LAS GUERRAS PÍRRICAS (Conclusión)
Lic. Miguel Angel García Alzugaray

Como expresamos en el trabajo anterior, la victoria de Heraclea trajo consigo notables consecuencias. Los aliados de Pirro, que hasta entonces se habían mantenido a una prudente distancia, se unieron al rey, e incluso varios súbditos de Roma abandonaron su causa. Consiguió ganarse a su bando a los brucianos, lucanos y samnitas.

Cineas llevó costosos regalos con él a Roma que él ofreció a los más influyentes personalidades y sus esposas y niños. Pero en la ignorancia de la tradición griega tomaron éstos como un intento de soborno y rechazaron los regalos. No obstante, una mayoría en el Senado parece haberse inclinado a aceptar las indudablemente duras condiciones del rey moloso, debido a que su propia fortaleza parecía terminada. Ya que Pirro había dejado claro que buscaba la paz, sin duda esperaban que futuras negociaciones pudieran lograr algunas concesiones. Fue solamente cuando Apio Claudio Caeco, ahora casi ciego, se pronunció en contra de las propuestas de paz que el Senado las rechazó. Desde la construcción de la Vía Apia, que había recibido su nombre de él, había tenido un interés particular en la Campania y el sur de Italia. Su discurso debió ser notablemente vívido y persuasivo, ya que el senado rechazó la negociación con Pirro.

Mientras tanto Levino no se aventuró a atacar a las fuerzas del enemigo, sino que se contentaba con hostigar su marcha y retrasar su avance mediante ágiles escaramuzas. En respuesta, Pirro prosiguió el avance a una marcha más lenta pero firme sin encontrar al frente digna oposición, intentó tomar Capua y Nápoles, pero los romanos las habían ,dejado fuertemente guarnecidas, así es que siguió el avance hasta llegar a Preneste, que capturó. Se hallaba a sólo 35 km de Roma, mientras sus avanzadillas llegaban hasta 9 km al este de la ciudad. Una nueva marcha le habría llevado a las murallas de la ciudad, pero frenó su avance, dado que se enteró de que en la ciudad habían hecho unos intensos preparativos para la defensa.

Para colmo de males, se enteró de que los romanos habían firmado la paz con los etruscos, y de que el otro cónsul Tiberio Coruncanio, había regresado con su ejército a Roma. Se desvaneció toda esperanza de acordar la paz con los romanos, con lo que Pirro decidió retroceder lentamente a Campania. Desde ese lugar se retiró a sus cuarteles de invierno en Tarento, y ninguna otra batalla fue librada ese año.

Fracasadas las systemáticas negociaciones de paz promovidas ante Roma, Pirro en 279 a. C., se enfrentó a un nuevo ejército romano en Asculum o Asculo, a unos 160 kilómetros al noroeste de Tarento. Ganó nuevamente, pero esta vez con dificultades aún mayores, pues los romanos estaban aprendiendo a combatir los elefantes.

Después de la batalla de Heraclea, donde los elefantes de guerra griegos produjeron un gran impacto sobre los romanos, las legiones se surtieron de proyectiles y armas especiales contra los animales: carros de bueyes equipados con largas picas, recipientes de cerámica ardiendo para asustarlos, además de tropas que se desplegaban para proteger al resto del ejército y lanzar jabalinas y otros proyectiles contra las bestias para que retrocedieran.

En este segundo encuentro entre las falanges macedonias y las legiones romanas, ambos ejércitos estaban en igualdad numérica. Los romanos tenían un mayor número de soldados de infantería (cuatro legiones, 20 000 romanos, más los aliados daunios) y 300 armas especiales. Pirro desplegó su infantería macedonia y su caballería (sus propias tropas), infantería mercenaria griega, aliados griegos de Italia, incluida la milicia tarentina, la caballería e infantería samnitas y 20 elefantes de guerra. Los griegos tenían ventaja en cuanto a caballería y los elefantes. Para contrarrestar la flexibilidad de las legiones romanas, Pirro mezcló la infantería ligera itálica con sus falanges.

Como era normal en aquella época, ambos ejércitos desplegaron su infantería en el centro y la caballería en los flancos. Al principio, Pirro situó a su guardia montada personal y a los elefantes de guerra justo detrás de la infantería como reserva.

