FRANCISCO DE MIRANDA: MEMORIAS DE MI ESTANCIA EN CUBA
Autor: Lic. Miguel Angel García Alzugaray

Obra literaria registrada el 4-09-2017, con el Número:2666-09-2017 , en el CENDA (Centro Nacional de Derechos de Autor), La Habana , Cuba. 

PRÓLOGO

A: Mademoiselle Margaritte Moreau Lombard

Zúrich, Confederación Suiza.

Adorada amiga:

A la vez que beso tus delicadas manos con la esperanza de que al recibo de estas líneas te encuentres bien, paso a referirte mis últimas andanzas, dadas las particulares relaciones existentes entre nosotros, desde los inolvidables días de 1780 en que gracias a la música, tuve la dicha de ser objeto de tu benevolencia y amor.

Los que como Vuestra Merced me conocen bien, saben que desde joven tengo por costumbre registrar mediante crónicas detalladas los acontecimientos en los que participo, para que las futuras generaciones puedan juzgar con facilidad mis actos y pensamientos. De ello da buena fe mi diario sobre los viajes realizados por las tierras de España, los Estados Unidos, Inglaterra, Holanda, Prusia, Austria, Hungría, Venecia, Roma, Nápoles Grecia, Constantinopla, Rusia, Suecia , Dinamarca, Bruselas, Suiza, Génova etc. Gracias a este largo periplo, en octubre de 1788, tras 7 años de cruel separación, tuve la inmensa dicha de reencontrarme contigo en Lausana, y renovar los dulces lazos que nos unen, que espero nunca se volverán a desatar.

Tras varias semanas de fatigosas marchas y contramarchas, llenas de incidentes en los que sin lugar a dudas se jugaba el destino de la revolución francesa, al fin hoy 5 de octubre de 1792, puedo cambiar la espada por la pluma, para narrarte las gloriosas jornadas vividas, convencido de que tu pasión por todo lo que se refiera a la lucha por la libertad te interesa.

Empezaré por referir que anteayer 3 de octubre, a un mes apenas de haber sido admitido al ejército francés, me han otorgado un ascenso a teniente general. Mi amigo Pétion, que ahora preside la Convención, me ha felicitado por escrito. Dumouriez, mi superior inmediato, se niega rotundamente a que sea retirado del servicio. Estas inmerecidas muestras de reconocimiento, se deben a mi participaci´ón el pasado 20 de septiembre en el combate acaecido en las cercanías de Valmy, que sin ser una batalla de Queronea, Cannas o Maratón, en mi opinión tendrá una gran repercusión política en los destinos de Europa, al detener el avance de la invasión lanzada por Prusia y Austria.

¡El duelo de artillería de Valmy es la primera victoria militar significativa de la Revolución Francesa!. Si bien los combatientes franceses y prusianos no llegaron a estar en contacto directo en ningún momento, el cañoneo fue lo suficientemente intenso como para causar casi 500 bajas entre ambas partes.

De haber triunfado la coalición austro-prusiana "... La República francesa no existiría más. Pero por primera vez Francia, con un ejército constituido en su gran mayoría por soldados novicios, demostró a Europa que la Revolución puede ganar batallas ante ejércitos reputados como los de Prusia y Austria, los mejores del mundo

El día siguiente de esta primera victoria de las tropas revolucionarias francesas, el 21 de septiembre, en París, la monarquía francesa fue abolida y proclamada la Primera República francesa. La batalla de Valmy fue la primera victoria de un ejército inspirado por la ciudadanía y el nacionalismo, y la decadencia de las monarquías absolutas comenzó con esta victoria.

Ahora bien, de seguro tal vez te preguntarás: ¿cuáles son los antecedentes inmediatos de estos hechos?.

Al respecto os diré que animado con la posibilidad de recibir apoyo del Gobierno revolucionario de Francia en mis planes para independizar Suramérica, llegué a París en marzo de 1792. Traía conmigo cartas de recomendación para el alcalde Jérôme Pétion, miembro del partido girondino. Durante la estadía en esta capital pude palpar los extremos tumultuosos que se suscitaron cuando, en reacción a amenazas contra Francia proferidas por el general prusiano Carlos Guillermo Fernando Brunswick, el pueblo llano -radicalizando el proceso político- asaltó el 10 de agosto el Palacio de las Tullerías, donde se refugiaba Luis XVI y su familia.

Como se sabe, Francia adolece en estos momentos de buenos y curtidos estrategas, por lo que dada mi modesta experiencia bélica, Pétion me ofreció incorporarme al Ejército del Norte. Entusiasmado por la propuesta, puse como condición que en un futuro Francia me diese apoyo en los planes de independizar las colonias españolas de América.

El 24 de agosto se me informó que había sido nombrado Mariscal de Campo, a las órdenes de Charles François Dumouriez ante quien me presenté el 11 de septiembre. De inmediato se me designó jefe del ala izquierda del Ejército del Norte.

Mientras tanto, en cumplimiento de su amenaza, Brunswick, al frente de las fuerzas prusianas y austríacas, y tras capturar Longwy y Verdún, se dispuso avanzar hacia París, para liberar al monarca prisionero. Con premura, el jefe del ejército envió una vanguardia de 2 mil hombres, a cuyo frente me encontraba, chocando con el enemigo el 19 de septiembre en los desfiladeros de Argonne. Con este enfrentamiento por primera vez se hizo retroceder a los prusianos, y ello provocó un entusiasmo inusitado en las tropas francesas. El resto de los detalles de la batalla de Valmy son bien conocidos.

Sin restar importancia al hecho indiscutible de que los sucesos que acabo de describir influyen de forma positiva para fortalecer mis convicciónes de que las anacrónicas monarquías europeas, que como la española esclavizan desde hace siglos a sus colonias, serán derrocadas sin falta más temprano que tarde por los pueblos oprimidos, deseo dejar bien claro que considero los años que viví en Cuba, un capítulo crucial para mi vida como revolucionario .

En esos días, y en particular durante la toma de Pensacola, concebí la posibilidad de mi acción futura para la independencia de la América Hispana. A partir de allí me hice la resolución de consagrar mi vida entera al logro de esa causa superior.

En virtud de lo expuesto, he reflejado en el relato que a continuación expongo a tu apreciada crítica , así como a la de otros posibles lectores, las vivencias de aquellos fructíferos e inolvidables días que pasé en esa maravillosa isla del Mar Caribe, que no en balde se denomina "la llave del Nuevo Mundo".

Como vuestra Merced es una de las protagonistas principales de estas Memorias, tiene todo el derecho de ser la primera en leerlas. Cierto es, que como sabe, fiel a mis hábitos, ya había escrito al respecto en las páginas que hube de redactar hace 10 años, pero la mayoría de esos papeles se perdieron al ser confiscados por el General Bernardo de Gálvez, durante mi injusto arresto en Cap Francais en agosto de 1782 . Por ello, una fuerza interior me empuja hoy a volver sobre este tema, para tratar de reconstruir las mencionadas crónicas, en base a mis recuerdos, así como algunas cartas y pliegos que se salvaron de la vandálica acción. Producto de ello, ruego me disculpes si adviertes alguna omisión o imprecisiones en lo descrito. ¡Quién mejor que tú conoce esta historia!.

Haciendo votos por poderla ver pronto, para compartir su exquisita presencia, le saluda vuestro siempre fiel admirador.

Sebastián Francisco de Miranda

Estado Mayor del Ejército del Norte de Francia, a 5 de octubre de 1792.


CAPITULO I


ARRIBO A LA HABANA

La primera andanada, disparada desde las baterías del majestuoso Castillo de los Tres Reyes Magos del Morro, tomó por sorpresa a todos los que nos encontrábamos a bordo del navío que nos transportaba a nuestro destino inmediato, la ciudad de San Cristóbal de La Habana.

Incluso un militar tan aguerrido y de tan probado temple como el Mariscal de Campo D. Juan Manuel de Cagigal y Monserrate, saltó del asiento en que se encontraba y corrió hacia la barandilla de babor, para poder contemplar lo que sucedía. Se disponía a hacer algún comentario con los oficiales más cercanos, cuando las piezas de nuestro buque respondieron el saludo con vibrantes cañonazos que hicieron estremecer la cubierta en que nos encontrábamos.

Al redoble de los tambores, las naves que integraban la flota expedicionaria, envueltas en densas nubes de humo de pólvora y con todas sus banderas y estandartes ondeando al viento fueron desfilando frente a la majestuosa fortaleza a medida que ingresaban a la bahía habanera, a través de la estrecha boca de su puerto. a estribor, sobre las almenas salpicadas de espuma del pequeño Castillo de San Salvador de La Punta y sus zonas aledañas, se agrupaban numerosos paisanos de la urbe que nos recibía, observando con curiosidad las maniobras de entrada de los barcos, mientras muchos de éllos nos lanzaban entusiastas vítores de bienvenida.

Apenas habíamos recorrido media milla por aquella garganta marítima, que la sabia naturaleza dispuso para convertir la rada en que anclaríamos en una de las más seguras del mundo, cuando ante nuestros asombrados ojos, se mostró por la orilla izquierda, sobre unaestratégica elevación, la imponente fortaleza de "San Carlos de La Cabaña", desde donde otras salvas completaron la estruendosa bienvenida que nos brindaba esta villa. Por doquier se veían reductos y baterías erizadas de cañones, lo que unido a sus sólidasmurallas, demostraba que la Habana era una ciudad que se preocupaba por sus defensas, como tal vez ninguna otra en la América, lo cual se vio acentuado tras la toma de la ciudad por los ingleses en 1762.

Ahora nuestras fuerzas arribaban con el claro objetivo de ajustarles las cuentas a los odiosos "casacas rojas", lavando con fuego la deshonra que significaba haberse apoderado de esta valiosa perla de la Corona española.

A las 11 de la mañana, nuestro navío fondeó en uno de los muelles cercanos a la céntrica plaza de San Francisco.

La ciudad de San Cristóbal de La Habana, fundada en 1519 en el punto de confluencia del canal de entrada y la bahía, se había ido extendiendo desde entonces hacia el norte -donde surgió la plaza de la Ciénega- y hacia el interior, área urbana que había quedado protegida por una sólida muralla levantada entre 1674 y 1740. Fuera del perímetro amurallado, existía el Arsenal (1747), un astillero que proporcionó los mayores navíos de la flota española como el poderoso Santísima Trinidad, apodado "El Escorial de los Mares".

Rodeada de murallas por todas partes, la villa -que según el censo de 1778 tenía unos 40 mil habitantes-se inundaba en el periodo de lluvias, haciéndola prácticamente intransitable, pues muy pocas calles estaban pavimentadas.

Pero para comprender las causas de esta expedición, debo añadir que en mayo de 1775, un Congreso Continental se había reunido en Filadelfia y empezó a asumir las funciones de gobierno nacional. Nombró catorce generales, autorizó la invasión de Canadá y organizó un ejército de campaña bajo el mando de George Washington. El 4 de julio de 1776 se reunieron 56 congresistas estadounidenses para aprobar la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, que Thomas Jefferson redactó con la ayuda de otros ciudadanos de Virginia. Se imprimió papel moneda y se iniciaron relaciones diplomáticas con potencias extranjeras. En el congreso se encontraban cuatro de las principales figuras de la independencia: George Washington, Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y John Adams. De los 56 congresistas, 14 murieron durante la guerra. Benjamin Franklin se convirtió en el primer embajador y jefe de los servicios secretos. La unidad se extendió entonces por las Trece Colonias para luchar contra los británicos. La declaración presentó una defensa pública de la guerra de Independencia, incluida una larga lista de quejas contra el soberano inglés Jorge III. Estos hechos convencieron al gobierno británico de que no se enfrentaba simplemente a una revuelta local de Nueva Inglaterra. Pronto se asumió que el Reino Unido estaba envuelto en una guerra, y no en una simple rebelión, por lo que se adoptaron decisiones para enfrentar con todas las fuerzas del imperio británico esta terrible amenaza.

España comprendió pronto que esta situación era favorable para sus planes de acabar con la supremacía británica por lo que se dispuso a ayudar a los rebeldes a alcanzar su anhelada independencia. Es de señalar que sobre la situación que se avecinaba con Inglaterra, el recién nombrado primer ministro, el conde de Floridablanca, escribió en marzo de 1777, "el destino de los intereses de las colonias inglesas nos importa mucho, y vamos a hacer por ellos todo lo que las circunstancias lo permitan".

la ayuda española se suministró a las colonias a través de cuatro rutas principales: desde los puertos franceses con la financiación de la compañía de Roderiguez Hortalez, a través de Nueva Orleans y el río Misisipi, desde las bodegas de La Habana y desde el puerto de Bilbao, a través de la Gardoqui, familia vasca rica de la época. Baste decir, que los barcos que partían para el Nuevo Mundo transportaron para los independentistas norteamericanos, a través de la casa de Gardoqui, 215 cañones de bronce, 30 000 mosquetes, 30 000 bayonetas, 51 314 balas de mosquete, 300 000 libras de pólvora, 12 868 granadas, 30 000 uniformes y 4000 tiendas de campaña, por un valor total de 946 906 reales. El ejército americano que ese año ganó la batalla de Saratoga, fue armado y equipado por España, llevando además, esta Victoria la entrada de Francia en apoyo a la independencia de Estados Unidos de América.

A lo largo del año 1779 se desarrollaron una serie de acontecimientos que involucraron aún más a España en la Guerra de Independencia de Estados Unidos a cambio de conseguir ampliar sus territorios en Luisiana y recuperar Florida.

Casi nada se dice, y aún menos se escribe sobre estos hechos, así como sobre la decisiva ayuda española a favor de la Independencia de los Estados Unidos. Para evitar un enfrentamiento abierto y directo con la Corona de Inglaterra, Carlos III y su ministro Floridablanca diseñaron un discreto plan de ayuda que interesaba la estrategia en diversos frentes: libertad para los navíos americanos que hostigaban a los barcos ingleses recalaran libremente en los puertos del Misisipi controlados por España; envío de fuertes remesas de dinero para la causa independentista de las Trece Colonias; y envío de armas, pertrechos, mantas y vestuario con destino al ejército comandado por George Washington, quien consideró indispensable la ayuda de la flota española y de sus posiciones en Norteamérica, que incluían el control de La Florida, La Louisiana y el Misisipi.

Cuando finalmente España declaró la guerra a Inglaterra (21 de junio de 1779), forzándola a dividir sus frentes de lucha obligando a retirar tropas y recursos bélicos de Norteamérica, España se enfrentó a Gran Bretaña en tres zonas: el entorno de la Península Ibérica, Centroamérica y la propia América del Norte.

Las victorias del malagueño Bernardo de Gálvez, capitán general de la Luisiana, contra los ingleses supusieron la liberación del Misisipi y el Golfo de México para la causa independentista norteamericana. Cuando Bernardo de Gálvez recibió de Carlos III la orden de entrar en acción contra Inglaterra apoyando la Independencia norteamericana, planeó una estrategia reconocida y admirada en círculos militares. En una rápida y audaz campaña consiguió tomar los fuertes ingleses de Bute de Manchac, Baton Rouge, y Panmura de Natchez, que protegían las riberas del Misisipi: se liberaba y franqueaba toda la cuenca de la más importante vía fluvial de comunicación, lo que sería fundamental para controlar una zona estratégica que propiciaría la victoria final de los independentistas norteamericanos. Su victoria en la batalla del Fuerte Charlotte (febrero, 1780) que protegía la estratégica ciudad de Mobile resultó determinante para la seguridad de Nueva Orleans, el más importante bastión español en la zona.

Para reforzar el contingente español en norteamérica se organizó en Cádiz una flota expedicionaria a principios de 1780 al mando del almirante José Solano y Bote, apodado el "Terror del Atlántico", en la que este autor participaba comocapitán de las tropas de infantería del Regimiento de Aragón Número 17, subordinado directamente al Mariscal Cagigal. Mi unidad estaba integrada por unos 500 hombres, agrupados en 5 compañías.

