CRONICAS HABANERAS SOBRE EL SANTISIMA TRINIDAD
Novela Miguel Angel

 

La epopeya del navío de línea Santísima Trinidad, construido en la Habana, Cuba y que fuera botado al agua en 1769, máximo exponente de la batalla de Trafalgar(1805), merecía en opinión de este autor, ser recreada en una obra de ficción desde una óptica cubana. Por ello, en las páginas de esta novela, se reviven inolvidables pasajes de los primeros años de existencia del gigantesco buque, sus travesías y acciones combativas iniciales, narradas por dos de sus tripulantes, ambos habaneros, el teniente de navío Don Rodrigo de Acosta, descendiente directo de la ilustre familia de asentista que dirigió la fabricación del famoso bajel en el Arsenal de La Habana, y el mestizo Bartolomé, al principio diestro carpintero de ribera y luego sargento mayor de artillería, fiel representante de las clases más humildes del país.

Las memorias y anécdotas que se incluyen, redactadas por la inspirada pluma de María Teresa de la Soledad, la singular hija de Don Rodrigo, no exenta de los efluvios del Romanticismo, nos adentran en el fascinante mundo de una España, que contra viento y marea, se negaba en aquellos días a dejar de ser un poderoso imperio.

El Autor

CRONICAS HABANERAS SOBRE EL SANTISIMA TRINIDAD

Obra literaria registrada el 12 de Diciembre del 2016, con el Número:3667-12-2016, en el CENDA (Centro Nacional de Derechos de Autor), La Habana, Cuba.

CAPITULO I

EL ASENTISTA DON RODRIGO

Estimado Don José, como le expresé la semana pasada, hace algo más de un año, si mal no recuerdo, a principios del mes de mayo, el señor Mariano Cubí y Soler, editor de la Revista Bimestre de la Isla de Cuba con la que Usted colabora, me visitó en dos ocasiones, para convencerme de que debía proporcionarle datos y referencias que obrasen en mi poder sobre la historia del Santísima Trinidad, ese gigantesco navío de línea que con justicia ha sido considerado por muchos como el mayor barco de guerra del mundo.

Para fundamentar su petición me subrayó que solicitaba a los hombres amantes de que progrese su patria en las artes y en las ciencias, y cuyas ocupaciones les presten algunos ocios para la literatura, que le remitan el fruto de sus trabajos.

En dicha oportunidad, le expliqué con claridad a ese vehemente catalán, que aunque podía aportar algunas experiencias sobre la construcción y primeros años de navegación de ese bajel, las mismas no podían compararse con la gran cantidad de interesantes artículos y materiales que se han elaborado sobre el tema, y menos con los que de seguro saldrán en el futuro de la pluma de algún genial escritor peninsular, sobre sucesos tan relevantes y dolorosos como la batalla de Trafalgar, en la que fue abatido tras heroica lucha este coloso de los mares.

Cierto es que un buen amigo mío, el compadre Bartolomé que sirvió también en la tripulación del navío por varios años, es un testigo excepcional del combate del cabo de San Vicente, en el cual participó siendo sargento artillero a bordo por lo que puede enriquecer mis anécdotas.

No obstante, en atención a vuestra insistencia y reconocido prestigio, voy a poner en sus manos una vez revisados, algunos apuntes que he elaborado en los últimos años, sobre las travesías que realicé en la mencionada embarcación, siendo primero pasajero, luego teniente de fragata y por último teniente de navío antes de regresar a La Habana, para ocuparme de mis habituales obligaciones de constructor naval. Sin perjuicio de lo expuesto, los amantes de la pólvora y las aventuras, en estas notas encontrarám también momentos de acción que complacerán a los que no pueden vivir sin el horroroso fragor de las armas, pues siendo todavía alféres, navegué unos años por el Mediterráneo en un barco corsario persiguiendo a piratas berberiscos.

Deseo subrayar que sólo gracias a la valiosa ayuda de mi querida hija María Teresa de la Soledad, a la que he dictado mis recuerdos, pues como comprenderá, a mis 77 años no tengo suficiente vista ni fuerzas para tan altos empeños literarios, he podido completar esta modesta obra.

Ahora bien, distinguido Don Antonio, permítame satisfacer una curiosidad.

He escuchado que su trabajo Memoria sobre caminos de la isla de Cuba, fue premiado en 1829, por la Sociedad Económica de Amigos del País,. ¿Por casualidad este trabajo guarda relacióncon las construcciones navales en Cuba?.

No lo creo estimado Don Rodrigo. Por lo menos esa no fue mi intención. En la referida Memoria, menciono la situación de abandono que caracteriza los caminos de la Isla, donde sólo se acomete la ejecución de calzadas, a la vez que abordo las experiencias de Inglaterra y las características tropicales de la naturaleza de Cuba, deteniéndome en la forma de acometer la construcción de caminos, en la superficie y anchura de éstos, en su estructura y materiales a emplear, así como en los medios para lograr el financiamiento de las obras.

Esta singular conversación, entre mi padre, el asentista naval Rodrigo de Acosta y el destacado intelectual José Antonio Saco, transcurría en la sala de nuestra vivienda, sita en la calle de la Obrapía, céntrica arteria de San Cristóbal de la Habana, una lluviosa tarde a principios de noviembre de 1832, en espera de sentarnos a la mesa para compartir una suculenta cena.