En el primer día, la caballería y los elefantes de Pirro fueron bloqueados por los árboles y colinas donde se libraba la batalla. Sin embargo, las falanges no tuvieron inconvenientes en su enfrentamiento con la infantería itálica. Los macedonios derrotaron a la primera legión romana y sus aliados itálicos del ala izquierda, pero la tercera y cuarta legiones vencieron a los tarentinos, oscos y epirotas en el centro, mientras que los daunios atacaban el campamento griego. Pirro envió a parte de su caballería de reserva a tapar el hueco en el centro de su formación y a otro grupo de caballería, más algunos elefantes, para ahuyentar a los daunios. Cuando éstos se retiraron hacia una colina escarpada e inaccesible para los animales, decidió desplegar sus elefantes contra la tercera y cuarta legiones. Estas también se refugiaron en las colinas arboladas, pero se vieron imposibilitadas de aprovechar la ventaja, ya que los arqueros y honderos que escoltaban a los elefantes dispararon proyectiles con fuego, incendiando los árboles. Pirro envió a los atamanios, acarnanios (ambos pueblos griegos aliados de los epirotas) y samnitas para forzar a sus adversarios a salir de la arboleda, pero fueron dispersados por la caballería romana. Ambos bandos se retiraron de la batalla al anochecer sin que ninguno hubiera conseguido una clara ventaja.

Al amanecer, Pirro ubicó a su infantería ligera en el duro terreno que había resultado ser un punto débil el anterior día, lo que forzó a los romanos a entablar batalla en campo abierto. Al igual que en Heraclea, las legiones romanas y falanges macedonias trabaron combate hasta que una carga de elefantes apoyados por infantería ligera rompió la línea romana. En ese momento, los romanos enviaron a sus «carros antielefantes», pero éstos solo resultaron efectivos durante unos breves instantes, ya que los psiloi, tras rechazar a la caballería romana, arrollaron a los soldados que conducían los carros. Los elefantes cargaron de inmediato contra la infantería, que comenzó a retroceder. Simultáneamente, Pirro cargó con su guardia personal para completar su victoria. Los romanos se retiraron desordenadamente a su campamento.

Los romanos perdieron 6000 hombres y Pirro, 3500.

Se dice que Pirro tras la batalla exclamó: "Otra victoria como esta y estaremos acabados", aunque otras fuentes sugieren que fue: "Otra victoria como esta y volveré solo a Epiro".

Pirro pag´ó muy cara su victoria. Perdió la mayor parte de sus mejores soldados y oficiales, los huecos que dejaron serían muy difíciles de rellenar.

De ello proviene la expresión «victoria pírrica». Significa una victoria tan estrecha y obtenida a costa de tales pérdidas que casi equivale a una derrota.

Según la tradición Publio Decio Mus murió durante la batalla, al entregar su vida a los dioses a cambio de la victoria; otros escritos sugieren que sobrevivió.

Sabiendo que su situación era desesperada a causa de las grandes pérdidas que había sufrido pese a la victoria, Pirro ofreció una tregua a Roma. Sin embargo, el Senado romano se negó a aceptar cualquier acuerdo mientras Pirro mantuviese sus tropas en territorio italiano. Roma, en cambio, decidió firmar un tratado con Cartago

Las batallas de Heraclea y Ásculo fueron la primera ocasión en que la falange macedónica hizo frente a la legión romana. La falange se había deteriorado desde la época de Alejandro, haciéndose cada vez más pesada, torpe y, por ende, más difícil de hacer maniobrar. Necesitaba un terreno llano, pues toda irregularidad alteraba su estrecha formación y la debilitaba. La legión, en cambio, tenía un ordenamiento flexible que, con hombres adecuadamente entrenados, podía extenderse hacia delante como una mano o contraerse hacia dentro como un puño. Podía luchar tranquilamente en terreno irregular.

La falange derrotó a la legión en esas dos batallas, en parte a causa de los elefantes y en parte a causa de la habilidad de Pirro. Pero la falange nunca iba a volver a derrotar a la

legión.

Mientras tanto, en Siracusa se producían serios desórdenes después de la muerte de Agatocles, y el peligro cartaginés se presentó nuevamente. Los siracusanos llamaron a Pirro, quien gustosamente llevó su ejército a Sicilia en respuesta al llamado.

Sin duda, cuando Pirro enfrentó a los cartagineses, no ya a los romanos, tuvo más éxito. Por el 277 a. C. había acorralado a los cartagineses en la región más occidental de la isla, como Dionisio un siglo antes. Pero no pudo expulsarlos de allí, como no había podido hacerlo Dionisio. Más aún, carecía de una flota que le permitiese atacar directamente a

Cartago, como había hecho Agatocles un cuarto de siglo antes. Por consiguiente, decidió retornar a Italia, donde los romanos habían hecho firmes progresos durante su ausencia. En 275 a. C., Pirro los enfrentó en una tercera batalla, en Benevento, a unos 50 kilómetros al oeste de Áusculo. Por entonces, los romanos estaban totalmente en condiciones de combatir con los elefantes. Arrojaron flechas encendidas y los elefantes, quemados y enloquecidos, retrocedieron y huyeron, aplastando a las propias tropas de Pirro. Fue una completa victoria romana.