Solano con una escuadra de 12 navíos debía escoltar 140 velas con carga a los principales puertos de América y además los acompañaban otros con tropas con sus equipos militares para la defensa de esas posesiones. Contra esta expedición se encontraba una escuadra de 33 navíos ingleses al mando del general George Rodney a las cuales se logró burlar gracias a la pericia y arrojo del almirante Jose Solano.

La escuadra con 12 000 efectivos, al mando del general Victorio de Navia Osorio, quien tenía como lugartenientes a los mariscales de campo Guillermo Wangham y Juan Manuel de Cagigal, partió de Cádiz el 28 de abril de 1780 y llegó a La Habana hoy 4 de agosto.

Volviendo a mi relato sobre la llegada a Cuba os diré que además de las precitadas construcciones militares se veían las torres de numerosas iglesias y conventos, así como no pocas casonas y palacios cuya arquitectura de evidente estilo morisco, le daban a la ciudad ese aire tan familiar y acogedor que había admirado durante mi estancia en Cádiz. Estas gratas impresiones iniciales, eran disminuidas por el bochornoso calor que reinaba en la bahía atestada de buques, sobre la cual, el inclemente sol tropical de estas latitudes, quemaba con sus ardientes rayos todo lo que nos rodeaba. Acostumbrados como estábamos a las templadas temperaturas de Madriz y las más cálidas pero no tan abrasadoras de los puertos andaluces, no veíamos la santa hora de abandonar los buques y trasladarnos a algún local que nos diera un poco de cobijo y sombra.

Desde las aguas circundantes, repletas de botes y barquichuelas de pescadores que ofrecían el producto de sus faenas, las altas temperaturas hacían llegar todo tipo de pestilentes miasmas unidos a los inconfundibles aromas a pescado y mariscos frescos.

El almirante José Solano había desembarcado desde temprano en unión del general Victorio de Navia Osorio y su estado mayor para reunirse en la comandancia del puerto con Diego José Navarro García de Valladares, Gobernador de la isla y Capitán General, Santiago José de Echavarría, Obispo de La Habana, el Intendente de Hacienda Luis de Viguri, así como con otras altas autoridades y personalidades de la ciudad que habían acudido a recibirnos.

Por fin tras una angustiosa espera, cerca de las tres de la tarde y bajo la amenaza de un terrible chaparrón, el comandante Cagigal dio la esperada orden de desembarcar. Recuerdo que con su imperiosa voz de mando me dijo: ¡capitán Miranda!, ¡prepare sus hombres para bajar a tierra!. Una vez completada la operación, tome medidas para trasladarlos al campamento en que quedarán alojados.

¡Adelante capitán!. ¡No se retrase!. ¡El regimiento de Aragón debe ser como siempre el primero!.

La abigarrada tropa, una vez formada por compañías y batallones, tras verificar que cada soldado tuviese bien dispuestos sus armas y equipamiento de campaña, se encaminó marchando sin mucho entusiasmo que digamos hacia los rústicos barracones que a las afueras de las murallas, en el denominado Campo de Marte, aseguraban los funcionarios locales, nos darían un cómodo alojamiento. ¡Hacía tiempo que La Habana no contemplaba un ejército ta numeroso en sus tierras!.

Varios pajes del barco conducían en dos carretones tirados por corceles que más bien parecían jamelgos, los baúles con las pertenencias de la oficialidad, entre ellos mis valiosos libros.

Mientras la sudorosa infantería de mi regimiento, algo disminuído en sus efectivos durante el viaje marítimo por el escorbuto, enarbolando su orgullosa bandera de combate, entonaba con desgano un marcial himno que recordaba las glorias de nuestras fuerzas en la campaña de Melilla, varios centenares de ciudadanos agolpados a la vera del camino, admiraban nuestro desfile. Si algo contribuyó en ese momento a elevar la moral de la tropa que parecía estar por el suelo, fue la visión entre los curiosos de una docena de bellas damiselas, ataviadas como princesas, que se protegían del astro rey bajo coloridos parasoles, que sin mucho recato nos lanzaban ósculos con sus manos, como si por mágico concierto todas se hubiesen puesto de acuerdo en hacerlo por ser cercanos familiares o amorosas prometidas que recibían a sus allegados o novios. Algún tiempo después descubriría que varias de estas singulares ninfas eran artistas del afamado teatro Coliseo de La Habana que fueron reclutadas por las autoridades locales para recibirnos, con gran escándalo del obispado.

Una de las chicas, de tentadoras curvas, expresivos ojos negros y larga cabellera de igual color, tal vez por ser más audaz que las otras, se nos acercó dándole un prometedor beso con sus encarnados labios en la mejilla al teniente Rafael Alcántara que me acompañaba, que sorprendido por el atrevimiento y ruborizado como un niño, exclamó: ¡válgame Dios!. ¡Es verdad lo que decían!. Las habaneras son tan hermosas y gentiles como nuestras mozas de Cádiz que como sabe,son las más lindas de España.

¡Rediez!, si no fuera por este endiablado calor, creo capitán que no la vamos a pasar tan mal aquí, siempre que por supuesto, su amigo Cajigal afloje un poco las correas de la disciplina militar con las que nos sujeta desde que salimos para acá.

¡Ya veremos!, ¡ya veremos teniente!, le contesté. Pero ahora, añadí, mejor ocúpese de que la tropa marche como verdaderos soldados de su Majestad, y no como lo hacen. ¡Parecen arrieros de mulos!. Mire la lastimosa estampa que están dando hoy ante la población. ¡No le da vergüenza teniente!. ¡A sus órdenes capitán!.

El referido Campo de Marte, era un cuadrilátero que se extendía sin interrupción Norte-Sur, desde la Punta hasta el Arsenal, limitado al Este, por la estacada de los fosos de la ciudad; y al Oeste, por los barrios de Jesús María, Guadalupe y la Salud.

Al llegar al improvisado campamento, descubrimos con preocupación que las barracas construidas eran insuficientes para acoger nuestro numeroso ejército, y que muchas de éllas, tenían en mal estado su techumbre, por lo que una parte considerable de los soldados se vio obligada a pernoctar esa noche a cielo abierto, bajo un copioso diluvio acompañado de espantosos truenos y relámpagos que empapó en unos minutos a todos, no importa si estábamos dentro o fuera de las edificaciones.

Para colmo, al escampar, el rancho que nos sirvieron poco después de resonar el cañonazo que anunciaba que la entrada de la bahía y las puertas de la muralla de la ciudad se cerraban , estaba frío y nada suculento. Esa noche nadie pudo dormir, pues a los sufrimientos descritos, hubo que añadir una nube de sanguinarios mosquitos provenientes de los cercanos manglares de la costa, que no nos dejaron pegar los ojos con sus zumbidos y dolorosas picadas.

La noche sin luna era muy oscura, pero por suerte un haz de luz proveniente de la torre del Castillo del Morro rompía las tinieblas, como el ojo avisor de un mitológico Polifemo.

Para ocuparme de algo útil, me dediqué primero a organizar personalmente el servicio de la guardia nocturna, situando y chequeando las postas.

Luego encendí un rústico candil y me senté sobre unas cajas de madera a consignar las vivencias de esta agitada jornada en mi diario de campaña, lo cual es una costumbre que observo rigurosamente desde hace años. En la medida que se vayan produciendo los acontecimientos y descubra cosas interesantes en los lugares que visite los iré reflejando. Con el frenesí de quien se siente pieza fundamental de una idea que me sobrepasa; oteo en cada estancia las manifestaciones de la libertad. Estoy consciente de la premura y de las limitaciones de los pueblos al tiempo que construyo una especie de aritmética de los cambios que hay que adelantar en los pueblos americanos.

Cerca de la media noche logré por fin conciliar el sueño, pero a eso de las dos de la madrugada me despertaron los incesantes ladridos de una jauría de perros vagabundos que se disputaban las sobras de la cena seguido de un nuevo aguacero que nos volvió a empapar. Si no fuera porque mi corazón rebosaba de alegría por haber puesto de nuevo mis pies en la amada tierra americana, pensaría como muchos que un mal presagio o castigo se abatía sobre nuestra bélica empresa.

¡Pero un buen soldado nunca se amilana por tan poca cosa!. Por ello, cuando a la mañana siguiente amaneció, y los efluvios de la aurora pintaron de rosado los contornos de San Cristóbal de La Habana en la que numerosas campanas llamaban a misa, me pareció que todo había sido una mala pesadilla, y que una nueva época por no decir una nueva vida seVislumbraba en el horizonte.

5 de Agosto de 1780

Después de la diana matutina, vestido con un uniforme seco que por suerte encontré en mi baúl, una vez concluido el frugal desayuno, pasé revista a la ensopada tropa. El Teniente Rafael al rendirme el parte, me informó que varios soldados estaban resfriados, mientras que otros padecían de cólicos y flojera de tripas, al parecer por el cambio de aguas. Para mayor desgracia, añadió que los techos de dos barracas se habían derrumbado durante el aguacero nocturno, golpeando en la cabeza a un sargento.

Sin perjuicio de que todos los enfermos y el lesionado fueron enviados más tarde al hospital DE San Juan de Dios, como había terminado estudios de medicina en 1767 en la universidad de Caracas, les brindé yo mismo los primeros auxilios.

Me encontraba coordinando con la oficialidad de mi regimiento las medidas que se podrían adoptar para mejorar el alojamiento de nuestros subordinados, cuando se presentó el alférez que servía de ordenanza del Mariscal Cagigal transmitiéndome su indicación de que debía presentarme de inmediato en las dependencias del Capitán General para una importante reunión.

Tras penetrar en la ciudad por la bien guardada puerta de la muralla conocida como de "La Punta", nos encaminamos a través de una estrecha y fangosa calle nombrada de los Mercaderes hacia la señorial Plaza de Armas. Aunque todavía era muy temprano, y a pesar del lamentable estado del suelo por la lluvia de la noche anterior, la vía estaba muy concurrida lo cual no es típico para una ciudad de estas latitudes, en las que las clases acomodadas suelen levantarse bien tarde, sin embargo, pronto me percaté que muchos de los transeúntes eran pardos o mestizos que de seguro formaban parte de la servidumbre de las mansiones aledañas. Corroboraban esta certeza, el hecho de que muchas de las mujeres portaban cestas repletas de viandas y verduras adquiridas en los cercanos mercados para abastecer las despensas de las cocinas, mientras que otros vociferaban a pleno pulmón ingeniosos pregones con los que anunciaban los productos que vendían, casi siempre dulces caseros, tamales y otros bocadillos.

De vez en cuando, algún carruaje dirigido por un fornido negro esclavo calesero, de entorchada roja chaqueta, altas botas de lustroso cuero, brillantes abotonaduras, hebillas y espuelas de plata, trataba de abrirse camino por la estrecha arteria, látigo en mano como si fuera un mayoral, provocando insultos y protestas, ya que las enormes ruedas del coche al pasar por los charcos de agua sucia, salpicaban de fango a los caminantes distraídos que no se apartaban a tiempo.

Esta calle, cuyas casas eran en su mayoría de techos de tejas o terrados, con muros gruesos de adobe y mampostería y pocas ventanas debe su nombre, según me explicó mi acompañante, a la cantidad de tiendas de mercadería, que se veían a izquierda y derecha, en las que se hallaba lo más precioso de los tejidos de lana, lino, seda, plata y oro entre otras mercancías.

Cruza esta importante vía de la ciudad por un costado de la universidad, en el convento de San Juan de Letrán o de Santo Domingo, y el fondo del futuro Palacio de los Capitanes Generales en la precitada Plaza de Armas.

Al observar el solemne edificio de la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana, me hice la firme resolución de visitar tan pronto fuera posible esta cuna de la sabiduría.

La Plaza de Armas adquirió su forma definitiva a fines del siglo XVI, entre el castillo de La Real Fuerza y la antigua Parroquial Mayor. Luego de la construcción de la Real Fuerza se destinó a ejercicios militares y se nombró Plaza de Armas, con lo cual perdió su carácter público. Fue, desde su surgimiento, lugar de reunión de los habitantes de la primitiva villa y la circundaron sus instituciones fundamentales.

En el siglo XVIII, después de un período de decadencia, se remodeló al derribarse la Iglesia Parroquial Mayor y se construyeron el Palacio de la Intendencia, y el Palacio de los Capitanes Generales, los edificios públicos más relevantes de laVilla.

Las oficinas del Gobernador de la Isla, se encontraban en la época de mi visita, en el llamado Palacio del Intendente de la Real Hacienda ubicado a un costado del Palacio de los Capitanes Generales que se estaba construyendo desde 1776, y con su frente a un flanco de la Plaza de Armas, uno de los espacios más emblemáticos de la antigua villa Habanera.

El Palacio del Intendente de la Real Hacienda tiene como fachada principal hermosos arcos en el ancho soportal que mira a la Plaza de Armas. Fue edificado en conformidad con los planos presentados por el arquitecto ingeniero Antonio Fernández de Trebejos. En su arquitectura destacan los amplios ventanales con sus típicas rejas. Bajo la sombra del soportalde la amplia fachada está la majestuosa portada y el zaguán, que conduce a un bello patio de estilo andaluz con una copiosa vegetación. De sus arcadas arrancan las escaleras que conducen a los altos. Su interior está ocupado por amplios locales para oficinas y salones de ceremonias, similares a los que pueden verse en otras edificaciones coloniales de América.

A un costado del edificio se encuentra el castillo de la Real Fuerza, primera fortaleza de la urbe que fuera construida entre 1558 y 1577. La obra se erigió en el espacio que después sería núcleo de la primitiva villa, frente a la elevación de La Cabaña.

La hoy llamada Plaza de armas, en torno a la cual se construyeron las casas de los principales vecinos se encuentra frente a esta fortaleza.

Concluída la Fuerza, fue destacada dentro del sistema de fortificaciones españolas en Cuba y en el Mar Caribe.

En su torre se ubicó una veleta denominada La Giraldilla, escultura creada por Jerónimo Martín Pinzón, se cuenta que en honor a Isabel de Bobadilla y Peñalosa, y que constituye la escultura fundida en bronce más antigua de Cuba. La fortaleza tenía como principal problema estratégico su ubicación geográfica. Situada muy adentro del canal de entrada de la bahía de La Habana, no cumplía con el objetivo con el que fue construida: disuadir y proteger a La Habana del ataque de corsarios, piratas y enemigos de la corona española. En el año 1762, no obstante este inconveniente defensivo, la fortificación resistió estoicamente el castigo de la artillería inglesa ubicada en la elevación de la cabaña, y funcionó como uno de los centros organizativos de la defensa de la ciudad, convirtiéndose junto al Castillo del Morro en uno de los principales baluartes en aquella contienda.

Una vez que ingresamos en el edificio de la Intendencia, fui invitado por el secretario del Capitán General a penetrar en un salón de reuniones, en donde ya se encontraban varios de los comandantes de los regimientos de la fuerza expedicionaria.

Tras esperar cerca de media hora, a las 10 de la mañana hicieron su entrada el Gobernador de la isla de Cuba Diego José Navarro García de Valladares, el almirante José Solano, el general Victorio de Navia, así como el Mariscal de Campo Cagigal, los que sin mucha ceremonia, tomaron asiento frente a nosotros. Una vez verificada la lista de los presentes, el Capitán General tomó la palabra comunicándonos que el objetivo de la reunión era poner en nuestro conocimiento las medidas aprobadas por la capitanía General para mejorar las condiciones de vida y alojamiento de la tropa desembarcada. El Gobernador, con cierta parsimonia, se excusó por las dificultades acaecidas en la noche anterior, subrayando que las pésimas condiciones de las barracas y las pocas capacidades de alojamiento de que disponían, se debía a la premura con que se habían construido, ya que la noticia del arribo de la flota había llegado hacía poco a la Habana. Ya saben, añadió, las dificultades que existen en el correo entre las colonias y la metrópoli.

Acto seguido, cedió la palabra a los comandantes de los regimientos para que informaran las limitaciones que tenían los alojamientos de sus unidades, oportunidad que aproveché para presentar un amplio pliego de demandas, exigiendo que se mejorasen con premura las condiciones del regimiento de Aragón , por ser uno de los más distinguidos y combativos de España.