Por entonces el Arsenal de La Habana y la fortuna de los Acostas, ya no eran lo que habían sido otrora, sin embargo sus pasadas glorias aún despertaban admiración.

Nuestro hogar era bastante amplio aunque no tan desmesurado y ostentoso como algunas mansiones de la localidad, eso sí bien ventilado y sólido. Más bien parecía una fortaleza por el grosor de sus paredes, sus macisas puertas y elevado techo, tallados en duras maderas cubanas,lo cual respondía por completo a la proverbial austeridad de mi padre, forjada durante su larga vida marinera que le hacían pensar que su morada era un buque de guerra que mandaba como capitán. El parche negro que recubría la cuenca de su ojo yzquierdo perdido en 1782, a consecuencia de un astillazo recibido durante la Batalla del Cabo Espartel, contribuía a reforzar esta impresión.

La estancia en que nos encontrábamos, además de tener lucetas que dejaban pasar la claridad del sol, a través de coloridos vidrios que llegaba al interior de la vivienda transformada en hermosas combinaciones de formas y matices, estaba equipada con cómodos muebles de caoba, nada suntuosos por su tosca factura, pero que podían durar siglos. Mecedoras enfrentadas en hileras cerca de las grandes ventanas de color verde se mezclaban con rinconeras, y jugueteros de entrepaños calados.

En realidad, los únicos objetos vistosos de la sala eran mi piano de cola francés sistema Érard, adornado con pinturas de estilo neoclásico y un hermoso retrato de mi madre , ,obra del famoso artista francés Jean Baptiste Vermay, que nos miraba con sus almendrados lánguidos ojos, desde un repujado marco dorado.

En las paredes de tono marfil, colgaban grabados con las imágenes de diferentes navíos de línea construídos en La Habana, entre ellos por supuesto, el Santísima Trinidad.

Sendas panoplias situadas a los lados de la monumental entrada mostraban a los visitantes una colección de sables, espadas,dagas, hachas de abordaje y pistolas de diferentes tipos que pertenecieron a distintos miembros de la familia.

Por último, en una consola ubicada en un costado de la sala descansaba sobre soportes el modelo a escala de una fragata con todas sus velas desplegadas.

El comedor acogía una larga mesa para doce comensales, que hacía juego con un aparador y dos altos gabinetes de madera para la vajilla en la que figuraban bandejas de plata de la Nueva España y coloridos platos de cerámica de Talavera de la Reina.

Por sus anchos ventanales, ahora cerrados por el mal tiempo reinante, pero que se abrían en los días de calor, uno podía disfrutar del agradable fresco proveniente del patio central de la casa, en el que sobresalían un aljibe con elaborado brocal, un antiguo reloj de sol sobre un pedestal de granito, canteros en los que crecían tupidas enredaderas, malangas de grandes hojas y otros arbustos tropicales, así como dos floridos buganviles que creaban una umbrosa atmósfera alrededor de una pequeña fuente de mármol, con un amorcillo desnudo que parecía volar en su cúspide, cuyo cantarino surtidor de agua, en las ocasiones en que esta corría, incitaba al ensueño y la meditación en los bancos de piedra que la flanqueaban.

Completaban este idílico ambiente, un ruidoso guacamayo de policromadas plumas que se balanceaba en un aro al que estaba atado de una pata por una fina cadena, y una pareja de exóticos pavo reales que se paseaban mostrando sus llamativas colas. Circundando este espacio, había dos galerías techadas sostenidas por robustas columnas de cuyos aleros colgaban numerosos maceteros con plantas ornamentales, a los que daban, del lado izquierdo la cochera y las habitaciones de la servidumbre que siempre fue escasa, y a la derecha, cuartos destinados a la administración de los negocios, el despacho de los Acosta y una espléndida biblioteca.

Cerrando este rectángulo, estaban la cocina en la que no faltaban melosos gatos del vecindario en espera de sus raciones de comida, la despensa,una perrera ahora vacía, lavaderos, los retretes y un local destinado al baño y la higiene personal lo cual en esa época era un lujo envidiable, ya que aunque parezca extraño, Don Rodrigo no resistía la idea de utilizar su dormitorio para estos fines como es lo acostumbrado. En mi barco decía, ¡nadie se baña donde cuelga su hamaca!.

En la segunda planta se encontraban las alcobas de la familia que eran muy espaciosas, a las que se ascendía por una escalera varias veces reformada. Por último, en la azotea, mi padre había construído un modesto observatorio astronómico, al que llamaba "la cofa del palo mayor", en el que con un pequeño telescopio que le habían regalado en Cádiz, se entretenía a veces contemplando el firmamento con su ojo sano.

Antes de comenzar el relato de las peripecias de mi padre a bordo de la mencionada nave, o más bien las memorias de su actividad como marino, me parece oportuno relatar a modo de introducción algunos datos sobre mi persona y nuestra familia.

Tuve la dicha de nacer en esta mágica ciudad, a comienzos de 1804, o sea hace 28 años. Quien haya contenmplado el color turquesa de sus mares, el azul de su cielo, la gallardía de sus palmas, probado el néctar de sus frutas y conocido la alegría de vivir de su pueblo que se refleja en su música y bailes populares, comprenderá por qué amo tanto a esta isla de Cuba, que como afirmara el Gran Almirante Cristóbal Colón es "la tierra más fermosa que ojos humanos vieran".

