LOS REYES KUSHITAS: LOS FARAONES NUBIOS
Lic. Miguel Angel García Alzugaray

A comienzos del siglo XV a.C. Tutmosis I conquista la región de Nubia (en el actual Sudán), el país de Kush, sometiendo a la civilización que la ocupaba. Egipto necesitaba el dominio sobre la zona para controlar sus ricas minas de oro, imprescindibles para mantener su poder.

No imaginaba el poderoso faraón que, siglos después, los nubios dominarían Egipto y los reyes kushitas, convertidos en faraones en la XXV Dinastía, serían la salvaguarda de su civilización y su cultura milenaria.

Desde las primeras dinastías Egipto estableció su dominio sobre Wawat, la Baja Nubia, entre la primera y segunda cataratas del Nilo, limitando con la provincia egipcia de Ta Seti. Esta región, muy fértil y rica en algunas zonas -aunque en otras sólo se encuentra arena y piedras- fue su zona de aprovisionamiento de madera.

Sin embargo no fue hasta el Imperio Medio cuando Egipto tomó completamente el control de la zona, anexionándola al Imperio. Comenzando con Mentuhotep II y con su rígida centralización en detrimento de los nomarcas, hasta Sesostris I, con el que la asimilación es completa. Estamos en el siglo XX a.C., y Wawat, la Baja Nubia, pertenece a Egipto.

Con las invasiones de los hicsos, que tomaron el control del Bajo Egipto, el poder del Imperio se debilita y Kush recupera Wawat. Los kushitas destruyen la red de fuertes erigidos por Sesostris III y toman Buhen.

Es la época de Kerma, la gran capital nubia al sur de la tercera catarata, que se hace fuerte gracias al decaimiento del poder egipcio. De hecho, hay constancia de alianzas entre hicsos y nubios contra Tebas. El milenario imperio se tambalea.

Tras la expulsión de los hicsos, la XVIII Dinastía inicia la recuperación de la riquísima zona de Nubia de inmediato y a principios del siglo XV a.C. ya está integrado territorialmente de nuevo en Egipto. La región se convierte en el Virreinato de Kush, cuyo virrey sólo responde ante el faraón.

A mediados del siglo XI a.C. violentos movimientos separatistas sacuden el Imperio Egipcio. El país queda dividido en dos unidades políticas, dirigidas por las dinastías libias: una en el Bajo Egipto, con capital en Tanis, y otra en el Alto Egipto, gobernada desde Tebas.

La división e inestabilidad políticas son tales que las Dinastías XXII, XXIII, XXIV y XXV son coetáneas, las tres primeras de origen libio.

Es la época conocida como Tercer Periodo Intermedio. Egipto pierde la hegemonía de los faraones nativos a manos de los libios, y será ya para siempre. Tras el gobierno kushita de la XXV Dinastía (como vamos a ver ahora), vendrán asirios y persas, hasta el momento de la conquista por Alejandro Magno y el comienzo del periodo helenístico de Egipto, con la dinastía lágida. Después, la provincia romana de Aegyptus.

Con un Egipto dividido y decadente y el reino de Kush, cada vez más poderoso, en expansión, sucedió lo que tenía que suceder. En la primera mitad del siglo VIII a.C. el rey kushita Alara fijó su atención en el norte y ocupó el Alto Egipto.

Sin embargo fue su hijo Pianjy quien, siguiendo hacia el norte y derrocando uno a uno a los reyes libios llegó a Tebas, en Egipto central, proclamándose faraón e inaugurando la XXV Dinastía, que más tarde acabaría con las dinastías XXII, XXIII y XXIV. Por vez primera veía la historia un faraón de origen etíope.

Faraones Nubios

Esta dinastía, la de los faraones nubios, reyes kushitas procedentes de Nubia, gobernaron Egipto durante ocho décadas, salvando su civilización y su cultura que a su llegada se encontraban al borde del colapso.

Cinco fueron los faraones de la XXV Dinastía, aunque sin duda el más importante de todos fue Taharqa, identificado con el Tirhaka bíblico, rey de Kush que emprendió la guerra contra el asirio Senaquerib.

Y es que durante su reinado sufrió Egipto la invasión de los asirios. Y, aunque en un principio pudo Taharqa expulsarlos, fue derrotado finalmente por Asurbanipal, teniendo que regresar a Tebas, donde murió.

Taharqa oferente

Su reinado, de veintiséis años de duración, dejó tal huella en Egipto que sus enemigos asirios, quienes se referían a él como el maldito por todos los grandes dioses, no consiguieron borrarla.

Al igual que los grandes faraones del Imperio Nuevo, contribuyó a ampliar el complejo de Amón del templo de Karnak, y realmente los egipcios creyeron que era el elegido de este dios, ya que durante su reinado las crecidas del Nilo dejaron grandes cosechas sin llegar a inundar los pueblos.

Bakara Tanutamani, (664 - 656 a. C.) fue rey de la dinastía XXV de Egipto, denominada dinastía Kushita o Nubia.

Su nombre en idioma copto (nubio) es Tanutamani. En los Anales asirios aparece como Tandamane. Su nombre de Trono fue Bakara. Manetón no lo cita. (Amaní es la pronunciación kushita del nombre del dios tebano Amón) Era hijo de rey Shabako y sobrino de su predecesor Taharqo.

Los invasores asirios habían designado a Necao I como rey, abandonando posteriormente Egipto. Entonces, desde Nubia, Tanutamani marchó por el valle del río Nilo y conquistó todo Egipto, incluso Menfis. Necao I, el representante de los asirios, fue asesinado en la campaña de Tanutamani. Como reacción, los asirios regresaron a Egipto, derrotaron al ejército de Tanutamani en el Delta y avanzaron por el sur hasta Tebas, saqueándola.

La ocupación asiria, en 661 a. C., terminó con el control de los reyes nubios sobre Egipto, aunque la autoridad de Tanutamani se reconoció todavía en el Alto Egipto hasta su octavo año. En 656 a. C. el ejército de Psamético I tomó pacíficamente el control de Tebas y unificó todo Egipto bajo su mando finalmente. Después, Tanutamani gobernó únicamente en Nubia; murió en 653 a. C. y fue enterrado en el cementerio familiar en El-Kurru.

Los reyes kushitas abandonaron Egipto y reinaron en el actual Sudán durante un milenio, primero desde la ciudad de Napata, y posteriormente desde Meroe.

Testimonios de su época

La única estatua conocida del rey, que carece de cabeza, se encontró en Gebel Barkal, y se exhibe actualmente en el Museo de Arte de Toledo, en Ohio, EE. UU.

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