Entusiasmado como estaba con mi propia locución, me vine a dar cuenta muy tarde que el Capitán General al parecer se había molestado con mis planteamientos, por considerarlos una altanería de un inexperto joven oficial, por lo que preguntó a Cagigal quién era yo, y cuál era mi hoja de servicios. Por suerte, mi estimado Jefe y amigo, al igual que lo había hecho en Madrid, salió en mi defensa explicándole al Gobernador que si era tan vehemente en mis planteamientos se debía al celo que mostraba por todos los asuntos de la Corona, además de ser un esforzado y valiente oficial, cualidades queestaba seguro sabría demostrar pronto.

En junio de 1777 Diego José Navarro García de Valladares asumió el cargo de Capitán General y Gobernador de Cuba, que ocupaba Felipe de Fondesviela y Ondeano, Marqués de la Torre. Se encontró un gobierno y una ciudad en etapa de florecimiento, y eso significaba que su misión era continuar y mejorar lo hecho por su predecesor. Sin embargo, durante su gobierno de cuatro años no tuvo un resultado similar, sino que se destacó solamente por dedicarse a erradicar los abusos en el cumplimiento de las leyes, que habían causado la ruina de no pocos comerciantes y dueños de ingenios, para lo cual en auto del 11 de enero de 1779 estableció las normas de funcionamiento de los tribunales, abogados, escribanos, procuradores, tasadores y demás funcionarios de la justicia, con penas para las contravenciones. El 23 de junio de 1779 Navarro creó la unidad administrativa de Pinar del Río, bajo las mismas reglas vigentes para Trinidad y otras comarcas de Cuba y que se extendería por un territorio situado entre el río Los Palacios y el cabo de San Antonio. En ese período se determinó la extinción de la moneda llamada macuquina, y su circulación, lo cual se pudo hacer por la recepción de caudales procedentes de Veracruz.

Coincidió su mandato con el apoyo prestado desde Cuba a las campañas del coronel del regimiento de la Luisiana Bernardo de Gálvez en la Florida, iniciadas en 1776. En este período se suprimieron los monopolios comerciales de la corona española con sus colonias. La Real Compañía de Comercio perdió sus privilegios y el monopolio del comercio del puerto de Cádiz se quebró al abrirse nuevos puertos al comercio con sus colonias, lo que concluyó en 1778 al establecerse el libre comercio de España y las Indias.

Una vez desviada la conversación por el Gobernador hacia otros asuntos, estuvimos debatiendo durante cerca de dos horas el plan de medidas, propuesto por la capitanía general, algo inusual entre los mandos superiores del ejército español, lo que demostraba la importancia que se daba a la presencia de la tropa expedicionaria en las tierras cubanas. Concluida esta parte de la reunión, el Capitán General nos informó que su periodo de servicios estaba por expirar, por lo que sería sustituido dentro de poco. Al respecto, subrayó que había elevado su propuesta al Monarca Carlos III de que el Mariscal Cagigal fuese designado gobernador de la isla de Cuba, en virtud de los grandes méritos y probada experiencia en la dirección del combate y los asuntos del Estado que tenía. Aunque por supuesto dicha propuesta debía ser aprobada por el rey, la mayoría de los presentes, que admirábamos con sinceridad a nuestro comandante, por su amplia trayectoria de servicio, ser un oficial recto pero justo, y muchas otras virtudes que le eran propias, nos pusimos muy alegres con la noticia, que nos auguraba un futuro mucho más prometedor en La Habana que lo que hasta el presente habíamos vivido.

Finalizada la reunión el gobernador nos invitó a un suculento almuerzo, durante el cual, fuimos presentados a algunas de las personalidades presentes, entre ellas Luis de Viguri, el Intendente de Hacienda, funcionario de renombrada importancia en los asuntos de la capital no sólo porque manejaba el erario público, sino porque además estaba relacionado con la mayoría de las familias más selectas de la Villa. Entre chanzas y anécdotas sobre las peripecias del viaje y la paliza que nos proponíamos dar a las tropas inglesas de la Florida, el Intendente prometió que haría las coordinaciones con algunas de las aristocráticas familias de la ciudad para organizar una velada nocturna y de ser posible un baile, a los efectos de que la oficialidad fuera conociendo a las distinguidas personalidades de la urbe, y quién sabe, recalcó con cierto énfasis, los gallardos jóvenes presentes puedan trabar amistad con alguna de las distinguidas representantes del sexo femenino de La Habana, que como tal vez han escuchado y podrán comprobar por sí mismos, figuran entre las más bellas y refinadas mujeres de este mundo.

Reconfortado por la esperanza de que lo que decía Luis de Viguri fuese realidad, me dispuse a regresar al campamento, deteniéndome por el camino en alguna de las tiendas de la calle Mercaderes, para averiguar los objetos que allí se ofertaban, pues ya acariciaba en mi mente la idea de que tan pronto me fuese posible, alquilaría una residencia en uno de los barrios de la ciudad que estuviese a la altura de mis intereses y nivel de educación.

Inclinado como estaba a la buena música, aficción que satisfacía tocando a veces la flauta que traje de España, como tenía deseos de adquirir un pianoforte para completar las prácticas en el dominio del instrumento, cuyas clases había comenzado en Cádiz, dirigí mis pesquizas iniciales a este fin. Tras una hora de infructuosas averiguaciones,mientras revisaba unas partituras en una pequeña librería se me acercó un viejecillo muy acicalado que rebuscaba entre unos polvorientos Volúmenes y que al parecer había escuchado mis preguntas al dueño de la tienda, expresando con marcado acento francés: monsieur, disculpe que le moleste pero he oído su intención de adquirir un pianoforte, lo cual es bastante difícil hoy en día en La Habana. No obstante, si persiste en su deseo, le recomiendo visitar el taller de Don Philippe Moreau que es uno de los mejores lutiers y afinadores de instrumentos musicales en la ciudad, quien de seguro lo asesorará sobre cómo satisfacer su empresa.

Agradeciendo al amable desconocido su valiosa ayuda, apunté rápidamente la dirección que me daba, asegurándole que seguiría su consejo.

Al recostarme esa noche en la rústica cama que mis subordinados me prepararon en la barraca , antes de cerrar los ojos vencido por el sueño y el cansancio de las últimas jornadas, tuve la corazonada de que mis futuros contactos con el señor Moreau modificarían de alguna forma agradable mi vida emocional.


CAPITULO II


UNA PROPUESTA SINGULAR

Durante más de dos semanas estuve muy ocupado con la reparación de las barracas en que se alojaba la tropa expedicionaria , y en particular los soldados de mi regimiento, por lo que pude visitar muy pocas veces las calles de San Cristóbal de La Habana, salvo en las ocasiones imprescindibles para realizar algunas compras o averiguaciones.

Una vez solucionadas las dificultades más acuciantes con la ayuda de varias brigadas de carpinteros del Arsenal habanero que nos envió el Capitán General, pude dedicarme a elaborar un programa de preparación combativa de los soldados que debían desembarcar en la Florida. Aunque nuestras fuerzas eran poderosas y estaban bien equipadas,sería un grave error subestimar a los ingleses, pues en primer lugar estaban fortificados, conocían a la percepción el terreno que defendían, ya que residían muchos años allí , y no se podía excluir la posibilidad de que recibiesen ayuda del exterior, así como de la población aborigen que se caracterizaba por su connotada ferocidad.

Además conocíamos que el territorio de la Florida era muy inhóspito ya que está cubierto de grandes bosques e inmensas ciénagas que hacen intransitable parte de la península. ¡Teníamos que estar listos para sortear estas dificultades!.

Por eso, desde despuntar el sol hasta el anochecer instruíamos sin descanso a los soldados en el uso de las armas, las particularidades del desembarco bajo el fuego enemigo, los movimientos tácticos del ataque, a la vez que fortalecíamos sus cuerpos con incesantes ejercicios físicos y largas carreras. Tal vez hoy los soldados nos odiaban por ello, pero mañana nos lo agradecerían en el campo de batalla.

Estas prácticas se llevaban a cabo cerca de las sólidas murallas de la ciudad, ya que el terreno aledaño se prestaba para ello por estar lleno de zanjas y obstáculos.

Las murallas cumplen un rol principal que es el de brindar protección y seguridad a la villa, teniendo un largo período de contrucción. Desde 1558, bajo la sensación de desamparo que había dejado el ataque del corsario francés Jacques de Sores, se empezó a pensar en amurallar la villa y esto no culminó hasta 1740. Las murallas quedaron terminadas en el lado terrestre, desde La Punta hasta La Tenaza, y desde ahí hasta Paula. En su totalidad, es decir, circunvalando toda la ciudad excepto un pequeño tramo en la bahía para el despacho de los buques.

Las murallas de La Habana tienen como promedio 6 pies de espesor y 35 de altura y son todas de buena sillería. El perímetro es de 5,770 varas cubanas, y la longitud, por la parte de tierra, de 2,100 varas; en esta parte forman un polígono compuesto de nueve baluartes y un semibaluarte (La Tenaza ) unidos por cortinas, susceptibles de cuatro piezas en sus caras y dos en cada flanco; en los baluartes hay garitones para el abrigo de los centinelas. Poseen camino cubiertos con su correspondiente Plaza de Armas, ancho foso y escarpa.

Como es lógico, durante esta etapa no tuve cabeza y menos tiempo para leer mis preciados libros, y mucho menos para pensar o acordarme de mi proyecto de comprar un pianoforte que además no encajaría en la espartana austeridad en que vivíamos.

Recuerdo que lo único interesante que pude hacer fue visitar a principios de septiembre las instalaciones del Arsenal, con motivo de unas coordinaciones necesarias para trasladar desde sus almacenes madera por mar en una patana hasta una zona de la costa cercana a nuestro campamento.

Como ya conocía un poco la ciudad, la atravesé a caballo para salir a través de la llamada puerta del "Arsenal" " de la muralla que daba acceso directamente a los astilleros.

Aproveché la oportunidad para recorrer la renombrada Alameda de Paula, el primer paseo marítimo de la capital cubana, descubriendo que esta alameda era sólo un terraplén con dos hileras de álamos y algunos bancos. Se denomina con el apelativo de Paula, por su cercanía a la iglesia de similar nombre.

Alguien me explicó que este primer paseo de intramuros fue construido en 1777, en el sitio que ocupara el antiguo basurero del Rincón, junto a la bahía habanera, por el arquitecto coronel de ingenieros Antonio Fernández de Trebejos y Zaldívar, por indicación del Capitán General Felipe de Fondesviela, Marqués de la Torre.

Tal vez es necesario explicar que el casco en forma de lentilla de la urbe encerraba una retícula irregular de calles estrechas y edificaciones bajas y compactas, donde estratos sociales muy compartimentados aparecían yuxtapuestos y con poca diferenciación en la tipología edilicia. A mediados del siglo XVIII ya ese recinto se encontraba saturado y compactado con plantas altas. El eje polinuclear doble Oficios-Mercaderes se extendió hasta la plaza de la Catedral por el Norte y los astilleros por el Sur, y se fueron conformando otros dos ejes también dobles (una característica de la Habana) en sentido Este-Oeste: San Juan de Letrán del Consulado (Obispo) y Muralla.

En cuanto al Arsenal debemos recordar que entre 1700 y 1790 en España se construyó una Armada completamente nueva y esta reconstrucción comenzó en los mismos astilleros del todavía inmenso Imperio español. El navío de línea español se construyó en sólo cuatro o cinco sitios, pero el fundamental fue el Arsenal de La Habana. Este fue el principal astillero con decenas de barcos construídos durante casi un siglo.

Los recursos naturales ricos de Cuba y sus fuerzas defensivas la hicieron un sitio ideal para la construcción de barcos nuevos. Botado

en 1739, el "Princesa" de 70 cañones luchó solo contra 3 barcos británicos de similar porte en 1740 esta fue la primera vez que los británicos se dieron cuenta de la calidad del diseño español y su construcción. Este navío, ya viejo cuando se capturó, estuvo 20 años más en servicio en la Marina británica.

Y qué decir del gigantesco Santísima Trinidad de 120 cañones que fuera botado al agua en este mismo ,Arsenal el2 de marzo de 1769. Recuerdo la primera vez que lo contemplé en Cádiz , ¡no quería creer lo que mis ojos veían!. Parecía un enorme leviatán o un titán de los mares.

,No menos de 100 buques de guerra fueron botados del famoso arsenal entre 1724 y 1792,

de los que 49 fueron navíos de línea y 20 fragatas. Tan solo El Ferrol botó más navíos en el mismo período (54), mientras que de Guarnizo salieron 44, quedando Cádiz (la Carraca) muy lejos con apenas 7 navíos. Sin embargo, ninguno de los últimos arsenales mencionados construyó más buques de guerra en el total que la Habana.

Estos datos hablan de la importancia de Cuba como factor constructivo naval militar a lo largo de una centuria en la que el poder marítimo era, con mucho, el más decisivo a la hora de sostener o ampliar los imperios coloniales.

De esta forma, a lo largo del siglo XVIII, la Habana se constituyó en una de las ciudades más

importantes de la América española gracias a su posición geoestratégica; posición

esta que provenía de su íntima vinculación con el proceso de conquista y colonización del Caribe desde el siglo XVI. la obligación de las flotas y galeones de hacer parada en este puerto antes de retornar a España, la convirtió en un epicentro de poder político y militar, a la vez que permitió a la élite local insertarse en sus organigramas coloniales gracias a las posibilidades económicas de la isla. Las conexiones entre los intereses de los comerciantes del virreinato y los de la isla se hicieron recurrentes ya desde finales del siglo XVI, y durante el XVII se consolidaron definitivamente.

La tradición constructiva del astillero de La Habana, aunque evidentemente multiplicada durante el siglo XVIII, no era ni mucho menos nueva. Las características naturales del puerto con una amplia bahía natural al fondo, así como sus famosas y abundantes maderas, lo habían hecho centro de importancia naval ya desde finales del siglo XVI. Desde que en 1564 quedó definitivamente establecido el sistema de flotas por el Atlántico, con teóricas idas y venidas anuales de los llamados Galeones y Flotas, La Habana había adquirido de manera natural un papel preponderante, ya que allí se reunían ambas escuadras para su regreso a España con el rico cargamento de metales preciosos.

La pugna por los mares, que empezaba ya a hacerse patente, incitó a los reyes españoles a establecer un sistema permanente de defensa naval en el que este Arsenal jugaba un papel estratégico.

El Real Arsenal de La Habana está ubicado muy próximo al corazón de la ciudad, al costado sur de la muralla. Por el este, una calle en que se agrupan los Egidos y los llamados cabildos de nación de los esclavos africanos en los que siempre se escucha el incitante toque de sus litúrgicos tambores, la separa de un sector de la muralla, donde está la puerta del Arsenal . Por el norte, limita con la Calzada del Arsenal, denominada así desde entonces, y por el suroeste, por una pequeña senda. Su límite sureste es el litoral de la bahía.

Mientras recorría las instalaciones de los astilleros en compañía del Intendente de Marina y Puertos, éste me explicó que: la construcción del Arsenal comenzó en 1713, cuando se le propuso a la Corona española construir 10 grandes navíos de guerra que protegerían los mercantes del sistema de flotas.

La superficie del Real Arsenal de La Habana forma una especie de cuadrilátero, que ocupa aproximadamente 16 manzanas. De esta gran extensión, unas cinco manzanas son terrenos baldíos, en su mayor parte insalubres, bajos y pantanosos; otras diez manzanas se dedican fundamentalmente a depósitos de materiales, barracas y naves; de ellas, unas cuatro manzanas se utilizan para actividades de construcción y reparación de buques propiamente, y es donde se encuentran las principales instalaciones: pescantes, grúas, parapetos, diques, fosos transportadores, el mayor de los cuales tiene casi 450 pies.

También cuenta con un hospital de fatídica fama por la alta incidencia de muertes debido a la fiebre amarilla entre pacientes que son ingresados allí por otras causas.

En el lado sur del Arsenal, unos 1500 pies de longitud del litoral forman una pequeña ensenada de casi dos manzanas de superficie, con fondos bajos, lo que permite que los barcos construidos sean botados suavemente.