Aunque poseo muchas de las cualidades propias de los hijos de esta urbe, confieso que entre mis inclinaciones no figuran las de algunas jóvenes habaneras que ocupan sus ratos de ocio en pasear por calles y alamedas en llamativas calesas y quitrines, enseñando sus batas llenas de vuelos, lazos y encajes que realzan sus adorables figuras, para deleite de los transeúntes masculinos, o visitar tiendas de ropas y costureras, en beneficio de aquellos que hacen fortuna a expensa de las pobres esclavas de los caprichos de la moda.

Esto no quiere decir que no me agrade vestir con elegancia, lucir las costosas joyas de mi madre y mostrar con el debido recato mis encantos femenino en Sociedad, pero Más bien mis aficciones naturales son las de una amante de lalectura que encuentra su regocijo en libros y revistas provenientes de Europa que arriban a nuestra ciudad a bordo de los buques, lo que se facilita por las actividades constructivas y comerciales a las que se dedica mi familia, así como componer cuando me siento inspirada, breves poemas y arreglos musicales. También me gusta la danza, pero no puedo competir en esta materia con la destreza de pardos y mestizos que parecen llevar el ritmo en la sangre, como la comadre Caridad , esposa del buen Bartolomé que siempre está dispuesta a organizar todo tipo de fiestas y celebraciones en las que los tambores africanos marcan la sensual cadencia de sus pasos.

Ahora bien si algo me atrae, es recorrer la campiña cubana, contemplar sus exuberantes paisajes, escuchar el trinar de las innumerables aves que anidan en sus árboles, inspeccionar sus más ocultos rincones y visitar apartados parajes llenos de historias y leyendas como la ocasión en que acompañando a mi padre, viajamos primero a la añeja Villa de Sancti Spíritus, luego al renombrado Valle de los Ingenios, así como a la cercana cordillera de Guamuhaya para valorar las riquezas forestales que encierran sus inexplorados bosques. Por ello tal vez releo con frecuencia las obras de Manuel de Zequeira y Arango y de Manuel Justo de Rubalcava, como la "Oda a la Piña" del primero y la "Silva cubana" del segundo , así como la maravillosa Oda al Niágara de José María Heredia.

Mi madre, Esther Alejandra, a la que me parezco dicen bastante, fallecida por desgracia hace unos años, nació en la villa de Santa María del Puerto del Príncipe, en el seno de una estirpe de exitosos hacendados ganaderos, emparentados por sucesivos matrimonios con apellidos de probada prosapia en el territorio del Camagüey, tan apegado a sus inveteradas tradiciones y costumbres. Tenía sólo 18 primaveras al contraer matrimonio con mi padre que iba a cumplir 41. La boda se celebró sin que faltara pompa y resonancia, en la iglesia de La Soledad de ese legendario lugar, por lo que al nacer me impusieron como tercer nombre, el que recuerda tan memorable ocasión. Sobre los detalles de como se conocieron, enamoraron y decidieron casarse mis progenitores, se hablará en otro capítulo.

Mi abuelo Pablo de Acosta, fue un ingenioso asentista de los astilleros del arsenal, actividad que compartía con sus deberes como oficial de las milicias urbanas, por lo que al ser atacada esta capital en 1762 por los ingleses, participó de forma muy activa en los combates, cubriéndose de gloria, al caer mortalmente herido durante la defensa del Castillo de los Tres Santos Reyes del Morro, encabezada por el valeroso Capitán de navío Luis Vicente Velasco de Isla y el no menos esforzado Marqués Vicente Gómez, por lo que mi padre que a la sazón tenía s´ólo ocho años de edad y era huérfano de madre desde los tres, quedó bajo la tutela y el abrigo de su tío Pedro de Acosta, asentista que en 1767 fue nombrado por el Conde de Macurijes como responsable de fortificar el Santísima Trinidad a la española y de la dirección general de las tareas de su construcción.

Pedro de Acosta también era viudo, y su único hijo Antonio, que le ayudaba en su actividad en el arsenal habanero,fue otro de los caídos en combate durante el asedio de La Habana por los ingleses, de aquí que viera en mi padre un heredero y continuador de su obra.

Ahora bien, nuestra familia en realidad debe su fama y origen a mi tío abuelo Juan de Acosta. Este ilustre antecesor apareció en La Habana en 1717 como alférez de la Compañía de Gente de Mar, y por sus inicios cabe relacionarlo con la práctica de armador en corso. En 1722, fue nombrado Capitán de la Maestranza del Arsenal, lo que le llevó a conectar directamente con los proveedores de maderas, la construcción naval y el apresto de navíos. Como técnico naval, fue el encargado de la supervisión de la construcción de los navíos San Juan y San Lorenzo en 1724 y 1725 respectivamente.

En realidad no conozco los mecanismos que le llevaron a controlar buena parte de los suministros del arsenal, así como sus relaciones con la élite local; pero lo cierto es que a principios de la década de 1730 era el referente ineludible de la construcción en La Habana, controlando la práctica totalidad de sus resortes. Baste decir que por una parte, Acosta consiguió la librecesión de los montes de la isla y la reserva del derecho sobre las boyadas y los caminos deacceso a los lugares destinados a los cortes. Por otra parte, se garantizó el suministro a cargo de la Real Hacienda del herrajelabrado y la clavazón necesaria para sus primeros navíos, los «Cuatro Continentes" y elderecho de adquirir los géneros procedentes de embarcaciones extranjeras y naufragadas.

