LA ILIADA Y EL CONMOVEDOR LAMENTO DE LOS COLOSOS DE MEMNÓN
Lic. Miguel Angel García Alzugaray

Los colosos de Memnón (en árabe Al-Colossat o Es-Salamat) son dos gigantescas estatuas de piedra que representan al faraón Amenhotep III situadas en la ribera occidental del Nilo, frente a la ciudad egipcia de Luxor, cerca de Medinet Habu y al sur de las grandes necrópolis Tebanas.

Las dos estatuas gemelas muestran a Amenhotep III en posición sedente; sus manos reposan en las rodillas y su mirada se dirige hacia el Este, en dirección al río Nilo y al Sol naciente. Dos figuras de menor tamaño, situadas junto al trono, representan a su esposa Tiy y a su madre Mutemuia; los paneles laterales muestran una alegoría en bajorrelieve del dios de la inundación anual, Hapy.

Las estatuas están esculpidas en grandes bloques de cuarcita, traídos especialmente desde Guiza y de la cantera de Gebel el-Silsila, al norte de Asuán. Incluyendo las bases de piedra sobre las que se sustentan, las estatuas tienen una altura total de dieciocho metros.

La función original de los colosos fue la de presidir la primera entrada de los tres pilonos existentes en el complejo funerario de Amenhotep III. Existen otros cuatro colosos caídos que flanquean otros dos pilonos desaparecidos que una misión internacional intenta recuperar.

El templo era un inmenso centro de culto, construido en vida del faraón, en el que se le adoraba como al dios en la tierra. En esos días, el complejo del templo era el mayor y más espectacular de todo Egipto. Ocupaba un total de 35 hectáreas. Incluso el Templo de Karnak era menor que el conjunto funerario de Amenhotep. Hoy en día, sin embargo, quedan pocos vestigios del templo.

El historiador y geógrafo griego Estrabón explica que un terremoto, en el año 27 a. C., dañó a los colosos. Desde entonces se decía que las estatuas "cantaban" cada mañana al amanecer, concretamente, la estatua situada más al sur. La explicación es que el cambio de temperatura, al comienzo del día, provocaba la evaporación del agua, que al salir por las fisuras del coloso producía el peculiar sonido. El emperador romano Septimio Severo nos privó de este fenómeno al restaurar la estatua en el siglo III d. C.

El nombre "Colosos de Memnón" proviene del período helenístico. Los colosos fueron bautizados por los primeros viajeros griegos con tal nombre porque la pronunciación de «Phamenoth» (Amenofis), que escuchaban a los lugareños, les recordaba a la de Memnón un héroe de la guerra de Troya, rey de Etiopía, hijo de Titono y Eos, la diosa de la aurora, y sobrino de Príamo, que llevó a sus ejércitos desde África hasta Asia para ayudar a defender la sitiada ciudad y que fue finalmente derrotado por Aquiles.

Fue entonces cuando la madre de Memnón, Eos, envióo a los hermanos de éste, los vientos del norte, del sur, del este y del oeste, a recoger el cadáver de su amado hijo.

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Eos, completamente desconsolada, no cesaba de lamentar y llorar el trágico fallecimiento de Memnón, y sus lágrimas, en teoría, aún pueden verse todas las mañanas bajo la forma de gotas de rocío.

Conmovido por el dolor de Eos, Zeus le concedió a Memnón la inmortalidad.

La muerte de Memnón es relatada ampliamente en el poema épico Etiópida, escrito después que la Ilíada, sobre el siglo VII a. C. Quinto de Esmirna también habla sobre la muerte de Memnón en su poema Posthoméricas.

Las grandes figuras colocadas mirando al alba, el viento, el llanto o canto triste, la proximidad de Etiopía... Todo propició que los colosos de Amenhotep III miles de años después de ser levantados en honor del faraón, terminaran identificándose con la imagen de ese Memnón mitológico llorado por su madre y, a la vez, llamando a su madre al amanecer. Así que los sonidos emitidos por los grandiosos retratos en piedra de Amenhotep III se terminaron vinculando con una conmovedora leyenda del mundo griego, con la idea de que la afligida diosa Eos y su hijo se llaman al alba, para llegar a un desgarrado reencuentro en el que algunos vieron la expresión de lo sobrenatural y el poder de un oráculo.

De ahí que los Colosos de Memnón fueran muy populares entre los antiguos griegos y romanos, y que hasta ellos llegaran muchos peregrinos con el deseo de escuchar esas voces quejumbrosas surgidas de la piedra. Y para dejar testimonio de su visita muchos de ellos no dudaron en escribir sobre los colosos sus grafitis, indicando que ellos estuvieron allí y tuvieron el privilegio de escuchar el canto de los colosos.

Por cierto, de lejos los colosos no parecen tan enormes; al contrario, se mantienen acordes con todo lo que los rodea, como si fueran del tamaño natural de los hombres, y nosotros fuéramos los enanos, no ellos los gigantes