El Arsenal cuenta con unos 250 trabajadores, entre carpinteros de ribera y maestros de obra especializados en la construcción naval; eventualmente, se emplean algunas decenas de esclavos en labores que no requieren calificación, o cuando se construyen varios navíos de forma simultánea y el tiempo apremia para entregarlos.

En dicho arsenal se construían navíos desde 1724 entre los que se destacó el "San Lorenzo", que resultó casi destruido durante la ocupación inglesa en 1762. Esta ocupación constituyó un duro golpe para los astilleros habaneros, pues los ingleses, comprendiendo la importancia de los mismos mas aun que la propia Metrópoli los destruyeron antes de abandonar la plaza sin tener en cuenta las capitulaciones firmadas.

Llegados a este punto, le pregunté al Intendente como se financiaba y dirigía actualmente esta compleja empresa.

Mire capitán Francisco, me dijo, a diferencia de la época en que el famoso asentista Juan de Acosta, hacía lo que le venía en ganas en el arsenal habanero, la introducción en 1764 por Carlos III de la Intendencia de Marina en La Habana, la única de América, obró en sentido unificador, ya que desde el 1 de marzo de 1765 el rey ordenó que las tesorerías debían operar conjuntamente. La unificación de las dos tesorerías de Marina existentes hasta ese momento, una dedicada a la construcción y la otra al reparo y mantenimiento de las flotas y guardacostas, trajo como consecuencia una mejor distribución del importante numerario mexicano. En las décadas siguientes, probablemente muy a pesar del gobernador de La Habana, el Intendente de Marina dispuso de enormes cantidades de dinero que fueron inteligentemente canalizadas hacia la construcción de cada vez más poderosos navíos. Además, el 10 de octubre de 1770 Carlos III aprobó la creación de un nuevo cuerpo facultativo dentro de la Armada llamado Ingenieros de Marina, cuyas ordenanzas fueron redactadas por el entonces coronel del Ejército y director de Construcciones y Carenas Francisco Gautier i Oliber, quien, siendo constructor francés, había llegado a España de la mano del secretario de Estado, el marqués de Grimaldi.

Los comandantes del cuerpo en los departamentos tienen las facultades de: inspección y dirección de obras del arsenal, buques, edificios civiles e hidráulicos, fábricas de jarcias y lonas, talleres, obradores, diques, depósitos de maderas y almacenes, entre otros, realizadas directamente por él o por sus ingenieros, de los que son responsable. Además, asumen las funciones de arqueador y encargado de establecer el francobordo. Por último, los ingenieros no pueden estar más de cuatro años en un mismo destino.

Culminadas las coordinaciones que me llevaron a tan significativo lugar, tras admirar una hermosa fragata casi terminada en sus gradas a la que se estaba instalando su arboladura,me dirigí de regreso al campamentto.

Al llegar, el teniente Rafael Alcántara me informó que el Mariscal de Campo Cagigal, durante mi ausencia había realizado una visita de inspección sorpresiva al regimiento, quedando complacido con las medidas que habíamos adoptado. Lo primero que hizo, subrayó mi subordinado , fue preguntar dónde estaba vuestra Excelencia. Al conocer las gestiones que su Señoría realizaba, las aprobó, pero indicó que deseaba verlo hoy sin falta a las 3 de la tarde en el Castillo de La Fuerza para una importante decisi´ón. Como el teniente Rafael no me pudo aclarar el motivo de la cita quedé algo preocupado, ya que intuía que iba ocurrir un giro significativo en los acontecimientos relacionados con mi persona.

Como se me indicó a las tres de la tarde me encontraba en el vestíbulo del pequeño despacho que el Mariscal Cagigal había habilitado en las dependencias de la azotea del Castillo de La Fuerza que hasta hace poco servían de vivienda del Gobernador de la Isla.

Llegados a este punto, considero oportuno realizar una breve semblanza del Mariscal que conocía desde 1775, con el que tenía no sólo relaciones castrenses, sino también de amistad.

D. Juan Manuel de Cagigal y Monserrate vino al mundo en Santiago de Cuba en 1739, hijo del ilustre Juan Francisco Cagigal de la Vega, Marqués de Casa Cagigal, Caballero de la Orden de Santiago, y oficial del Regimiento de Guardias Españoles, que se destacó en acciones militares en Orán y Gibraltar y alcanzó los altos cargos de Capitán General de Venezuela, y gobernador de Santiago de Cuba, cargo que ocupaba cuando venció a la invasión inglesa del Almirante Vernon en 1742, victoria por la que obtuvo sucesivamente los grados de Brigadier General y Mariscal de Campo. En 1747 fue nombrado Capitán General de la Isla de Cuba, y en 1760, la importantísima misión de Virrey de la Nueva España o Virreinato de México.

Miembro de una familia que dio a España grandes jefes militares y retoño de un hombre de tan destacada actuación, Juan Manuel comenzó desde muy joven la carrera de las armas en el Regimiento de Fijos de La Habana y bajo la dirección de su progenitor ascendió rápidamente al grado de capitán de infantería. En 1760 viajó a México como oficial ayudante del Virrey su padre, a quien acompañó después a España casi en el momento en que comenzaba la guerra con Inglaterra y Portugal. De inmediato Juan Manuel de Cagigal se enroló en las tropas del Marqués de Sarriá, participó en los principales combates de la campaña, y por sus acciones fue ascendido a Coronel de Infantería encargado del mando del Regimiento de Victoria en 1763. Participó en la campaña de Orán en 1766 como jefe del Regimiento de Infantería del Príncipe, que se fundó a expensas de su padre y de él mismo. En 1775 participó con Victorio Navia y Don Luis de las Casas, que llegó a ser Capitán General de Cuba, en la expedición a Argel, que dirigió el Conde O´Reilly, y en 1776 se unió a la expedición que llevó Don Pedro Ceballos contra Buenos Aires, para expulsar a los portugueses de las posiciones que habían ocupado en el Río de la Plata.

Por su actuación en esta campaña contra los portugueses alcanzó el grado de Brigadier General. Regresó a España en 1778 e inmediatamente se unió al ejército de Felipe Fondesviela, Marqués de la Torre, quien fue también Capitán General de Cuba, con motivo de la nueva guerra con Inglaterra: con este jefe participó en el bloqueo y sitio de Gibraltar, donde alcanzó el grado de Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos después de cinco meses de continuos enfrentamientos. Con este grado fue enviado a Cádiz con el Regimiento de Navarra, con el fin de que participara en nuestro Ejército Expedicionario comandado por Victorio Navia.

Tan pronto el mariscal Cagigal hizo su entrada, se dirigió muy afectuoso hacia mi persona, dándome un fuerte estrechón de manos. Acto seguido arrastró un pesado butacón de caoba sentándose cerca de donde me encontraba, con lo cual mostraba que la entrevista no tenía un carácter formal.

Después de degustar un sabroso café que nos sirvió su Ordenanza y encender un aromático habano de VueltaAbajo, me interrogó sobre los resultados del entrenamiento que veníamos realizando con la tropa, a la vez que me daba unas sugerencias sobre la base de lo que había vysto y escuchado durante la inspección de la mañana. Luego pasó a decirme lo siguiente: Estimado capitán Francisco, disculpe si no le ofrecí un puro, pero se que no fuma. Si lo he molestado haciéndolo venir de forma tan apresurada a esta vetusta fortaleza es porque deseo darle una buena noticia.

Hace unos minutos acabo de concluir una reunión con el Gobernador Diego José Navarro García de Valladares, acordando mejorar de forma inmediata las condiciones de vida de la oficialidad del ejército expedicionario, por lo menos de los comandantes de regimiento, aprovechando la amable oferta de algunas acomodadas familias de la ciudad que nos brindan su generosa ayuda para alojar en susdomicilios al personal que les asignemos. En su caso, hemos considerado que la variante más favorable , es que vaya a residir temporalmente en la mansión del Conde de la Casa Montalvo , pues D. Ignacio Montalvo y Ambulodi , además de ser un aguerrido militar, tiene más o menos su misma edad, comparte con usted las aficciones por la erudita lectura y la buena música.

Pienso que ello no perjudicará el desempeño de sus funciones de mando. Por el contrario, puede facilitar su ambientación en la sociedad habanera, lo que sería muy importante para todos nosotros.

Por cierto, los criollos de por acá tienen un dicho popular que reza: ¡un buen amigo vale más que unIngenio!.

El problema excelencia repliqué, es que hoy en día no es fácil encontrar buenos amigos en este mundo.

Tiene razón capitán Francisco. Pero por favor no me llame "Excelencia", pues le considero precisamente uncercano camarada de armas lo que en mi entender es más que amigo.

Entonces, si no tiene nada que objetar a mi propuesta, prepare sus pertenencias que mañana 7 de septiembre se muda a las 10.00 horas para casa de los Montalvo.

Por supuesto Mariscal que nada voy a objetar, ya que para mí vuestra decisión es ley. Pero, ¿por qué no me adelanta algunos datos sobre mi futuro anfitrión para irlo conociendo?.

No hay problema amigo caraqueño. Ignacio Montalvo y Ambulodi es un noble y militar de origen cubano que es Brigadier de los Reales Ejércitos, Coronel del Regimiento de Dragones de Matanzas, primer Prior del Real Consulado de La Habana, Gentil-hombre de Cámara de Su Majestad, y Caballero de la Orden de Santiago.

Es hijo de Lorenzo Montalvo Ruiz de Alarcón y Montalvo, I Conde de Macuriges, y su segunda esposa Teresa de Ambulodi y Arriola.

En 1779 el monarca Carlos III le otorgó el título de Conde de Casa-Montalvo para solucionar una agria disputa hereditaria con D.José Rafael Montalvo y Bruñón de Vértiz, el primogénito del primer matrimonio de su padre, a la muerte de éste, por el título del Condado de Macuriges. Esa es una turbulenta historia de esta ilustre familia que le contaré a su tiempo.

Pero bien, Ignacio Montalvo y Ambulodi contrajo matrimonio en la Catedral de La Habana, el 5 de septiembre de 1768, con doña María Josefa O'Farrill y Herrera, hija de don Juan José O'Farrill y Arriola, Coronel del Regimiento de Caballería de Milicias, Alcalde ordinario, y de doña Luisa María Herrera y Chacón.

Este feliz matrimonio tienen hasta ahora por hijos a:

•María de la Concepción Montalvo y O'Farrill

•María de la Encarnación Montalvo y O'Farrill

•María Teresa Montalvo y O'Farrill

•María Luisa Montalvo y O'Farrill

•Josefa Montalvo y O'Farrill

•Pedro Montalvo y O'Farrill

Como ve la casa del Conde está llena de niños.

Bueno , espero que no sean chicos muy traviesos.

Otra pregunta Mariscal. ¿A quién prefiere que dejemos al mando directo de la tropa?.

Antes de contestarle, permítame ofrecerle una copa de este delicioso jerez que me ha facilitado el Capitán General, que afirma es el mejor de su bien abastecida bodega, subrayó Cagigal con cierto tonillo irónico, mientras servía el espirituoso licor en dos copas de fino cristal.

Luego de saborear con marcado deleite el preciado jerez, el Mariscal me dijo: en relación con su natural preocupación, querido capitán, me parece que lo más acertado es designar al Teniente Rafael Alcántara, para que se quede al frente del regimiento. Así va adquiriendo experiencias en lidiar sólo con los aforados. ¡A ese joven le hace falta espabilarse un poco!.

De acuerdo su excelencia, pero creo que también habrá que asegurarle algo de esparcimiento al pobre muchacho.

De eso se encargará vuestra Merced. ¡Para eso es su jefe!. Pero me permito aconsejarle que sin perjuicio de otras diversiones más mundanas y carnales que no recomiendo, pueden visitar los domingos el cercano teatro Coliseo en donde dicen que las cantantes del coro, además de su exquisito arte, ofrecen sus perfumadas bellezas a los galanes de su predilección.

¡No se embulla capitán!, ¿o es que todavía extraña la compañía de sus dulces amantes españolas: María Teresa y Pepa Luque?.

No es así. Esas chicas que menciona son hoy un buen recuerdo del pasado. Además, eran sólo, como llamarlas, ¡"a miguitas cariñosas"!.

No obstante, ¡Voy a pensar en su propuesta estimado Mariscal!, expresé entre risas de Cagigal, mientras apuraba el reconfortante contenido de la copa de vino.


CAPITULO III


PRIMERAS AMISTADES HABANERAS

Al principio el teniente Rafael Alcántara recibió sin mucho entusiasmo la noticia de que se quedaba al frente del regimiento, ya que me mudaba para una residencia en la ciudad, pues estaba acostumbrado a ejecutar las órdenes y orientaciones que le impartía, teniendo como única preocupación hacerlo con prontitud y eficiencia. No obstante, después de considerar las razones que le daba para ello y los beneficios que le traería a su desarrollo como oficial de los ejércitos de su Majestad, empezó a cambiar de idea, sobre todo cuando le expliqué que me iba a encargar directamente de organizar algunas actividades de entretenimiento, comenzando por una visita al teatro Coliseo el próximo domingo. Al parecer, el recuerdo de la hermosa corista que le besó efusivamente el día de nuestra llegada a La Habana, terminó por convencerlo. Además, le aseguré que en definitiva seguiría supervisando a diario la marcha de los asuntos de la tropa por lo que no debía preocuparse.

Resuelta esta situación, pude dedicarme a preparar mi equipaje para la mudada que se avecinaba. Como había coordinado con el despacho del Mariscal Cagigal, poco antes de las nueve de la mañana, se encontraba parado frente a la entrada de mi barraca, uno de los carretones que nos apoyaron en el traslado de las pertenencias desde el puerto al campamento, el día de nuestro arribo. Para mi asombro, el conductor mostró una puntualidad más germánica que española.

Colocados en el carruaje los pesados baúles que contennían mis libros y demás propiedades después de despedirme del teniente Rafael y el resto de mis subordinados, galopé alegre en mi brioso alazán hacia la ya conocida puerta de la Punta en la que me esperaba el ordenanza de Cagigal para guiarme a mi nuevo alojamiento.

Tras sortear las tortuosas vías de San Cristóbal de La Habana, a esos de las 10.00 horas llegamos a la intersección de las calles de "La Fundición" (o Cuba como otros la nombran) y Chacón, esta ultima llamada así hacía poco por don Laureano Chacón Torres, regidor habanero que defendió la ciudad en 1762 y vivió en la calle Cuba, en cuya esquina se encontraba la mansión de los O'Farrill. Este regio palacete era la antigua morada de don José Ricardo O'Farrill y O'Daly, rico comerciante del condado de Longford en Irlanda y vinculado al lucrativo negocio del tráfico de esclavos y dueño de ingenios azucareros, quien llegó a La Habana en 1715 y fundó una de las familias más acaudaladas de la nobleza en la ciudad. Durante varias décadas sus descendientes se destacaron por sus aportes en las actividades de la administración pública, economía y cultura.

Doña María Josefa O'Farrill y Herrera, la esposa del Conde Montalvo, había recibido el inmueble como dote de su padre don Juan José O'Farrill y Arriola, Coronel del Regimiento de Caballería de Milicias, y Alcalde ordinario, por lo que al surgir las primeras desavenencias familiares con el primogénito de el I Conde de Macuriges, José Rafael Montalvo y Bruñón de Vértiz, hermanastro de Don Ignacio decidieron mudarse para la mansión en la que había nacido y crecido mi amable anfitriona.

Uno de sus hermanos, Gonzalo O'Farrill y Herrera estudió en la Escuela de Sorèze (Francia), y en la Escuela Militar de Ávila, había combatido como voluntario en el ejército francés al comienzo de la guerra de América.

Un sólido portón de caoba claveteado en bronce permitía el acceso a la casona en cuya puerta me esperaba un chambelán de entorchada librea que con afrancesada amabilidad me invitó a pasar al vestíbulo, mientras indicaba a unos sirvientes que descargasen mi equipaje.

Desde donde me encontraba se veía el característico patio interior , así como una escalera de mármol que conducía a los pisos superiores, todo ello iluminado por la luz que se filtraba a través de una claraboya del techo.