Por eso, no es de extrañar que cuando se planteó la necesidad de iniciar un programa realmente meditado de construcción, y se buscara al asentista y constructor adecuado, todas las miradas se dirigieran a él. Las cláusulas del asiento fueron firmadas el 7 de mayo de 1731, y en ellas se establecía la obligación por parte de Acosta de construir cuatro navíos, uno por año, del porte de sesenta y cuatro cañones.

Sus funciones eran amplias, pero él dependía del gobernador en cuanto al dinero y del Comisario de Marina en lo relacionado con el control del gasto y la provisión de materiales. En virtud de ello, Juan de Acosta chocó a partir de 1731 con la fuerte personalidad del Comisario Lorenzo Montalvo, más tarde intendente, quien marcaría en su momento una de las etapas más brillantes del astillero habanero.

Según refiere mi padre, parece que Acosta se mantuvo firme ya que fue paulatinamente asimilando funciones que no le pertenecían, como la fiscalización de las maderas para la construcción y el control de buena parte del gasto. Por este motivo, se le puede considerar como un pre-intendente en la práctica, aunque nunca lo fue de hecho.

Bajo la dirección de Juan de Acosta, el programa de construcción floreció. Entre 1732 y 1736 acabó los navíos del asiento, San José, Nuestra Señora del Pilar, Nuestra Señora de Loreto y Nuestra Señora de Belén, con tan buenos resultados que le fueron encomendadas nuevas empresas constructiva.

Aún botaría al agua otros cuatro navíos más, así como varias fragatas, antes de que en 1740 cesara en sus funciones para dejar la construcción en La Habana en manos de la poderosa Real Compañía de Comercio de La Habana. Entre 1724 y 1740, bajo la dirección de Juan de Acosta, bien como constructor o como asentista, se construyeron en La Habana un total de 23 embarcaciones.

Como de seguro muchos se preguntarán que es un asentista, me parece oportuno aclarar que es una persona encargada de hacer asiento registral, o administrar las municiones de un ejército. El asentista, debe ser consumado en todo lo concerniente a compra, conservación, colocación y economía de los víveres en las provisiones y distribuciones, en la cantidad de consumo, en la conducta y dirección de los que le están subordinados y en su trabajo. Debe conocer el interior del país, las fronteras, los estados vecinos, la especie, la cantidad y el precio de los víveres, que estos países pueden dar: los puertos, los ríos, los canales, los caminos y los demás medios para conducirlos a su destino, ejecutar las órdenes que recibe con una extrema prontitud, darlas siempre por escrito y terminantes, prevenir los designios políticos del ministro, antever los de los generales, tener presentes todas las partes de su administración, conocer las dificultades y los recursos para vencerlas; ser penetrante y hombre de bien en la elección de aquellos a quienes dé su confianza.

Volviendo a mi relato inicial, os diré que culminada la cena, nos trasladamos de nuevo a la sala, ahora muy iluminada por las velas de varios candelabros encendidas por una de nuestras silenciosas criadas, para saborear de sobremesa un delicioso café bien caliente, cuyos granos provenían de las lejanas montañas colindantes a Santiago de Cuba, Al mismo tiempo que mi padre se deleitaba aspirando el humo de un aromático puro de Vuelta Abajo, cuyas azuladas volutas inundaban laatmósfera de la habitación, con gran disgusto para mi persona que no soporto el olor a tabaco.

Presentando un ornamentado cofre de cedro repleto de cigarros a Don José, mi padre le dijo: ¿no desea amigo compartir el placer de fumar uno de estos extraordinarios habanos?. Le aseguro que sus hojas proceden de las mejores vegas del occidente del país. ¿O tal vez le gustaría mejor probar una copa de un buen añejo que atesora mi bodega?. ¡Mire que afuera continúa lloviznando!.

Muchas gracias don Rodrigo,es muy amable, replicó José Antonio, pero prefiero seguir tomando este delicioso café. Mientras tanto, me gustaría conocer a quien se debe la extraordinaria cena que hemos compartido esta noche. Los platos servidos son dignos del más exigente "gourmet" . ¡No en balde su mesa tiene bien ganada fama!.

Bueno, contestó mi padre, creo que mi hija merece esa felicitación, pues aunque tenemos una cocinera en casa, todo lo servido se preparó bajo la dirección de María Teresa.

¡Quién lo iba a pensar!. Estimado don Rodrigo, ¡tantas cualidades reunidas en una joven tan bella!. Además de una buena escritora, una experta cocinera. Y no sólo esto, añadió mi padre también si lo desea puede deleitarnos con sus interpretaciones en el piano. Le aseguro que es una magnífica concertista.

¡Vaya, vaya!, exclamó Don José. Con estos atributos no me extraña de que haya una multitud de hombres deseando pedir su mano.

Por ello, disculpe señorita lo impertinente de la pregunta. ¿Acaso no piensa casarse?.

Bueno, expresó mi padre evitando que me viera obligada a responder. Muchos han sido los pretendientes pero por desgracia los oficiales peninsulares le parecen muy pedantes, prepotentes y autoritarios, y no pocos de los jóvenes criollos que se han acercado, petimetres superficiales, incapaces de sostener una conversación profunda sobre los temas que le gustan a mi hija. Ya sabe, heredó el carácter orgulloso de su adorada madre, una hermosa principeña de pura cepa, que en paz descanse.

