C.) se firmó la paz, que no fue mal para Ptolomeo, pues pudo conservar bases en el Egeo: Éfeso, Mileto, Samos, partes de Caria, Licia y Cilicia, además de Fenicia y Seleucia Pieria en el norte de Siria.

En su ausencia, su esposa Berenice languidecía y estaba llena de temores por la vida de su esposo. En su desconsuelo, un día fue al templo de Afrodita y allí juró ante la diosa que sacrificaría para ella su hermosa cabellera que era la admiración de todos cuantos la conocían, en el caso en que Evergetes regresara vivo y vencedor. Así fue, y ese mismo día, el día de su regreso, Berenice cumplió su promesa.

Pero por la noche alguien llegó hasta el templo y robó la cabellera. Se rumoreó que lo hizo un sacerdote del templo de Serapis, indignado por el hecho de que la reina hiciera un sacrificio a una deidad griega. La desesperación de Berenice y el furor de Ptolomeo ante el hecho del hurto fueron grandes. Pero ante ellos llegó el astrónomo Conón de Samos para calmarlos. Su ciencia era muy venerada; había escrito siete libros sobre astronomía y todo el mundo conocía su gran amistad con el famoso Arquímedes de Siracusa. Conón mostró a los reyes una agrupación de estrellas, y les contó que esa constelación acababa de aparecer en el firmamento y que sin duda se trataba de la cabellera de Berenice, que había sido transportada allí por la diosa Afrodita, a quien se le había ofrecido. Después, el sabio Conón dibujó una larga melena de estrellas en el globo celeste del Museo de Alejandría.

El poeta y gramático griego, Calímaco de Cirene, que había sido bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría durante muchos años, inmortalizó a la reina Berenice y su magnífica cabellera en una elegía que expresaba en uno de sus fragmentos:

"Estaba yo recién cortada y mis hermanas me lloraban cuando, de pronto, con un rápido batir de alas, el dulce soplo del céfiro me lleva a través de las nubes del éter y me deposita en el venerable seno de la divina noche Cypris. Y a fin de que yo, la hermosa melena de Berenice, apareciese fija en el cielo brillando para los humanos en medio de innumerables astros, Cypris me colocó, como nueva estrella, en el antiguo coro de los astros".

Volviendo al tema de la Paideia del príncipe, Según Eratóstenes, el rey justo debía identificarse con el rey filósofo de Platón. Necesitaba por tanto una educación real apropiada y consejos. Si el rey no puede ser filósofo, al menos debe rodearse de buenos consejeros que lo sean. El saber debe dar al rey una previsión, imitada de la providencia divina, virtud generadora de seguridad para él y para los pueblos a su mando.

La paideia del príncipe, según estos criterios, consiste en algo más que en

el mero aprendizaje de unos cuantos saberes curriculares; el heredero debe templarse asimismo en un baño de valores políticos y religiosos, entre los cuales deben prevalecer la lealtad y el ánimo de perseverar en la obra de los antepasados, empezando por la del último jefe de la casa. Es aquí donde el ejemplo de gobierno y el magisterio oral del rey constituyen, como es natural, la mejor de las pedagogías. Para la realeza, la paideia debe servir asimismo al propósito de asegurar los mecanismos sucesorios y la identificación entre padres e hijos, entre el monarca y su presunto heredero o su sucesor designado.

Al respecto, es de señalar que el sabio erudito ilustró lo que afirmaba, con los siguientes versos que compuso para la ocasión:

"Feliz eres, Ptolomeo, que en tu hijo rejuveneces,

aportándole tú mismo cuantos dones son gratos

a Musas y reyes. Y al final, oh Zeus celeste,

de tu propia mano reciba también el cetro".

En nuestra opinión, Eratóstenes se consideraba una parte muy implicada en la enseñanza del heredero de la diadema, el futuro Ptolomeo IV Filopátor. El director de la Biblioteca de Alejandría no compuso su poema pensando sólo en la familia real o en la sociedad cortesana; sin duda sabía que la enseñanza primaria de muchos niños topaba con dificultades en todo el mundo griego.

En cualquier caso, se cuenta que complacido por el ingenioso halago, Ptolomeo III ordenó a su Visir inscribir el epigrama de Eratóstenes en una estela que debía ser depositada en el Ptolemeon, uno de los templos de Alejandría, a la vista de todos.

El sabio, captó de inmediato el faraón, estaba proponiendo a la dinastía reinante como modelo a seguir de compenetración generacional y respeto a los estudios; la monarquía era un espejo en el que se miraban los súbditos, comenzando por la educación.

Eratóstenes al igual que Hipias de Élide consideraba que el fin de la enseñanza es lograr la «areté», que significa capacitación para pensar, para hablar y para obrar con éxito.