Al penetrar en el sombreado recibidor, se me acercó afectuoso el Mariscal Cagigal que allí me aguardaba en compañía de un caballero de refinada estampa y nobles facciones, que también vestía el uniforme militar de Coronel de Dragones, diciéndome:

Capitán Francisco, me alegro de que haya llegado tan puntual como siempre. Si una virtud admiro en mis subordinados es precisamente la puntualidad. Pero ahora por favor aproxímese que deseo presentarlo al distinguido Don Ignacio Montalvo y Ambulodi, I Conde de la Casa Montalvo, que a partir de este momento será su gentil anfitrión.

El aludido se me acercó dándome un fuerte estrechón de manos, mientras me expresaba: !bienvenido a mi humilde morada capitán Francisco!. El Mariscal Cagigal, con el cual tengo una larga amistad, me ha referido vuestras cualidades, por lo que tanto yo cómo mi familia, nos sentimos muycomplacidos de tenerlo como huésped.

Mientras los criados colocan sus pertenencias en la habitación que le hemos destinado, deseo mostrarle algunos rincones de nuestra residencia y explicarle sus características. Pero antes permítame invitarle a una cena que en su honor organizamos esta tarde, durante la cual le presentaré al resto de la familia. Si desea tomar un almuerzo, puede hacerlo después del mediodía en el comedor primcipal, en el que será atendido por el mayordomo, ya que no podré acompañarle pues debo resolver negocios impostergables. Ahora iniciemos por favor nuestro recorrido.

Bueno, bueno, interrumpió Cagigal. Como veo que ya se llevan como viejos amigos, voy a marcharme , pues el Intendente de Hacienda me espera. Así que con su venia Don Ignacio, presente mis respetos a su distinguida esposa.

Vuestra excelencia es dueño de hacerlo cuando guste, contestó Don Ignacio, pero recuerde que le esperamos esta tarde para la cena, en la que por cierto participará mi augusta madre María Teresa de Ambulodi. Ya sabe, si no viene, la condesa de Macuriges no se lo perdonará nunca.

¡No se preocupe Don Ignacio!. ¡Asistiré sin falta!. No deseo disgustar a su distinguida progenitora.

Acérquese amigo Miranda, vamos a ver ahora el patio.

En general,me explicó el Conde, la arquitectura de las mansiones habaneras es barroca, influencia que llegó de Andalucía a través de sus puertos, Sevilla y Cádiz. Me imagino que sabe de que le hablo pues tengo entendido que conoce muy bien Cádiz . ¿No es cierto?. Asentí con la cabeza `por lo que D. Ignacio prosiguió:

Este estilo se manifiesta en lo fundamental en las portadas enmarcadas por pilastras, en los arcos de los zaguanes (trilobulados y mixtilíneos o polilobulados). En el segundo tercio del siglo, se incorporaron las volutas o consolas como elementos de transición, las ventanas en forma de cuadrifolio, las espadañas y los balcones curveados en los ángulos y los extremos.

Las entradas de estas casas dejan visible su interior, ascendencia de la casa española de influencia romana y árabe.

Resumiendo las explicaciones del Conde diré que: la vivienda de los O'Farrill debía mucho a la planta de la villa hispanorromana y también de la villa mudéjar desarrollada en el sur de España. Ambas plantas son semejantes, presentando generalmente dos pisos y dos cuerpos de edificio llamados crujías, separados entre sí por uno o más patios a cielo descubierto.

La primera planta estaba destinada a negocios. Luego de abierta la enorme puerta de la entrada principal, lo primero que se ve es el zaguán, donde se guardan las volantas y quitrines. Este zaguán generalmente es visible desde la calle, como en la planta hispanorromana, pero también podía ser acodado para conseguir una mayor intimidad,como en el caso de la vivienda en que me encontraba, lo cual era propio de las casas de planta mudéjar.

A ambos lados del zaguán se encontraban los almacenes y el despacho del dueño de la mansión.

Como la casa era esquinera y tenía puerta en el piso bajo a dos calles, era ocupada en el extremo que daba a la calle Chacón por una tienda en la que se vendían mercancías de importación.

La primera crujía se abría al patio principal rodeado de arcadas, limitado por la segunda crujía, en cuya planta baja se encontraban la cochera, las caballerizas, los lavaderos y la cocina de la morada.

Entre el piso bajo y el alto se destacaba el entresuelo, donde se alojaban los sirvientes.

El puntal alto del segundo piso se empleaba como vivienda de la familia, la cual se distribuía de la forma siguiente: la primera crujía la ocupaba la sala y un saloncito de reuniones, las habitaciones laterales comunicadas por galerías del patio, comedor en la crujía de separación del patio y el traspatio, y los servicios domésticos alrededor de este. Los aposentos señoriales eran muy lujosos y de gran amplitud.

Me disponía a subir al segundo piso para ver la habitación que se me destinaba, cuando a nosotros se acercaron corriendo dos niñas muy graciosas que al vernos exclamaron con gran alborozo: Papá, papá, ¿este es el amigo de Caracas que va a vivir en nuestra casa?. La menor de ellas , una bella parvulita de unos 9 años de edad añadió: ya ves mi hermana, ¡no es tan viejo como lo pintaban!.

Don Ignacio, rojo de vergüenza regañó a las recién llegadas: Niñas, ¡que modales son esos!. ¡Pidan perdón a Don Francisco!. ¡A los huéspedes hay que respetarlos!.

Las niñas al principio bajaron compungidas sus adorables cabecitas, pero luego, agarraron por los brazos al Conde, diciéndole mientras le daban muchos besos: Perdónanos papacito lindo, sólo estábamos jugando. ¿Verdad que no estás molesto con nosotras?.

Don Ignacio, desarmado por estas muestras de cariño, recalcó: acaso un padre se puede negar a tales jovenzuelas?.

Estimado Don Francisco, permítame presentarle a dos de mis hijas: María de la Encarnación Montalvo y O'Farrill,de 11años es la música de la familia y María Teresa Montalvo y O'Farrill , la más inquieta y fantasiosa de la camada.

Tratando de ser amable con las niñas, con la autorización del Conde, me dirigí a ellas: A ver María de la Encarnación, ¿dice tu padre que te gusta la música?. ¿Qué instrumento prefieres tocar?.

El clavicordio señor. Dos veces por semana recibo clases de música de una profesora italiana muy solicitada en la ciudad.

Que bien, a mí también me gusta tocar el clavicordio, pero en los últimos tiempos me inclino por el pianoforte, por lo que tan pronto pueda, compraré uno. Sin embargo, domino bastante bien la flauta. Así que si algún día deseas oírme tocar, no tengas pena y dímelo que lo haré con mucho placer.

Viendo que la menor se movía impaciente como deseando atraer mi atención le dije: María Teresa, ¿qué es lo que te gusta a ti hacer?.

Señor Don Francisco, a mi me gusta pasear, conocer nuevas personas y lugares. Me encantaría viajar, visitar las Cortes de Madrid, París y Viena, recorrer las ciudades de Italia, participar en los grandes bailes de los palacios imperiales, y de esta forma conocer el mundo. Me atrae la libertad y algunas veces me siento como enjaulada entre las murallas y las estrechas calles de La Habana. Por eso, quisiera volar como los pájaros para poder cumplir mis sueños.

Te comprendo perfectamente María Teresa. Tus sueños no tienen nada de malo. A mi también me place viajar. Ya ves, nací en Caracas, Venezuela, pasé varios años en España, recorrí el norte de África, ahora me encuentro en Cuba, y no dudo que en el futuro visite otros países. Por ello, como además he leído bastante sobre los lugares que deseas conocer, te puedo contar interesantes anécdotas y leyendas sobre los mismos.

¿Verdad señor?. !Le tomo la palabra Don Francisco!.

¿Están contentas niñas?. Sí papá. Pues entonces, ¡vayan a jugar a sus aposentos!.

Capitán Miranda, ¡se ha ganado dos nuevas amigas, que le prometo que le mantendrán muy ocupado durante su estancia!.

Ya en mi habitación, más amplia y lujosa de lo que podía esperar, tras acomodar mis cosas,y echar una reparadora siesta, sentado en una cómoda silla que acerqué a una mesita, me puse a escribir en mi diario algunas impresiones sobre la alta sociedad cubana y la familia que me acojía que a continuación reproduzco.

7 de septiembre de 1780

Considero que la aristocracia criolla emergió como un grupo social fuerte y sólidamente constituido, que a pesar del poco espacio político permitido por el férreo control de los gobiernos de la Metrópoli, se las arregló muy bien para, con sus vastas fortunas e influencias, determinar en buena parte los rumbos de la vida económica, cultural y social del país; y sin atender debidamente al papel que este grupo desempeña no podría comprenderse a cabalidad la historia de Cuba.

En primer lugar habría que distinguir entre los individuos que poseen realmente títulos de nobleza y aquellos hacendados, riquísimos y opulentos, quienes viven como auténticos aristócratas y se mezclan con los verdaderos formando un selectísimo estrato, muy cerrado e impenetrable, que conforma la cúpula de la sociedad cubana. Estos ricos hacendados, constituyenn lo que podría calificarse como la alta nobleza nacional.

La aristocracia colonial cubana es una clase variopinta donde hay de todo tipo de ejemplares, pero en general, marcados por el común denominador de la distinción, la magnificencia y una exquisita educación.

Sin embargo, aunque parezca increíble, el apellido de los O'Farrill, verdaderos protagonistas y empresarios exitosos del auge azucarero en Cuba, no han logrado hasta hoy ser agraciados con la concesión del tan anhelado título de nobleza.

En cuanto a mis anfitriones puedo añadir que de la unión entre Lorenzo de Montalvo y María Teresa de Ambulodi nacieron seis hijos, iniciándóse así la estirpe de una de las familias más destacadas de Cuba:

-María de Loreto, esposa del regidor don Gabriel Peñalver y Cárdenas.

-Ignacio,mi anfitrión, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de Cámara de Su Majestad y coronel del regimiento de Dragones de Matanzas.

-Josefa Lorenza, esposa del contador general del ejército don José Fajardo de Covarrubias.

-Rafael, teniente coronel y caballero de la distinguida Orden de Carlos III; alcalde ordinario de La Habana y ayudante mayor del regimiento de la Corona en Castilla.

-Francisco, teniente coronel graduado y capitán del regimiento de Infantería de Soria, caballero de la Orden de Santiago.

-Pedro, teniente coronel graduado del Regimiento de Murcia y también caballero de la Orden de Santiago.

El matrimonio Montalvo-Ambulodi fue acrecentando poco a poco una de las grandes fortunas cubanas, que comenzó con la cantidad de 38.826 pesos que aportó el esposo en el casamiento y la de 14.000`por concepto de la dote de su esposa. Además eran propietarios de varios ingenios azucareros , entre ellos el nombrado San Ignacio de Rioblanco". Adquirieron los esposos también otras posesiones como las haciendas llamadas Los Hatos Macurises, Manjuaríes y Xavaco, y los corrales titulados Las Piedras, Manuel Alvarez, Los Jardines Francisco López y el Babiney grande, todas situadas treinta leguas a barlovento de la ciudad de La Habana

Don Lorenzo, como responsable máximo del astillero de La Habana, mantuvo una estrecha relación con la todopoderosa Real Compañía de Comercio de La Habana, pues uno de los objetivos prioritarios de la misma, lo constituía la conducción, en los navíos de ésta, desde Cádiz a la isla, de todo lo necesario para la construcción de bajeles allí: jarcias, lonas, herrajes, balas, cañones, etc. Sus vínculos con la Compañía de La Habana se intensificaron a raíz de su nombramiento, en 1752, como uno de los revisores de cuentas de la misma. Quizá el papel más relevante en la vida de Don Lorenzo Montalvo fue el desempeñado por éste durante la toma de La Habana por los ingleses, en 1762, especialmente el llevado a cabo en el transcurso de las negociaciones para restablecer la paz.

Sus desvelos merecieron por fin el reconocimiento real: el 17 de marzo de 1763 fue ascendido a intendente de la Marina, mientras que el 29 de mayo de 1765, el rey le concedió el título nobiliario de Conde de Macuriges.

Si hasta entonces María Teresa de Ambulodi pertenecía a lo más selecto de la sociedad de la capital isleña, por la elevada fortuna de su familia, desde este momento, pasaría también a engrosar la lista de los más envidiados, pues al poderío económico, unía ahora un título, el de condesa de Macuriges, que reportaba un prestigio añadido, al que el dinero no siempre tenía acceso.

Deplorablemente, el ocho de diciembre de 1778, a los setenta y cuatro años, falleció don Lorenzo de Montalvo, conde de Macuriges.

Llegado a este punto de la narración, el diligente mayordomo acudió para recordarme que a las 18.30 horas me esperaban en el comedor para cenar. Como eran algo más de las 5 de la tarde, decidí rasurarme y asearme con ayuda de una jofaina con su aguamanil de plata y un espejo que había en la habitación, antes de ponerme mi uniforme de gala.

Acicalado lo mejor posible, me dirigí algo nervioso en compañía del chambelán hacia el comedor principal de la vivienda. Avanzábamos por el largo corredor que unía los dormitorios con el salón de banquetes, cuando me abordó el mayordomo diciéndomea la vez que me entregaba dos ramos de fragantes rosas. Estas flores se las manda el Mariscal Cagigal. Me pidió transmitirle que el ramo pequeño se lo entregue a su anfitriona Doña María Josefa O'Farrill y Herrera, y el más grande, a la madre de su señoría Don Ignacio. Me subrayó que no debía equivocarse al hacerlo.

Al penetrar en el iluminado comedor por media docena de grandes candelabros noté que todos los comensales cortejaban a dos elegantes damas, cuyas hermosas figuras realzaban costosos vestidos y valiosas piedras preciosas que podían provocar la envidia de las más encumbradas princesas europeas. Deduje que la más joven era la esposa del Conde Montalvo y la de más edad su afamada madre, por lo que dirigiéndome a éllas, le dije con la mayor cortesía, mientras les entregaba sus respectivos ramos de rosas:

Excelsas Señoras, con vuestra venia y la de los presentes, permítanle a este humilde admirador nacido en la fraterna Caracas, poner a sus delicados pies, estas olorosas flores que palidecen ante vuestra infinita gracia y donaire.

Las damas que de seguro estaban acostumbradas a todo tipo de alabanzas varoniles, tomaron sonriendo los ramos que les ofrecía, a la vez que agradecían el cumplido. Acto seguido, fui presentado por Cagigal a aquellos relucientes luceros de la sociedad habanera.

Aunque Doña María Josefa O'Farrill y Herrera, la esposa del Conde Montalvo era sin dudas una mujer muy atractiva, su imagen palidecía cuando estaba cerca de su suegra. Doña María Teresa de Ambulodi estaba por cumplir el próximo 14 de octubre sus 67 años, pero conservaba una fresca losanía que unída a su magnética personalidad, la convertían en el centro de la atención general. Su color de criolla tropical, sus expresivos ojos negros, su altivo porte y su pelo tan largo que costaba trabajo sujetarlo, le daban cierto aire de subyugante belleza.

Además del Mariscal Cagigal, estaban invitados esa tarde, el Intendente de Hacienda Luis de Viguri, el General Guzmán de Torresaltas, comandante de la Guarnición de la Fortaleza de la Cabaña y Santiago José de Echavarría, Obispo de La Habana. Por la familia participaban también María de Loreto Montalvo y Ambulodi, hermana de Don Ignacio, su esposo el regidor don Gabriel Peñalver y Cárdenas, y Juan Manuel O´Farrill, hermano de María Josefa O´Farrill Herrera, la esposa del conde.

Tras unos 15 minutos de preámbulo, durante los cuales charlamos de diferentes temas mientras saboreábamos un refrescante ponche,se nos informó por el chambelán que la cena estaba lista. Los hijos de mis anfitriones, salvo la mayor María de la Concepción, una esbelta damisela de 14 años que nos acompañaba, para no molestar a los adultos, cenarían en un comedor aparte, en compañía de sus institutrices.

La mesa muy larga, podía acoger a 18 comensales por lo que sobraba espacio entre los asientos. Estaba vestida por un blamco mantel del más fino hilo, decorado con filigranas bordadas con gran maestría en hilos de oro.