Con el mayor respeto, tal vez, subrayó Don Antonio, es que su hija no ha sabido buscar bien, o no ha tenido la suerte de encontrar a uno de los talentosos jóvenes cubanos que pueblan las aulas de la Universidad, y que asisten a los círculos literarios en los que me desenvuelvo. Por ejemplo, no se si han oído hablar de Domingo Del Monte y Aponte, un talentoso escritor nacido en Maracaibo, Venezuela que vino muy pequeño a Cuba en unión de su padre. Domingo estudió en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, en el que tuvo por maestro al presbítero Félix Varela. Más tarde, en 1820, comenzó a estudiar derecho en la Universidad de La Habana.

A sus 27 años habla cinco idiomas: francés, inglés, italiano, portugués y latín. Ha sido editor de La revista "La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo" en el 1829 y de "El puntero literario", en el 1830. Es miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País y desde hace poco me sustituye en la dirección de la Revista Bimestre de la Isla de Cuba, con la que colabora además con amenas críticas y ensayos literarios. Son famosas las tertulias que ha organizado para el desarrollo de la cultura en la ciudad de Matanzas. Como él hay una pléyade de cultos e instruídos criollos que se sentirían honrados por ser vuestro yerno.

Viendo que de seguro estaba más roja que una amapola, mi padre desvió la conversación hacia otro tema.

Bueno Don José, volviendo a lo que estábamos conversando me gustaría conocer cuáles son los objetivos de la revista que usted tanto alaba, y como pretende publicar los materiales que le voy a entregar.

Don Rodrigo, todavía no tengo una idea muy clara de si los publicaré en forma de artículos en la revista, o los voy a preservar para una serie de ensayos que deseo escribir sobre las construcciones navales en Cuba. En cuanto a los objetivos de la revista, le confieso quehacía tiempo que añoraba el acceso a los medios de difusión para lograr pedir desde allí todos los adelantos para los cubanos, pienso en la necesidad de nuevas cátedras para el desarrollo de la agricultura, las artes y los oficios, el comercio y entre otras las lenguas modernas.

Recuerdo muy bien que subrayó: "Mi objeto es iniciar en los rudimentos de algunas ciencias a una porción considerable de la juventud de este bello país ...". Luego añadió: "Voy a combatir sin tregua batallando siempre con el mismo tenaz empeño, tanto por las libertades públicas como por la difusión de la enseñanza estatal".

Para los lectores que no sepan de quien estamos hablando diré que José Antonio Saco y López Cisneros. Es un conocido sociólogo, periodista, historiador y economista. Se destaca por su postura opuesta a la esclavitud y contra la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Se ha convertido en un vocero de la identidad nacional. A él se debe el que por primera vez se adjudicara el calificativo de "cubana" a una institución en Cuba, al proponer que se le diera el nombre de Sección de Literatura Cubana, a la que este fundara en la Sociedad Económica de Amigos del País.

Según nos refirió, nació en Bayamo, Cuba, el 7 de mayo de 1797 por lo que ahora tenía 34 años de edad. Realizó sus estudios iniciales en Bayamo, e ingresó con posterioridad en el Colegio Seminario San Basilio de Santiago de Cuba, en 1814, donde cursó estudios de Filosofía y Derecho. Dos años más tarde se trasladó a la capital, donde inició estudios de Filosofía en el Seminario de San Carlos de La Habana, con el padre Félix Varela, los cuales concluyó en 1819 con el título de Bachiller en Derecho Civil. Ese mismo año matriculó en la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana, donde obtuvo el grado de Bachiller en Filosofía, en 1822. Comenzó a ejercer antes de graduarse como Profesor de dicha especialidad y de Ciencias Naturales, en el Seminario de San Carlos, cuando Varela lo propuso en sustitución suya al resultar electo diputado a Cortes, en 1821.

Publicó su primer artículo de carácter político en el Diario del Gobierno Constitucional de La Habana, a la altura de 1820. Realizó estudios en los Estados Unidos entre 1824 y 1826, y publicó en ese país su traducción al español de la obra de Johann Gottlieb Heinecke titulada: Elementos de Derecho Romano. Tras dos años de residencia en Cuba retornó a losEstados Unidos, donde junto a su maestro Varela fundó El Mensajero Semanal, en 1828, dedicado a temas económicos y políticos de Cuba e Hispanoamérica, y donde sostuvo una acerba polémica con el español Ramón de la Sagra, motivada por la crítica de éste a José María Heredia.

Había retornado a Cuba hacía muy poco, asumiendo de inmediato la dirección de la Revista Bimestre de la Isla de Cuba, órgano de la intelectualidad más avanzada, así como del Colegio Buenavista.

Con tales atributos, es lógico que poco a poco comenzara a interesarme de una forma particular por la figura y persona de nuestro interlocutor, cuyas cualidades respondían por completo a mis intereses y que hasta el presente no había podido encontrar en ninguno de los hombres que había conocido.

Esto no quiere decir que me estaba enamorando de don José, pero si en ese momento hubiese pedido a mi padre mi mano, estoy segura de que habría accedido a sus deseos sin vacilación.

Por su porte, José Antonio no era un dechado de perfección entre los hombres y mucho menos un Adonis, pero de él emanaba un áura de sabiduría, valentía y honestidad que unida a sus eruditos conocimientos, su facilidad de hablar y escribir sobre los más complejos temas, llenaron esa noche mi desolado espírito con las más dulces emociones.