Pirro se apresuró a reunir las tropas que le quedaban, y abandonó Italia sin más trámite. Roma ocupó todo el sur de Italia y, desde ese día, la Magna Grecia fue romana.

Sobre este crucial combate nos cuenta Plutarco que:

"XXV.- Hallábanse en mal estado los negocios de los Samnitas, quienes habían decaído mucho de ánimo por las frecuentes derrotas que les habían causado los Romanos, a lo que se agregaba cierto encono que tenían a Pirro por su viaje a Sicilia; así es que no fueron muchos los que a él acudieron. Hizo de todos dos divisiones: enviando unos a la Lucania a oponerse al otro cónsul para que no diese socorro, y conduciendo él mismo a los otros contra Manio Curio, acuartelado en Benevento, donde con la mayor confianza aguardaba el auxilio de la Lucania: concurriendo, además, para estarse sosegado, el que los agüeros y las víctimas le retraían de pelear.
Apresurándose, por tanto, Pirro a caer sobre éstos antes que los otros viniesen, tomó consigo a los soldados de más aliento y de los elefantes los más hechos a la guerra, y de noche se dirigió contra el campamento. Habiendo tenido que anclar un camino largo y embarazado con arbustos, no aguantaron las antorchas, y anduvieron perdidos y dispersos los soldados; con la cual detención faltó ya la noche, y desde el amanecer percibieron los enemigos su venida desde las atalayas; de manera que desde aquel punto se pusieron en inquietud y movimiento. Hizo sacrificio Manio, y como también el tiempo se presentase oportuno, salió con sus tropas, acometió a los primeros, y, haciéndolos retirar, inspiró ya miedo a todos, habiendo muerto muchos y aun habiéndose cogido algunos elefantes. La misma victoria condujo a Manio a tener que pelear en la llanura, y trabada allí de poder a poder la batalla, por una parte desbarató a los enemigos, pero por otra fue acosado de los elefantes, y como le llevasen en retirada hasta cerca del campamento, llamó a los de la guardia, que en gran número estaban sobre las armas y se hallaban descansados. Acudiendo éstos e hiriendo desde, puestos ventajosos a los elefantes, los obligaron a retirarse y a huir por entre los propios, causando con ello gran turbación y desorden; lo cual no solamente dio a los Romanos aquella victoria, sino la seguridad del mando. Porque habiendo adquirido de resultas de aquel valor y de aquellos combates osadía, poder y la fama de invencibles, de la Italia se apoderaron inmediatamente, y de la Sicilia de allí a poco".

De vuelta a Epiro, Pirro siguió batallando, pues sólo le atraía la guerra. Le llegó otro pedido de ayuda. Esta vez, de Cleónimo, príncipe espartano que trataba de ascender al trono. Pirro invadió el Peloponeso en 272 a. C. y atacó a Esparta. Los espartanos resistieron, por supuesto, pero Pirro halló poca dificultad para destruir casi totalmente el ejército espartano.

Pero, por sexta vez, Esparta se salvó de ser ocupada, pues Pirro se alejó a causa de problemas más urgentes. Avanzó hacia Argos y fue muerto en sus calles, cuando, según ciertos relatos, una mujer le arrojó una teja desde un techo. Fue un innoble fin para un guerrero tan esforzado y, con su muerte, Epiro perdió su importancia.

Bibliografía

Plutarco (2007). «Volumen IV: Arístides & Catón; Filopemen & Flaminino; Pirro & Mario, capítulo XV». Vidas paralelas. Madrid: Editorial Gredos. ISBN 978-84-249-2867-4.

Tito Livio. «Libro XI». d Apiano. «Libro XI». Historia de Roma. Las guerras samnitas.

Dion Casio (2004). «Libro IX (capítulo CV)». Historia romana, Libros I-XXXV (Fragmentos). ISBN 978-84-249-2728-8.

Floro, Epítome de la historia de Tito Livio, libro I, XVIII. XVIII. - Guerra contra Tarento y contra el rey Pirro - (471-481 ab urbe condita)

Theodor Mommsen; C. A. Alexandre (2003). «Libro II, capítulo VII. Pirro y la coalición».

Pirro, ECURED

Fernández Bulté, Historia del Estado y el Derecho. Edit UH. La Habana, Cuba.

FIN