Sobre la misma, competían en opulencia, lavajilla de la más selecta porcelana con los cubiertos de pura plata mexicana y la fina cristalería de copas y vasos. .

En una de las cabeceras de la mesa se encontraba Don Ignacio Montalvo presidiendo el banquete, y en la otra, su madre María Teresa de Ambulodi, con lo que se realzaba su presencia. Sentado a la diestra de Cagigal que tenía delante al Intendente, quedé ubicado frente al Obispo.

La cena, muy abundante en los más variados productos de la tierra y el mar, como se acostumbra en los banquetes de la alta sociedad local, transcurría en forma muy agradable, durante la cual, se hicieron numerosos brindis con el mejor vino de España, en mi honor, del Mariscal Cagigal y de las autoridades presentes

Media docena de silenciosas esclavas domésticas pulcramente vestidas, dirigidas por el eficiente mayordomo, servían los platos con la diligencia de una disciplinada colmena.

Parecía que nada podía alterar esta amistosa atmósfera, sin embargo, poco antes de servirse los postres, el ObispoSantiago José de Echavarría, que me habían alertado era algo insidioso, se dirigió a mi con una sonrisa que aparentaba ser amable diciéndome: Capitán Miranda, he escuchado decir que tiene aficción por la lectura erudita lo cual me place. Sin embargo, también me han dicho que muchos de los libros que consulta, no son precisamente los que se refieren a las sagradas escrituras, sino esas obras de los llamados enciclopedistas franceses, que para mí son todos hijos del diablo, y que aunque no lo quiera, le van llenando la cabeza de extravagantes y pecaminosas ideas. Por ello, le aconsejo que antes de que sea demasiado tarde, abandone esas perniciosas prácticas y se dedique a otras lecturas más edificantes autorizadas por la Santa Iglesia Católica.

Rojo de ira, el Mariscal Cagigal, tirando su servilleta sobre la mesa, se dispuso a contestar la crítica del Obispo, cuando la Condesa de Macurijes Salió en mi defensa alegando:

Ilustrísimo Prelado, me asombra escuchar de sus labios tan duras palabras en mí presencia. No quisiera pensar que desea estropear esta agradable velada, ofendiendo a nuestro distinguido huésped , pues ello equivaldría a ofender a toda la familia Montalvo-O'Farrill .

Además, tengo entendido que en las bibliotecas del Vaticano se cuentan por cientos los libros prohibidos que sin problema, son consultados a diario por los sabios doctores de la Iglesia. Siempre he pensado que con la censura de la lectura no se ganan nuevos adeptos para el misericordioso Jesús.

Debería temer más señor Obispo las obras de los fariseos que se dicen fieles seguidores de la palabra de Dios, y en la práctica, cometen todo tipo de latrocinios.

!Que va a pensar el capitán Miranda de sus anfitriones si permitimos que se le critique de esa forma tan severa durante la cena organizada en su honor!.

Avergonzado por el señalamiento público de la Condesa, el Obispo se retractó diciendo: Excelentísima Sra. Condesa, si de alguna forma he ofendido a Vuestra Merced o a algún miembro de su distinguida familia, acepte mis sinceras excusas. Puede estar convencida de que no ha sido mi intención echar a perder tan placentero encuentro y que mis palabras a este joven, fueron dichas con el mayor amor de mi corazón. Pero si las considera infundadas o imprudentes, pido disculpas y las retiro de inmediato.

En tanto el Intendente de Hacienda y el Comandante de La Cabaña se hacían los desentendidos, no pude ocultar mi satisfacción al contemplar las sonrisas de triunfo que se dibujaban en los rostros de Cagigal y Don Ignacio que detestaban profundamente al Obispo y la mueca de disgusto que hizo éste al verlos.

Tratando de aliviar la tensión imperante, propuse a mi inesperada protectora interpretar para los presentes algunas piezas clásicas con mi flauta lo que fue aceptado, por lo que fui corriendo para mi habitación para buscar el instrumento.

Después del café pasamos al saloncito de música contiguo, en donde fui acompañado por María de la Encarnación que tocando en su clavicordio me secundó con inusual maestría.

El resto de las hijas del matrimonio Montalvo-O'Farrill, dirigidas por la voluntariosa María Teresa hicieron un improvisado coro con sus angelicales voces que realzaban nuestras melodías.

Observando con detenimiento a la linda chica, descubrí en ella muchos de los rasgos que caracterizaban a su enérgica abuela. Dentro de unos años pensé, esta niña, ¡va a causar sensación a su paso!.

De esta forma tan singular culminó la velada. Antes de despedirme de la amable Condesa de Macuriges , le agradecí su valioso apoyo, a la vez que me declaraba su eterno deudor. No se por qué me pareció captar en el brillo de sus ojos un destello de simpatía.

Mientras en mi alcoba repasaba mentalmente todos los sucesos del día, estaba claro que al finalizar la jornada tenía nuevas importantes amistades, pero también, un peligroso enemigo en la persona del humillado Obispo de La Habana .

CAPITULO IV

LA FUNCIÓN DE TEATRO

Como me mudé un jueves por la mañana para la mansión de los O'Farrill, debía esperar hasta el domingo 10 de septiembre para`poder asistir en unión del teniente Alcántara a la función del renombrado teatro Coliseo de La Habana. Así se lo hice saber al día siguiente a mi segundo al mando, durante la visita que realicé para verificar el estado de los asuntos del campamento. Sólo habían transcurrido 24 horas desde mi partida por lo que en principio no debía haber ocurrido nada extraordinario, pero no enbalde reza el sabio refrán: el ojo del amo engorda el caballo".

La vida demuestra que los dichos populares siempre tienen razón. Al verme llegar, el teniente Rafael respiró aliviado, ya que al pasar revista a la tropa por la mañana temprano, descubrió la ausencia de 3 efectivos de la segunda compañía que al parecer habían desertado por la noche.

Dado que para el joven oficial esta situación era novedosa estaba muy preocupado. Lo tranquilicé diciendo que en un ejército que se encuentra movilizado en las condiciones de nuestra fuerza expedicionaria, era algo casi normal que se produjeran deserciones de esta clase. No obstante, como teníamos que mantener a toda costa la disciplina militar, ordené que dos escuadras de soldados saliesen de inmediato en busca de los ausentes con la indicación de que fuesen arrestados y devueltos al campamento. Acto seguido, mandé a formar a la segunda compañía para comunicar lo ocurrido y precisar que tales hechos no serían tolerados, siendo los culpables castigados ejemplarmente.

Concluído lo expuesto y verificada la calidad de la clase de instrucción de esa mañana, pasé a referirle al teniente Alcántara los pormenores de todo lo sucedido el día anterior.

Me parece capitán Francisco, me dijo el joven oficial, que anoche tuvo mucha suerte de que la poderosa Condesa de Macuriges saliese en vuestra defensa ante la crítica del Obispo. No se que hubiese podido ocurrir de lo contrario, pues siempre tener un altercado con un Prelado es algo serio.

¡Bah!,repliqué, la sangre nunca hubiese llegado al río. No es que no esté agradecido a la Sra.Condesa por su valiente intervención, pero allí estaba también el Mariscal Cagigal que de seguro pondría en su lugar al impertinente Obispo, tanto más que no lo traga desde que lo conoce.

No obstante, yo estaría muy alerta en el futuro, pues estoy convencido de que el Obispo puede estar tramando algo para obtener revancha.

Le repito teniente que se preocupa por gusto. ¿Quién soy yo tan importante en esta Villa, para que su Ilustrísima Señoría, el Obispo de La Habana se esté molestando tanto por mi persona?. No obstante,le aseguré, voy a tomar en cuenta su prudente consejo.

Después de compartir con la oficialidad del Regimiento el frugal almuerzo que por supuesto, nada tenía que ver con la suculenta cena de la otra noche, me dispuse a regresar a la ciudad, cuando se presentó ante nosotros el cabo de una de las escuadras enviadas conduciendo presos a los desertores que fueron encontrados borrachos cerca de uno de los lupanares del puerto.

Al comprobarque no podía interrogarlos por su desastroso estado de embriaguez, ordené que le echaran varios cubos de agua encima para despertarlos y que los encerraran en el calabozo del campamento.

Algunos sub-oficiales, entre ellos el sargento mayor de la compañía, manifestaron el criterio de que como castigo se les debía dar una buena golpiza frente a la tropa formada para que sirviese de escarmiento, a lo que me opuse con firmeza, pues siempre he sido enemigo de los castigos físicos. En cambio ordené que al otro día fueran trasladados a la fortaleza de La Cabaña en donde serían encerrados por un mes disciplinariamente.

Antes de marcharme le reiteré a mi segundo al mando: ¡Teniente Alcántara!, me responde personalmente porque estos tránsfugas u otros parecidos no se vuelvan a escapar. ¿Está claro eso?. ¡Redoble las postas nocturnas si es necesario!.

¡Sí mi capitán!.

De regreso al palacete de la familia Montalvo-O'Farrill, me esperaba una sorpresa. Sentadas en un banco cercano al vestíbulo, se encontraban María de la Encarnación y María Teresa, dispuestas a que les dedicara la tarde con mis relatos de viajes y clases de música. En este asunto, yo mismo me había puesto la soga al cuello Pero, ¡a palabra empeñada, palabra cumplida!. Por ello, invertí tres largas horas de mi tiempo libre en satisfacer la curiosidad de las precoces niñas y divertirlas con las notas de mi flauta.

Con sus preciosas batas del más costoso hilo, llenas de lazos , vuelos y encajes, parecián dos princesitas sacadas de uncuento de hadas.

Apenas llevaba media hora de charla, cuando a nuestro grupo se unieron María de la Concepción, María Luisa y Josefa Montalvo, hermanas de mis "atentas discípulas" que también deseaban escuchar mis relatos sobre el alegre París.

¡Mi conversación se estaba convirtiendo en un aula de un Liceo para señoritas adineradas!, en el que María Teresa era la líder indiscutible, pues llevaba la voz cantante con sus desconcertantes preguntas, a veces algo impropias para una niña de 9 años .

¿Se visten bien las parisinas?.

¿Son más bonitas que las cubanas?.

¿Cuántas habitaciones nupciales tiene el Palacio de Versalles?.

¿Es cierto que el rey Luis XVI no tiene "favoritas"?.

¿Se bañan a menudo los reyes de Francia?.

Por suerte, a eso de las 4 de la tarde llegó la madre de las niñas salvándome de tener que seguir respondiendo interrogantes parecidas.

Válgame dios hijas, van a volver loco a Don Francisco con tantas preguntas. Vayan a merendar y déjenlo descansar un rato.

Esa noche cené en solitario, pues Don Ignacio y su esposa estaban invitados a una recepción en la casona de los Condes de Jaruco, otra de las opulentas familias de la capital, por lo que aproveché la oportunidad para acostarme temprano.

A la mañana siguiente,o sea el sábado 9 de septiembre, tan pronto amaneció, acudí al campamento para conducir personalmente a los desertores hasta la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña en donde quedarían encarcelados.

Acompañado de una fuerte escolta, cruzamos en bote la bahía habanera, para desembarcar en la orilla opuesta de la ciudad en que se levanta este coloso de la arquitectura militar.

Tras subir por una larga rampa que da acceso a un puente levadizo y atravesar los pesados rastrillos de una puerta lateral de la edificación en que se encuentran las galeras de la prisión militar, dejé a buen recaudo en la misma, a los arrestados. A continuación, fui invitado por su alcaide a recorrer las principales instalaciones de la fortaleza.

Con justificado orgullo que no podía ocultar, el Alcaide de la prisión me explicó: Capitán Miranda, la fortaleza de San Carlos de La Cabaña es la mayor de las instalaciones militares creadas por España en América. Se afirma que ya en el Siglo XVI, el ingeniero Juan Bautista Antonelli, constructor de El Morro había advertido a las autoridades de la isla sobre el valor estratégico del cerro de la Cabaña.

Durante la primera mitad del siglo XVIII se elaboraron proyectos para la fortificación de la elevación, pero antes de 1762 ninguno llegó a concretarse. La certeza de la observación de Antonelli - quedó demostrada durante el sitio de La Habana por las fuerzas británicas en ese año. No obstante, la colina se mantuvo desamparada y fue la brecha que aprovecharon las tropas inglesas, en 1762, para atacar El Morro y luego rendir La Habana.

Tras ese nefasto evento, el rey Carlos III ordenó la inmediata fortificación de esa alta ribera. En 1763, una vez devuelta La Habana por los ingleses a cambio de La Florida, comenzó a construirse en la elevación en que nos encontramos, bajo la dirección del brigadier Don Silvestre Abarca, y quedó concluida en 1774.

La posición estratégica de la fortaleza, enlazada con el fuerte del Morro, y las 15 manzanas que ocupa con más de 2500 pies de muralla, la convirtieron en la mayor de la isla y América. Su complejo diseño aplica los conceptos más avanzados de la ingeniería militar del siglo XVIII y hace de San Carlos de la Cabaña un exponente del cambio experimentado en los sistemas defensivos en la época.

La Fortaleza de San Carlos de la Cabaña forma un polígono irregular. Contiene prácticamente todos los elementos posibles en una fortificación permanente. Consta de un baluarte y dos semibaluartes. Su frente de tierra se esconde en los fosos y se hace invisible tras el glacis. Lunetos, tenazas, revellines, galerías de minas, cuarteles, almacenes y otros elementos completan las defensas. Una eficiente canalización asegura el abastecimiento de agua a los grandes aljibes.

Teóricamente inexpugnable, el fuerte de San Carlos de la Cabaña se construyó a un costo de catorce millones de pesos oro. Una cifra tan considerable sirvió de fundamento a la anécdota según la cual Carlos III, al ser puesto al corriente, solicitó unos anteojos, pues algo que le había costado tanto debía ser visible desde Madrid.

En cualquier caso, la fortaleza es una obra maestra de la ingeniería militar española. Constituye un exponente del cambio experimentado en los sistemas defensivos durante el siglo XVIII, debido a los progresos de la artillería.

Su capacidad militar es muy grande y también lo es el armamento del cual dispone. En ella se alojan las mejores unidades del ejército español en Cuba.

El Alcayde de la prisión concluyó su interesante disertación diciendo: La Cabaña capitán Miranda es uno de los legados más importantes que España le deja a Cuba en términos de arquitectura militar. Esta fortificación merece un recorrido paciente, para poder admirar en toda su dimensión la belleza de esa arquitectura sobria, y sobre todo, del paisaje del litoral habanero que desde ella puede disfrutarse. El mar, la brisa, la historia, la arquitectura, son condicionantes que en mi opinión, hacen del recorrido por este sitio una experiencia única.

Agradecí al jefe de la prisión militar los datos proporcionados así que me invitara a almorzar en el comedor de oficiales en donde nos topamos con el comandante de la fortaleza, el General Guzmán de Torresaltas que compartió nuestra mesa.

Aunque era un hombre amable, no pude evitar su mordaz comentario sobre lo sucedido la noche anterior con el Obispo.

¡Hostias!, ¡De buena se salvó ayer capitán Miranda!. Ese Obispo no es nada fácil. Se lo digo yo que conozco bien las mañas de ese cura hipócrita. ¡Cuando quiere joder a alguien, siempre lo consigue!!.

Rediez, ¡tener un pájaro de presa de ese calibre atravesado en el camino es lo último!.

Al paso que va la cosa, pensé en mi fuero interno, dentro de poco ¡toda la isla de Cuba conocería lo ocurrido!.

Concluído el almuerzo, crucé de nuevo en bote la bahía para retornar con mi escolta a la ciudad. Los guardias regresaron al campamento, mientras que yo aproveché la tarde para dar una vuelta por las tiendas de la calle Mercaderes y de paso precisar a que hora debíamos ir al día siguiente al teatro para comprar las entradas.

Sin proponérmelo, entré en la tiendecita en que me había topado con el amable desconocido que me recomendó contactar al lutier francés Moreau para lo de la compra del pianoforte. ¿En dónde había puesto su dirección?. ¡Qué memoria la mía!,!cómo podía olvidar algo tan importante!.