Después de valorar los plazos de preparación y entrega de las matrices de los escritos por nuestra parte, pasamos a analizar otros temas de actualidad como el estado de la hacienda pública, las últimas novedades de la corte española, algunas denuncias presentadas ante la Audiencia contra funcionarios muy cercanos al anterior Capitán General Francisco Dionisio Vives, la amenaza de la terrible epidemia de cólera morbo que se extendía de forma incontenible por el planeta y las medidas de cuarentena que se adoptaban en la ciudad para evitar que entrara, así como otras preocupaciones de la sociedad habanera.

,Viendo que al rato la charla se tornaba algo aburrida, mi padre dyrigiéndose a mi persona me dijo: María Teresa, ¿por qué no nos interpretas en tu piano algunas de tus piezas preferidas de Mozart o de Johann Sebastian Bach, para completar esta agradable noche con los maravillosos arpegios que sabes sacar a su teclado?.

Levantándome del asiento me dirigí obediente hacia el ángulo de la sala en la cual se encontraba el instrumento musical, cuando en ese momento retumbó en la casa un poderoso estampido que aunque familiar, no dejaba de impresionarme por su cercanía. No era un trueno, sino el cañonazo que cada noche señalaba a las ocho, el momento del cierre de las puertas de la muralla de la ciudad que la rodeaban como un verdadero collar de piedras. Caían los rastrillos, se elevaban los puentes y nadie entonces podía entrar en la ciudad amurallada. Ni salir.

José Antonio Saco extrajo automáticamente de un bolsillo de su levita el reloj que sostenía una hermosa leontina, comprobando la exactitud de la hora.

Levantándose para tomar su capa , sombrero y bastón nos dijo: Disculpen amigos, parece que hoy la conversación se ha extendido demasiado. En consideración a lo avanzado de la hora, les propongo continuar nuestra charla en los próximos días, pero ahora permítame abandonar vuestra residencia, pues no deseo llegar tarde a mi casa en la que me esperan algunos correligionarios que necesitan realizar unas consultas.

Les agradezco de nuevo vuestra amabilidad y cortesía, a la vez que pongo a sus pies mis sinceros respetos.

Una vez que José Antonio Saco se marchó y atrancamos todas las puertas y ventanas como acostumbrábamos para mayor seguridad de la vivienda, regresamos a la sala en la que durante más de una hora estuvimos analizando con mi padre las cuestiones debatidas en el transcurso de la velada.

En un momento de nuestras reflexiones, mi padre me preguntó: Querida hija, ¿qué impresión tienes de Don Antonio, sus ideas y sus planes de publicar mis Memorias sobre el Santísima Trinidad?.

Bueno padre, con su venia, si voy a ser sincera debo expresarle mi admiración por la persona de Don Antonio, pues estoy segura que estará de acuerdo conmigo en que es un caballero de vasta cultura y verdadera erudicción, por lo que no es extraño que en breve tiempo se haya convertido en un líder de opinión para la juventud de esta ciudad que lo sigue a todas partes para escuchar sus conferencias, ya sea en la Universidad o en el Seminario de San Carlos y leer con avidez los artículos que publica en la prensa. Por ello, el hecho de que se haya interesado por vuestras memorias es un sello de garantía de que será acogida su publicación por un amplio público.

No obstante, no puedo ocultar que me preocupan algunas de sus ideas liberales, no tanto por su alcance y contenido con los que estoy de acuerdo, si no por el hecho de que de seguro irritan y molestan a las autoridades coloniales del país, y aunque he oído decir que ahora por Madrid son más tolerantes, no lo creo, y si así fuera, en cualquier momento puede cambiar la dirección del viento y volver a reforzarse la opresión autocrática de los Borbones, tan del gusto de los recalcitrantes militares españoles.

Al respecto Se dice que Mariano Ricafort Palacín y Abarca, el recién estrenado Capitán General de Cuba tiene tanta mano dura como su antecesor Dionisio Vives. Cuentan que la primera tarea que emprendió cuando estuvo al frente del gobierno colonial filipino fue consolidar el sistema absolutista tras la etapa liberal de 1820 a 1823, y con tal fin expidió en abril de 1826 unas Ordenanzas de Buen Gobierno destinadas a velar por un estricto cumplimiento de las leyes, pero sobre todo evitar en lo posible futuras intentonas liberales. Así, entre sus disposiciones algunas hacían referencia a los castigos que se impondrían por cada delito, contemplando como tal las reuniones sin justificación, portar armas de fuego o la violación del toque de queda. Por ello, no creo que esté muy abierto a los reclamos políticos de los criollos.

Bueno hija, no me gusta oírte expresar de esa forma, pues aunque estoy de acuerdo con las ideas de progreso y superación e incluso con la necesidad de realizar algunas reformas en esta colonia para mejorar la vida y los derechos de las personas, no tolero que se critique a todo lo que de España viene, y mucho menos a sus instituciones militares, pues te recuerdo que serví con honor en la Armada Real, en la que varias veces empuñé las armas para defender las banderas del monarca y al Imperio español.

Pero dejemos a un lado las cuestiones políticas que casi siempre son escabrosas. Me gustaría que supervisaras directamente todo lo relacionado con la edición de mis relatos , a los efectos de que no hayan alteraciones en su letra, pues como conoces en realidad no fueron escritos para ser publicados, sino para que sirvieran de testimonio para las futuras generaciones de esta familia, y sobre todo, para que perduraran las experiencias vividas a bordo del Santísima Trinidad.