Según éllos, la excelencia política «ciudadana» consiste en el cultivo de tres virtudes específicas: Moderación, equilibrio y dicaiosine o justicia.

Estas virtudes forman un ciudadano relevante, útil y perfecto. A estas virtudes añadió luego Platón una cuarta, la Prudencia, con lo que dio lugar a las llamadas Virtudes cardinales: la prudencia, la fortaleza y la templanza se corresponden con las tres partes del alma, y la armonía entre ellas engendra la cuarta, la justicia.

Debemos recordar amigos que para los primeros griegos guerreros de hace siglos el único camino de alcanzar la areté era mediante hazañas en la batalla. El ejemplo clásico es Aquiles, quien prefiere morir en combate antes que cualquier otra forma de vida.

Sin embargo, en la época de oro de la Hélade, la adquisición de la areté fue el eje de la educación paideia del joven griego para convertirse en un hombre ciudadano, siguiendo el ideal expuesto por el destacado orador y educador griego Isócrates , autor del panhelenismo.

Isócrates vivió muchos años (436 a.C.-338 a.C.). En consecuencia, le tocó ser testigo de muchos acontecimientos: el enfrentamiento de griegos y persas, la rivalidad entre las ciudades griegas y, por si faltara algo, convulsiones a granel en su ciudad natal, Atenas. Hubo dos propósitos fundamentales que lo movió a actuar en la vida pública: restaurar la grandeza ateniense y unir a las ciudades griegas para enfrentar al enemigo común, los persas. Para lograr estos cometidos consideró que se debía recurrir al poder que caracterizó a su ciudad, la cultura. Era imperativo regresar a las bases que hicieron famosa a esa polis El instrumento privilegiado debía ser la educación.

El método que Isócrates utilizó para desarrollar su proyecto educativo fue el de los escritos de difusión en cuanto la deliberación como arte de la educación. Isócrates promovió el intercambio de ideas mediante la polémica; descubrió que la discusión era un método efectivo para educar al pueblo y a las élites. Por eso sus escritos cobraron nuevos bríos en la Italia renacentista. La idea fue recuperar el principio de contradicción mediante la discusión de ideas. Ese principio de contradicción, es uno de los pilares de la modernidad.

Sin embargo amigos, si al principio Ptolomeo IV parecía ser un discípulo aplicado, con el tiempo demostró estar muy lejos de estos ideales, pues además de convertirse en un disoluto gobernante repudiado por su pueblo, sería el asesino de su madre Berenice II, así como de su hermano Magas y de su hermana Arsinoe III que a la vez era su esposa. Algunos le atribuyen también la posibilidad de que haya ultimado a su padre Ptolomeo III para coronarse faraón.

Esta criminal conducta, no puede ser achacada a la educación recibida, ya que Eratóstenes fue un excelente preceptor, sino a las malas compañías que manipulaban a su antojo al joven soberano que era muy dado a la bebida y a las depravaciones de todo tipo.

Según Polibio, entre Sosibio, el ambicioso Gran Visir de la corte y un aristócrata nombrado Agatocles, amigote de infancia de Ptolomeo IV, se encargaron de empujar poco a poco al abismo al voluble soberano que finalmente sería asesinado por éllos en el 205 a.C.

El mencionado Agatocles tenía una hermana que se llamaba Agatoclea, que era peor incluso que éste, pues poseía una seductora belleza que desde temprano empleó para corromper al joven rey, con sus ardides de experimentada hetera convirtiéndole en su amante.

A través de su padre, agatoclea era pariente lejana de la Dinastía ptolemaica. De ascendencia noble greco-egipcia, era hija de Oenanthe de Egipto con su primer marido, Agatocles. Su abuela paterna, Teoxena de Egipto, fue una princesa griega siracusana, y su madre, también llamada Teoxena fue una noble macedonia, medio hermana del faraón Ptolomeo II Filadelfo.

Lo cierto es, que con Ptolomeo IV comenzaría la lenta pero imparable decadencia de la dinastía de los Lágidas, cuyo último representante sería la famosa reina Cleopatra VII de Egipto.

Fuentes:

-Polibio 63, xiv. 11, xv. 25-34

  1. -Justino, xxx. 1, 22.

-Ateneo, vi. p. 251, xiii. p. 576

.

-Plutarco, Cleom. 33

-Diccionario enciclopédico hispano-americano, Tomo VII. Montaner y Simón Editores (1890).

-Mitógrafos griegos. Biblioteca Clásica Gredos, 376. Editorial Gredos. Madrid. ISBN 978-84-249-3590-0.

-José Fernández-Santillán. Isócrates y los orígenes de la educación cívica. Actualidad de un pensador clásico65

FIN