Con la idea fija en mi mente de encontrar estos datos regresé al palacete de Don Ignacio. Busqué entre mis libros y demás objetos pero no pude hallar el papel con la condenada dirección.

Apesadumbrado por la pérdida, esa noche durante la cena le conté a Don Ignacio lo que me atribulaba. El Conde sonriendo me dijo: ojalá Don Francisco que todas mis preocupaciones sean como esa. Tiene mucha suerte, pues el Señor Moreau casualmente es el que se ocupa de afinar nuestro clavicordio. Así que si lo desea, el lunes el mayordomo puede mostrarle donde queda su taller.

Yo en cambio debo mañana trasladarme sin falta con mi familia a nuestro Ingenio "San Ignacio de Rioblanco" en el que permaneceremos una semana, ya que han surgido serios problemas con la dotación de esclavos. Ya sabe , los cimarrones son siempre un dolor de cabeza. ¿No desea acompañarme a visitar la plantación?. ¡Mire que la excursión por la campiña puede ser muy interesante!.

Agradecí al Conde su invitación explicándole el compromiso que tenía de ir con el teniente Alcántara al teatro.

Ya veo, ya veo, dijo sonriendo con picardía. ¡Estoy seguro que se van a divertir de lo grande!. ¡Que lástima que no pueda ir con vosotros!. Aunque pensándolo mejor, mi augusta consorte no me lo permitiría nunca, recalcó riendo.

De sobremesa , mientras saboreábamos el aromático café acompañado de una copa de un exquisito añejado jerez, le referí al Conde mis últimas vivencias con sus hijas , y en particular, con María Teresa que se mostraba muy aventajada en sus conocimientos y forma de ver la vida, a pesar de su corta edad.

A veces pienso Señor Miranda, me subrayó el Conde, que esta niña es demasiado despierta. Es evidente que salió a su abuela, mi querida madre. Pero ya que hablamos de María Teresa, le voy a confiar algo. Ayer durante la recepción a que asistimos en la mansión de los Condes de Jaruco, ¿sabe lo que me propusieron esos zorros?. Nada menos que élla contraiga matrimonio dentro de tres años con Joaquín María Beltrán de Santa Cruz y Cárdenas, el heredero de esa familia, cuando éste cumpla 15 años. Imagínese Don Francisco, mi linda hija casada tan temprano con el anodino hijo de los Jaruco. ¡Nada bueno puede salir de ese enlace!.?.

No quise ofender a mi gentil anfitrión diciéndole que su hija, sin proponérselo nadie, se estaba preparando interiormente para conquistar el mundo a través de su futuro marido .

¡Por fin llegó el esperado domingo!. Desde temprano, se escuchaba un ir y venir de pasos y voces infantiles por la escalera de la casa. Eran las condesitas que eufóricas por la excursión, no podían reprimir su impaciencia por partir. Después de desayunar en compañía de los Montalvo, que previamente asistieron a misa en la cercana iglesia del Santo Angel Custodio, los despedí en la entrada del palacete a su partida para el Ingenio de la familia. El matrimonio con el vástago más pequeño y María de la Concepción, viajaban en un coche descapotable, mientras que el resto de las hijas, vestidas como para una fiesta, todas con vistosas pamelas, ocupaban un elegante quitrín tirado por dos briosos caballos blancos, en el primero de los cuáles, iba montado el engalanado calesero Domingo.

Al ponerse en movimiento los carruajes, sentí la dolorosa angustia de separarme de un cercano familiar, cuando observé la frágil manita de María Teresa decirme adiós con un cálido gesto de ternura. No pude evitar que una lágrima rodara por mi curtida mejilla.

¡Que carajo me está pasando!, me dije. Yo soy un oficial bien bragado de los ejércitos de su Majestad y me estoy preparando para la guerra. ¡No puedo caer en estas blandenguerías baratas de tomarle tanto cariño a una niña malcriada!.

Tratando de olvidar estas impresiones, 15 minutos antes de las 5 pasado meridiano, me encontraba en compañía del teniente Rafael Alcántara a la entrada del teatro Coliseo en la que se agolpaba el público, fundamentalmente masculino. Ya en el interior, ocupamos los asientos en el palco que había reservado y me puse a leer el programa de la función que brindaba una breve descripción del recinto .

El 20 de enero de 1775, en homenaje al cumpleaños del monarca español Carlos III, fue inaugurado en La Habana el Teatro Coliseo, primera instalación de ese tipo construida en la ciudad.

Su apertura fue un acontecimiento para la capital de Cuba , entonces carente de instituciones culturales y sitios para la recreación de sus habitantes.

Al capitán general Felipe de Fondesviela, el célebre marqués de la Torre, se debe la construcción de este majestuoso edificio que está ubicado en la intersección de la calle Oficios y la del Molino o del Correo según otros, donde tiene su entrada principal. Como se halla frente a la concurrida Alameda de Paula, el Coliseo también es conocido como el "Teatro de la Alameda".

Según he podido conocer, por la excelente acústica, elegante fachada y lujoso decorado de su interior, es el mejor teatro construido por la monarquía española en América en lo que va del siglo XVIII.

Baste decir que más de 80 quinqués alimentados con aceite aromatizado alumbran el escenario y el proscenio. Cientos de bujías de esperma colocadas en una gran lámpara de araña, brindan su luz a la sala principal.

Como ya he dicho, la iniciativa de la creación de este teatro fue del Marqués de la Torre, quien en vistas de que la ciudad necesitaba un lugar que tuviera las condiciones necesarias para este arte, logró congregar el 2 de julio de 1773 a los comerciantes más importantes y a las principales personalidades de La Habana, con el objetivo de recaudar fondos para la construcción de este espacio. Dicen que De la Torre expresó en esa reunión que ese dinero se les devolvería mediante las ganancias que tendría el teatro.

Al poco tiempo se empezaron las obras dirigidas por el arquitecto habanero Antonio Fernández Trebejo, dando lugar más tarde, en 1775 al Coliseo de la Habana; una edificación de mampostería y madera. Todos los extranjeros que lo han visitado lo clasifican como magnífico.

El mismo año de la apertura de este teatro, exactamente el 12 de octubre, ocurrió un hecho trascendental que pasaría a la historia del teatro en Cuba, se efectuó por primera vez la presentación de una ópera en la Isla. Didone Abbandonata que casualmente era la que íbamos a ver hoy.

Durante las funciones, se mostraba un programa compuesto tanto por compañías españolas y extranjeras de paso por la ciudad, como por músicos y actores cubanos.

Como en Cuba a diferencia de Italia y otros países europeos, la participación de los "castratis" en la escena es muy mal vista, a falta de estos insuperables cantantes que interpretan papeles femeninos, algunas sopranos de las zarzuelas españolas asumen con éxito estos roles en las ´óperas.

En el Colyseo se presentan numerosas obras de variados géneros y diversos artistas, entre ellas tragedias, comedias, pequeñas óperas, bailarines, maromeros, sombras chinescas, autómatas, entremeses y tonadillas.

Por fin se apagaron las luces, la orquesta comenzó a tocar una especie de obertura y se abrió el telón.

Didone Abbandonata, es una ópera en tres actos del compositor napolitano Leonardo Vinci Strongoli, con libreto en italiano de Pietro Metastasio, cuyo estreno tuvo lugar en el Teatro delle Dame de Roma, el 14 de enero de 1726.

Basada en la Eneida de Virgilio La acción se desarrolla en Cartago. Dido, viuda de Siqueo, tras serle asesinado el marido por su hermano Pigmalión, rey de Tiro, huyó con inmensas riquezas a África donde, comprando suficiente territorio, fundó Cartago. Fue allí solicitada como esposa por muchos, particularmente por Jarbas, rey de los moros, rehusando siempre, pues decía querer guardar fidelidad a las cenizas del extinto cónyuge.

Mientras tanto, el troyano Eneas, habiendo sido destruida su patria por los griegos, cuando se dirigía a Italia fue arrastrado por una tempestad hasta las orillas de África, siendo allí recogido y cuidado por Dido, la cual se enamoró de él ardientemente; pero mientras éste se complacía y se demoraba en Cartago por el cariño de la misma, los dioses le ordenaron que abandonara aquel cielo y que continuara su camino hacia Italia donde le prometieron que habría de resurgir una nueva Troya. Él partió, y Dido, desesperadamente, después de haber intentado en vano retenerlo, se suicidó.

Todo esto lo cuenta Virgilio, uniendo el tiempo de la fundación de Cartago a los errores de Eneas, en un bello anacronismo.

Finalizada la obertura, en la escena aparecieron algunos de los personajes principales del libreto: Dido (soprano), Eneas (tenor), Jarbas (contralto) y Selene (soprano), entonando con sus acompasadas voces una hermosa aria del primer acto.

Al ver a la mencionada Selene, Rafael lleno de emoción exclamó: Capitán Miranda, ¡mire!, ¡es mi adorada Ninfa!. ¡Yo sabía que la iba a encontrar!. De más está decir que durante toda la función, mi segundo al mando sólo tuvo ojos y oídos para la seductora artista que por cierto cantaba como un ruiseñor.

Concluída la función, nos abrimos paso como pudimos entre un ejército de ardientes admiradores, hasta los camerinos de los cantantes para presentar nuestros respetos a las afamadas divas.

A nuestros insistentes reclamos y aducir que éramos huéspedes del Conde de la Casa Montalvo, accedió a recibirnos la gaditana Antonia de San Martín, primera dama del teatro que interpretaba el papel principal de Dido.

Antonia de San Martín quien años mas tarde se integró a la Compañía del Real Coliseo de la capital de la Nueva España, tenía mas o menos mi misma edad, era una mujer de melodiosa voz y apetecibles formas, ante la cual, no se podía quedar impasible .

Tras presentarnos, besar con marcada devoción su perfumada mano y expresarle que era un verdadero honor conocerla, le dije descarnadamente que mi joven amigo moría de pasión por la soprano que hacía de Selene.

En tanto buscaban a Florinda que así se llamaba la cantante objeto de los desvelos de Rafael, Antonia me dijo con aire juguetón: Y vuestra Señoría, ¿no siente una similar atracción por alguna otra afortunada artista?. De inmediato capté la alusión, por lo que contesté: tales sentimientos en mi sólo pueden ser inspirados por una diosa del Olimpo, y en este teatro, unicamente Usted merece ese calificativo. Por ello, si acepta mis galantes requiebros, estoy dispuesto a compartir con vuestra merced mi atormentado corazón.

¡Que lástima conocer esto tan tarde bravo caballero!, me replicó sonriendo, la hermosa malagueña, mientras me acariciaba el rostro con su enguantada diestra.

¡Me ha conmovido con su bella declaración!. Deplorablemente, mi corazón ya tiene dueño.

A pesar de esta negativa volví a la carga diciendo: pero dulce señora, tal vez quede algún rinconcito vacío en su generoso pecho, en el que pueda dar abrigo nocturno aunque sea una vez a este solitario caminante.

¡No vuelva a insistir querido capitán!. No eche a perder la magia de este maravilloso encuentro. No ovstante,antes de despedirnos, considero que su vehemencia merece un premio, dijo acercando sus carnosos labios a los míos que no pudieron resistir la tentación de darle el más fogozo de los beso.

Mientras de esta forma sufría mi primer desengaño amoroso en tierras cubanas, el teniente Rafael tuvo mejor suerte que yo en los lances de Cupido, pues desde esa noche se convirtió en el amante de la voluptuosa Florinda.

Despechado, o tal vez mejor decir desilusionado conmigo mismo, maldiciendo mi mala suerte, regresé a la mansión de los Montalvo, que por alguna extraña razón me pareció esa noche más vacía y ajena que nunca.


CAPITULO V


MARGARITTE

Como me sentía bastante desanimado por la frustración romántica sufrida durante la función de teatro, en el transcurso de los dos primeros días de la semana, me dediqué en cuerpo y alma, a comandar personalmente la preparación de los soldados sometiéndolos a penosas maniobras tácticas y largas caminatas acampo traviesa, con la justificación de que debían fortalecer sus músculos para los futuros combates, cuando en realidad era yo quien necesitaba mitigar mi espíritu mediante estas bélicas prácticas.

Al respecto apunté en mi diario:

12 de septiembre de 1780

Hoy hemos desarrollado diferentes movimientos de la guerra de guerrillas, el minado de caminos y bastiones, lanzamiento de granadas, así como el cruce de fosos inundados de agua sucia. En este último ejercicio, se destacaron la primera y la cuarta compañías, que con audacia y valentía supieron sortear los obstáculos. Un sargento y dos soldados resultaron contusos.

Las prácticas debieron ser interrumpidas a las 4 de la tarde, pues se desató una tormenta acompañada de fuertes vientos, rayos y ca´ída de granizo.

13 de septiembre de 1780

Después del desayuno, dirigí la tropa a marchas forzadas por el litoral habanero, recorriendo cerca de 6 leguas más allá de la intrincada manigua del Vedado, erizada de espinos y otras malas hierbas, moviéndonos con frecuencia sobre las puntiagudas rocas del diente de perro.

Por el camino tuvimos que vadear varios cursos fluviales, entre ellas el río Almendares. Esa noche pernoctamos a cielo abierto. Cada oficial y soldado sólo ingirió la escasa ración de agua y alimentos que llevaba en su mochila. Algunos reclutas no pudieron conciliar el sueño por temor a los alacranes, arañas peludas y a esas inofensivas grandes culebras que los lugareños llaman "majá".

El teniente Ramírez de la tercera compañía por poco perece al ser arrastrado por la corriente de un arroyo crecido, Varios efectivos sufrieron insolación,picaduras de avispas y hormigas bravas,quemaduras e inflamaciones producidas por el "guao", ampollas y cortaduras en los pies, y dos de ellos se desmayaron de fatiga.

¡De dónde rayos habrán sacado soldados tan flojos y debiluchos!. Tendré que alertar al Mariscal al respecto, anoté en mi crónica.

A las 10 de la mañana del jueves, llegamos de regreso al campamento, en donde dejé la exhausta tropa en manos del Teniente Rafael, que a pesar de su innegable cansancio, sólo pensaba salir corriendo para los cálidos brazos de su deseada Florinda. ¡Tal es la fuerza del amor!. Pero hoy tenía que contener las ganas y quedarse al frente del regimiento hasta tanto asegurara el tratamiento de los enfermos y lesionados.

Antes de retirarme le dije: ¡Teniente Rafael!, déjese de tantos arrumacos y zalamerías con su "cariñosa" corista y procure fortalecer a sus soldados. Si no pueden resistir una corta excursión por el monte cubano, ¡no se que pasará cuando se enfrenten a los fogueados casacasrojas ingleses y a las peligrosas alimañas de los bosques de la Florida!.

Tal vez fui algo injusto al expresar esto, pero era lo que pensaba, y así se lo manifesté.

Ya en la residencia de los Montalvo, tras tomar un reconfortable baño, cambiarme de ropa y almorzar como si fuera un potentado, le solicité al mayordomo que me indicara como llegar hasta el taller del lutier Moreau. El complaciente criado que por supuesto había recibido indicaciones al respecto de su amo Don Ignacio, me condujo a eso de las tres de la tarde hacia la calle de "Los Oficios" en que residía el artesano. Por considerarlo innecesario rechacé su propuesta de alquilar un coche, prefiriendo recorrer a pie el trayecto.

La calle de los Oficios que inicialmente se llamó de la Concepción era una de las primeras arterias de la Villa de San Cristóbal de La Habana. Creció a la vera de la bahía habanera. Enlaza tres importantes espacios urbanos de intramuros: la Plaza de Armas, la Plaza de San Francisco y la Alameda de Paula.

Las calles habaneras no eran nombradas oficialmente por parte del Cabildo sino que los vecinos las iban llamando según algunas características de cada una en cuestión o según el nombre de algún vecino ilustre que vivía en ella. Esta es la razón por la que muchas han tenido diversas denominaciones a lo largo del tiempo y que una misma calle tuviera varios nombres simultáneamente según sus tramos.