Sabes bien, que aunque descanse ahora en el fondo de los mares, custodiado seguro por Nereidas y Tritones, este buque seguirá siendo siempre emblema y orgullo de la construcción naval en el Arsenal de la Habana, y su recuerdo es sagrado. ¡Pobre del que intente en mi presencia mancillar su memoria!.

Como se podrán imaginar, con tan solemnes sermones y advertencias, decidí comenzar a revisar de inmediato los apuntes de mi padre, para poder materializar la idea que se me acababa de ocurrir, de convertirlos en las "Crónicas Habaneras sobre el Santísima Trinidad".

* * *

CAPITULO II

NACE UN TITÁN DE LOS MARES

El Real Arsenal distinguido lector, ya no es ni la sombra de lo que fuera en los gloriosos días en que el Santísima Trinidad fue botado al agua. Muchas cosas han ocurrido en la ciudad de San Cristóbal de La Habana, desde aquél lejano 2 de marzo de 1769, a las 11 y media de la mañana, en que con los ojos de un adolescente que en julio cumpliría 14 años, contemplaba con asombro como mi tío el renombrado asentista Pedro de Acosta, cortaba en presencia de las principales autoridades de la isla, la cinta de color encarnado que simbólicamente hacía funcionar el mecanismo que puso en movimiento la enorme mole del casco del buque, haciéndolo deslizar con increíble suavidad por su grada hacia la bahía habanera.

A mi lado se encontraba un corpulento mulato, mi compinche de travesuras callejeras de mi niñez y aventuras juveniles por censurables rincones del puerto, que miraba con orgullo a la nave en la que había trabajado sin descanso como aprendiz de carpintero de ribera bajo la dirección de su padre.

Bartolomé o mejor dicho Bartolo como le llamábamos cariñosamente, tenía por entonces 16 años de edad. Era hijo de Benito, un pardo libre muy respetado por ser uno de los principales maestros carpinteros de los astilleros. Este hábil artesano por su honradez, gran experiencia y dedicación al trabajo se había ganado la confianza de mi familia por lo que no eran extrañas sus visitas a casa de Don Pedro, muchas veces acompañado por su esposa Domitila,madre de mi amigo, una rubicunda mulata de anchas caderas que tenía fama en el barrio por sus sabrosos buñuelos que comíamos con deleite cada vez que nos regalaba una cazuela llena de estas golosinas, con tal de que estuviésemos quietos un rato.

En realidad Bartolomé y yo éramos bastante diferentes. Mi educación se había forjado en una atmósfera de severa disciplina patriarcal impuesta primero por mi padre y luego por mi tío Don Pedro, que era reforzada por las enseñanzas escolásticas inculcadas por los inflexibles profesores que me habían dado clases en la escuela . En cambio Bartolomé era un niño de la calle acostumbrado a los retos y expansiones del peligroso barrio en que había crecido, en el que gracia a su valor a toda prueba y sus habilidades innatas para desenvolverse en los medios más controvertidos, se convirtió en un vencedor de las dificultades de la vida, lo que no impedía que tuviese un alma noble y generosa. Yo era más bien serio, aunque un poco dado a la fantasía con facilidad, imaginando mundos que no existían, en tanto que él era muy alegre pero a la vez práctico, lo que le permitía resolver los problemas con sorprendente rapidez. Estas características, como veremos más adelante, condicionaron en gran medida nuestros respectivos comportamientos.

Para los no avezados en las costumbres de nuestra urbe, en la que muchas veces se discrimina y denigra a esclavos y libertos, os tranquilizaré diciendo que mi tío aborreció siempre tales conductas, lo que me inculcó desde que puse un pie en su hogar al morir mi padre. Ignorando las constantes críticas que recibía por ello me decía: si camino y respiro, es gracias al arrojo y sacrificio de mi buen esclavo, el "taita" Simón, que Dios lo tenga en la gloria, que no vaciló en dar su vida por salvar la mía durante el asedio de La Habana por los herejes ingleses, en el que por desgracia murieron tu padre Pablo y mi hijo Antonio.

¡Recuerda Rodrigo esta lección!: ¡los hombres no deberían ser valorados por su raza o el color de su piel, sino por su grandeza de espíritu y lo que aportan a la humanidad!.

Esta actitud liberal de mi tío y tutor facilitó que Bartolomé y yo creciéramos, sin que los prejuicios raciales imperantes en la Sociedad enturbiaran una camaradería que acontecimientos posteriores convertirían en hermandad. No obstante, aunque nací en esta isla a la que amo como mi Patria, por mi formación, gustos y puntos de vista, era un súbdito español, en tanto que Bartolo afirmaba todo el tiempo ser cubano, como si eso fuera entonces para la mayoría de nosotros algo distinto, lo cual lejos de crear dificultades, nos complementaba.

Producto de ello, cada vez que podía, le transmitía mis conocimientos a mi amigo, al que enseñé a leer y escribir, a la vez que Bartolo me transfería sus vivencias populares, algunas de su exótica religión yoruba, y me protegía en mis correrías callejeras.