Cuando en 1584 La Habana solo contaba con cuatro calles, esta era una de ellas, trazada a partir de la fundación de la plaza principal, luego Plaza de Armas. Se le llamó De los Oficios, porque desde esta plaza y hasta la de San Francisco, estaba llena de menestrales, aunque otra versión afirma que se denomina así porque existían en ella oficios de escribanos y otros funcionarios establecidos en la ciudad.

En realidad considero más exacta esta versión, ya que en esta vía en vez de menestrales, si algo abunda son las mansiones de encumbradas familias.

En planos primitivos de 1691, ya aparece señalado un grupo de casas señoriales de la calle Oficios, incluso, puede apreciarse que para esa fecha ya eran casas de alto y bajo. Según la leyenda de los documentos del siglo XVII, los tres primeros lotes correspondían a la residencia del Obispo, los Colegios de Infantes (o de San Ambrosio) para varones, de Niñas Doncellas (de San Francisco de Sales), ambos fundados por el Obispo Don Diego Evelino de Compostela, primer prelado que abrió las puertas a la instrucción pública en el país. La parcela que ocupa la casa de Oficios 8 es la correspondiente a la casa de los obispos.

esta edificación había sido la casa solariega de la familia Cepero, que figuró en primera fila entre los vecinos más antiguos e importantes de la Villa. Desde 1614 había residido en ella el también célebre obispo Alonso Enríquez de Armendáriz, que diera nombre al río Almendares.

Continuando nuestro recorrido, en la esquina de las calles de La Obra Pía y Oficios pasamos por frente a la antigua residencia del Tesorero Baltazar de Soto, y al cabo de unos instantes, llegamos a la Plaza de San Francisco. En 1579 los frailes franciscanos tomaron en posesión el terreno donde se erigió el edificio que sirve de sede al templo y Convento de San Francisco de Asís, cuya fabricación se extendió por 12 años. En 1739 se consagró el templo, que por la magnificencia de su espacio interior, se convirtió en el preferido de la sociedad habanera.

El destino principal de esta plaza, además de servir a las armadas para hacer sus aguadas, fue el de depósito de las mercancías que llegaban al puerto, función que duró hasta la construcción de tinglados en los muelles. Todas las casas correspondientes a esta plaza, fueron ocupadas desde los primeros tiempos por personas importantes.

La iglesia, muy sólida y elegante, servía de sepultura a casi toda la nobleza habanera de los siglos XVII y XVIII. La edificación consta, en su interior, de tres espaciosas naves, sostenidas por doce columnas, en cada una de las cuales hay la estatua de un apóstol. Lo más notable de la misma es la torre, conmás de 130 pies de alto, levantada sobre sólidos sillares sobre el cerco de la puerta principal y rematada por una imagen de Santa Elena Emperatriz, madre de Constantino, descubridora de la Vera Cruz. Desde 1608 existió, adjunta a la iglesia, la capilla de la Orden Tercera de San Francisco de Asís, donde se venera la imagen del Cristo de la Vera Cruz.

Por su parte el convento posee tres amplios claustros, varios patios y 111 celdas para religiosos, impartiéndose en él clases de Gramática, Filosofía, Teología y Matemáticas.

Seguimos caminando dejando atrás las espléndidas casonas que han sido levantadas en las inmediaciones de la precitada plaza. Al pasar por la intersección de las calles Oficio y San Salvador de Orta que a partir de 1783 se llamaría Teniente Rey, el mayordomo señalando un lujoso palacete me dijo: Mire Don Francisco, esta es la mansión de los Condes de Macuriges. Como se recordarán, este título fue concedido en 1765 a Lorenzo Montalvo Ruiz de Alarcón, el fallecido esposo de María Teresa de Ambulodi, mi gentil defensora quien viviera entre 1704 y 1778 y fuera Intendente General de Marina y Ministro de la Fábrica de Bajeles de la Real Hacienda y Cajas de La Habana.

Apuré un poco el paso, no fuera a suceder que la suspicaz condesa se topara conmigo y desease conocer que hacíamos por ese lado.

Por fin nos detuvimos entre las calles Ricla que la gente llama Muralla y la de Compás de Santa Clara, a la que por el 1750 le decían de la "Pólvora Vieja". Allí se encontraba una pintoresca casita de dos plantas: la baja, con un portal de arcadas, , y la alta, con una logia con arcos abiertos, especie de palco familiar para presenciar las actividades que se desarrollaban en la calle. La fachada se complementaba por una cubierta de tejas criollas y un tejadillo con balaustradas de madera. Desde el interior en que se ubicaba el ineludible patio central, se dejaban escuchar los dulces compases de un pianoforte.

Extasiado como estaba por la maravillosa interpretación de la melodía que alguien tocaba, tardé en percatarme que muy cerca de allí se encontraban la calle del Molino, en cuya esquina con la de Oficios estaba elconocido teatro Coliseo, y no muy lejos, el Palacio del Conde de Casa Barreto, construido en 1732 por Don José Tomás Barreto y Arrieta.

¡Parecía una broma pesada de la vida!. La casualidad había encaminado mis pasos de nuevo por la ruta del pasado domingo. Sólo que no podía imaginar que esta vez no encontraría tristeza y frustración al final del camino , sino felicidad y alegría.

Tras vacilar unos momentos, ya que no deseaba interrumpir al inspirado músico,tocamos a la puerta de la vivienda. Al cabo de unos minutos , luego de insistir en nuestra llamada, se abrió un postigo en la entrada, a través del cual se dejó escuchar la gangosa voz de una anciana criada que nos preguntó que deseábamos. Identificados como clientes del señor Moreau nos dejó pasar refunfuñando a un pequeño vestíbulo, pidiendo que aguardásemos mientras se dirigía cojeando al interior de la casa. Entre tanto, el pianoforte que sin duda estaba en una habitación contigua, seguía inundando el ambiente de exquisitas notas que parecían provenir de las arpas celestiales. Si no me equivoco pensé, la pieza es la famosa sonata para piano Opus 2 de Muzio Clementi.

De repente el instrumento dejó de tocar. En su lugar un incómodo silencio inundó el local. Por suerte, al cabo de unos instantes penetró en el estrecho recibidor en que estábamos, un señor de avanzada edad y elevada estatura vestido con una vieja pero pulcra casaca, cuyas nobles facciones enmarcadas por plateados cabellos terminados en una elegante coleta anudada por un negro lazo, transmitían dignidad y confianza. Al preguntar que deseábamos, reconocí de inmediato por su voz a nuestro interlocutor. ¡Era el amable desconocido que me había recomendado contactar al lutier Philippe Moreau!.

Por su parte, el mayordomo me presentó con su acostumbrada parsimonia: Señor Philippe, ante usted el distinguido capitán Francisco de Miranda , huésped de su excelencia Don Ignacio, Conde de la Casa Montalvo.

¡Ah!, ya recuerdo, expresó el lutier. El señor oficial creo que deseaba adquirir un pianoforte. ¿No es cierto?.

Así es señor Moreau, contesté.

Bueno, le dyré que es una lástima que no viniera antes a verme, pues tenía la oferta de un magnífico piano italiano, pero el comerciante que lo vendía no pudo seguir esperando pues se iba de viaje. Estuve tratando de avisarle más de una semana pero no sabía en donde encontrarlo. ¡Cómo iba a imaginar que residía en casa de los condes Montalvo!. No se si conoce que su hija María de la Encarnación es mi alumna y que le afino su clavicordio.

Por eso esa niña toca tan bien, dije lisonjero.

No obstante ,pregunté , ¿no habrá alguna otra posibilidad inmediata de adquirir un instrumento similar?.

Por ahora no monsieur Miranda. Como le dije la otra vez en la tienda, en Cuba son raros los pianofortes. Pero si desea un clavicordio tengo buenas propuestas.

¡Que mala suerte!, exclamé. El problema es que hace tiempo que deseo practicar en un piano, pues ya más o menos que domino la técnica de los clavicordios.

Bueno, me parece que tendrá que tener un poco de paciencia, añadió el lutier. Pero entretanto, ¿no desea comprar algún otro instrumento musical?. Tengo a la venta violines austriacos de muy alta calidad.

No gracias señor Moreau. Aparte del piano sólo me intereso por la flauta y poseo una muy buena de concierto.

En ese caso, distinguido señor capitán ........no se en que más pueda ayudarlo.

Viendo que no podía venderme nada, me pareció que el lutier deseaba dar por concluída la conversación, por lo que movido por la curiosidad o una especie de premonición, se me ocurrió preguntar:disculpe señor Moreau, si no me equivoco , cuando llegamos alguien estaba tocando una preciosa melodía en un pianoforte . ¿Era su señoría?.

El lutier me miró fijamente unos segundos como si tratara de escudriñar mis pensamientos. Por fin me contestó: no señor capitán, era mi hija Margaritte.

No me diga, por lo que pude escuchar, ¡su hija es una consumada pianista!. ¡Mozart podría envidiarla!.

Nada de eso señor Miranda, replicó Moreau riendo por mi ocurrencia, si acaso una alumna muy aplicada. Sólo tiene 14 años.

¡Válgame dios!, nunca había escuchado tocar con tanta soltura y precisión, subrayé asombrado, para añadir de inmediato:con su venia , ¿no sería posible contemplar por un momento su piano?. No deseo marcharme sin tranquilizar mi ansiedad viendo ese mágico instrumento.

El anciano sonrió esta vez complacido, y levantándose de su asiento, me dijo: acompáñeme capitán Miranda que le voy a mostrar el piano.

El mayordomo que estaba preocupado por la posible tardanza, aprovechó la oportunidad para despedirse de nosotros y regresar a casa de los Montalvo.

Atravesando una especie de almacén repleto de violines, violas, mandolinas y guitarras nos trasladamos a una sala contigua muy iluminada por un amplio ventanal, en cuyo centro se destacaba un magnífico piano de cola marca Érard, con caja de resonancia rectangular de palisandro , decorado en su tapa superior y sus costados con bellas pinturas al óleo de estilo Rococó. No pude reprimir mi impresión al verlo y exclamé: ¡es un verdadero tesoro!.

Monsieur Miranda, adicho una gran verdad. En Cuba, hasta ahora es el único ejemplar de este tipo. Lo traje directamente de Marsella de donde soy oriundo.

Parándome cerca del blanco teclado, supliqué con cierto temor al lutier que me dejara tocar unas notas. Éste vaciló un poco en acceder, pero por fin expresó: vamos a ver señor capitán, si es tan diestro tocando el piano como manejando el sable y el mosquete.

Con visible alegría me senté en la banqueta, me sequé las manos con un pañuelo, y comencé a interpretar con cierta dificultad, una Sonata de Johann Sebastian Bach.

Avergonzado de mi falta de pericia en el instrumento iba a finalizar mi desastrosa ejecución, cuando una delicada voz femenina dijo con amabilidad a mis espaldas: querido padre, tal vez vuestra merced y este distinguido señor, me permitan ayudarlo a tocar esta pieza.

Al escuchar esto, me volví presto, parándome de mi asiento. Ante mí, en toda su angelical belleza, se encontraba una deslumbrante doncella, que al percatarse de mi inquisitiva mirada, bajó ruborizada la suya.

Capitán Francisco de Miranda, intervino mi anfitrión , le presento a mi hija, Mademoiselle Margaritte Moreau Lombard.

La aludida, roja como una amapola, hizo una graciosa reverencia que demostraba su buena educación mientras decía: ¡Enchanté de vous reencontré monsieur Miranda!.

Margaritte hacía honor a la fragilidad de la flor cuyo nombre llevaba. De regular estatura y gráciles formas para su edad, su hermoso rostro de líneas casi perfectas era realzado por sus ojos de un azul sereno que irradiaban bondad, y una exuberante cabellera de color miel que recordaba la de los querubines de algunos cuadros de Rafael Sanzio. Su nacarada dentadura, sus encarnados labios y sus blancas manos de largos y finos dedos,completaban su armoniosa figura que podía rivalizar con la más excelsa de las musas. A este maravilloso conjunto se añadía el vestido de escogida tela que llevaba puesto, que era de color azul pastel, cortado a la última moda versallesca, que sin ser muy caro o engalanado, unaMaría Antonieta podría desear tenerlo en su ajuar.

Embrujado por esta visión de la cual emanaba un aire de virginal inocencia, sin saber lo que hacía, balbuceando mi nombre, le tendí mi diestra a la muchacha en señal de varonil saludo. Pero la joven evadiendo mi gesto como si no se hubiese dado cuenta del mismo, sin decir palabra, se sentó en el piano y arrancó a interpretar con increíble facilidad la obra que yo había intentado ejecutar antes. Allí donde yo había fallado, Margaritte suplía el vacío de mis pobres notas con complejos contrapunteos y ricas variaciones que me dejaron con la boca abierta.

La tocata duró una media hora durante la cual comprendí que sólo era un diletante del teclado. Al finalizar su ejecución, , le besé emocionado las manos a la talentosa joven dyciéndole: Mademoiselle, permítame expresarle mi sincera admiración. Le confieso que nunca había escuchado nada parecido. Ha sido simplemente genial.

Perdone Señor Don Francisco, creo que exagera un poco. Sólo es que conozco bien las características técnicas de este piano en el que toco hace tiempo. Además, en realidad, para poder apreciar esta pieza de Bachen toda su grandeza, se requiere que el teclado sea acompañado por las cuerdas o una flauta.

Al escuchar lo que decía, se me iluminó la mente y le dije: ¡que feliz coincidencia!. Al llegar le expresaba a su padre señorita, que domino bastante bien la flauta y que poseo un magnífico instrumento de este tipo. Por ello, si lo desean puedo venir mañana u otro día e interpretar juntos esta sonata.

¿Y se atrevería a enseñarme a tocar la flauta?.

Con sumo placer Mademoiselle. A cambio , tal vez usted me pueda ayudar a perfeccionar los conocimientos sobre el piano.

¿Qué te parece papá?. Tu decides hija, contestó el bueno de Moreau. Estoy seguro que el señor Miranda es un militar de honor que sabrá respetar esta casa. En el se puede confiar. ¿No es así capitán?.

Comprendiendo que se refería a la integridad física y moral de la adolescente, contesté de inmediato: ¡Le doy mi palabra de caballero Señor Moreau que seré como un hermano mayor para Margaritte!.

Todavía estuvimos conversando más de una hora sobre la profesión del señor Moreau , las cualidades de algunos raros instrumentos musicales, las raíces de la música popular cubana y otros temas similares. Según me refirió el lutier, habían llegado a Cuba 5 años atrás procedentes de Nueva Orleáns, al fallecer su esposa. Por ello a su hija Margaritte todavía se le notaba el acento francés, así como el uso de frases y expresiones en su lengua natal.

En cierto momento de la charla, la viejecilla coja volvió a aparecer trayendo esta vez unas humeantes tazas de aromático café acompañadas de confituras de cacao. Pruebe , pruebe lo que le brindo capitán Miranda, subrayó Moreau. El café es de Santiago de Cuba y el cacao de Baracoa. No hay nada más sabroso en esta isla se lo aseguro.

Como se pueden imaginar, no perdí el tiempo en esta ocasión, y al siguiente día visité de nuevo el taller del lutier Philippe Moreau, esta vez armado de mi valiosa flauta, para iniciar las clases de Margaritte en el manejo de este instrumento musical, y recibir como premio, mi primer adiestramiento en el pianoforte de la joven.

La tarde terminó con un verdadero concierto en el que los arpegios que la diestra pianista sacaba a su teclado, acompañados por las notas de mi flauta, hicieron revivir a Bach en todo el esplendor de su sublime Sonata en Sol menor para flauta y piano.

Un fuerte aplauso y hasta gritos de ¡brávoo! provenientes del público agolpado en la calle nos tomó de sorpresa.

Estas agradables sesiones se repitieron el viernes y el sábado, cimentando lo que serían las primeras piedras de mi fructífera amistad con los Moreau.

De esta forma, al terminar la semana, intuía que mi vida emocional hasta ahora bastante vacía, había dado de repente un crucial giro de 180 grados.

Mientras el Teniente Rafael Alcántara, atrapado por los vulgares placeres mundanos se divertía con su voluptuosa cantante Florinda, mi espíritu se nutría de la felicidad de poder conocer y compartir las inefables vivencias de un ser tan maravilloso como Margaritte.

(continúa)