Mientras la pesada massa del buque, después de penetrar en las tranquilas aguas del puerto levantando una enorme ola que se expandió hacia la ribera opuesta, era saludada por salvas de artillería desde la fortaleza en construcción en la loma de "La Cabaña" y el tañido de las campanas de la aledaña iglesia de San Francisco de Paula, el coro de la entusiasmada multitud gritaba a todo pulmón: ¡viva España!, ¡víva el rey Carlos III!, ¡viva nuestro Capitán General Antonio María de Bucareli y Ursúa! ó ¡abajo los pérfidos ingleses!. Por mi parte recordaba las innumerables ocasiones en que en unión de mi tío Don Pedro había visitado las dársenas del Arsenal, recreándome mientras éste inspeccionaba los trabajos de construcción del navío, y las complejas labores que se realizaban a su alrededor con inusitada premura pero inigualable eficiencia, a fin de dar vida a esta portentosa obra de la ingeniería naval que de seguro sería por muchos años, el orgullo de la Armada real.

En 1724 se construyó el Arsenal de La Habana en la zona comprendida entre el Castillo de la Real Fuerza y los muelles conocidos como de San Francisco, pero éste resultó inoperante para los planes coloniales, por lo que fue trasladado de lugar en 1747 para su actual localización. El Real Arsenal de La Habana está ubicado muy próximo al corazón de la ciudad, al costado sur de la muralla. Por el este, una calle en que se agrupaban los Egidos y los llamados cabildos de nación de los esclavos africanos en los que siempre se escuchaba el incitante toque de sus litúrgicos tambores, la separaba de un sector de la muralla, donde está la puerta de La Tenaza. Por el norte, limitaba con la Calzada del Arsenal, denominada así desde entonces, y por el suroeste, por una pequeña senda. Su límite sureste era el litoral de la bahía.

La superficie del Real Arsenal de La Habana forma una especie de cuadrilátero, que ocupa aproximadamente nueve hectáreas. De esta gran extensión, unas tres hectáreas son terrenos baldíos, en su mayor parte insalubres, bajos y pantanosos; otras cinco hectáreas se dedican fundamentalmente a depósitos de materiales, barracas y naves; de ellas, unas dos o tres hectáreas se utilizan para actividades de construcción y reparación de buques propiamente, y es donde se encuentran las principales instalaciones: pescantes, grúas, parapetos, diques, fosos transportadores, el mayor de los cuales llegó a tener casi 450 pies de longitud.

El Arsenal dispone además, de espacios para el corte de maderas, tanto de forma manual, como con la utilización de una gran sierra hidráulica. La Zanja Real, un canal de más de7 leguas de largo que descarga un gran volúmen diario de agua, corre ceñida al límite del astillero, justamente en paralelo a un tinglado donde se instala la máquina, que debe aprovechar la fuerza del salto artificial de agua que pone en movimiento una rueda de enormes paletas conectadas a dos cigüeñales que son los encargados de activar el movimiento de vaivén para la labor de aserrar las maderas, mientras una canaleta a nivel superior vierte agua de continuo sobre los puntos de mayor fricción del eje principal.

La actividad en el arsenal no se restringe sólo a la construcción naval y la reparación de los bajeles. Otro de sus objetivos es el suministro de pertrechos de guerra y bastimentos a los navíos de línea y fragatas, tanto en tiempos de paz como de guerra. En tal sentido, existían en su interior depósitos de pólvora, municiones y artillería.

En el lado sur del Arsenal, unos quinientos metros de longitud del litoral forman una pequeña ensenada de casi una hectárea de superficie, con fondos bajos, lo que permite que los barcos construidos sean botados suavemente. El Arsenal cuenta con unos 250 trabajadores, entre carpinteros de ribera y maestros de obra especializados en la construcción naval; eventualmente, se emplean algunas decenas de esclavos en labores que no requieren calificación, o cuando se construyen varios navíos de forma simultánea y el tiempo apremia para entregarlos.

Es necesario resaltar que la ocupación de La Habana por los ingleses en 1762 constituyó un duro golpe para sus astilleros , pues los ingleses, comprendiendo la importancia de los mismos mas que la propia Metrópoli los destruyeron antes de abandonar la plaza sin tener en cuenta las capitulaciones firmadas. Entre los hechos llevados a cabo por las tropas inglesas, se cuentan la destrucción de la rueda matriz, cegar las gradas de construcción, quemar los avituallamientos en depósito y ocasionar considerables daños a los recursos forestales en el occidente de la isla.

El Real Arsenal fue reconstruido y alcanzó su mayor esplendor bajo la gobernación del Comandante del Apostadero Juan de Araoz, quien en su fecunda labor al frente del arsenal perfeccionó sus muros por mar y tierra, ordenó colocar pararrayos en todos los edificios de la Maestranza y demás construcciones del astillero, al tiempo que construyó un hospital para atender a las tripulaciones de los navíos de guerra surtos en la rada, aunque éste tiene fatídica fama, por la alta incidencia de muertes debido a la fiebre amarilla entre pacientes que son ingresados allí por otras causas.

Me parece innecesario referirme a la vasta experiencia acumulada en la construcción naval por los astilleros de nuestra urbe durante los siglos XVI y XVII, pues creo que es harto conocida y además, esto es tarea de los eruditos estudiosos de la historia, aunque algunos de ellos gusten de modificar los hechos a su antojo faltando a la verdad. Por eso me concentraré más bien en los momentos fundamentales vinculados directamente a la proyección y fabricación del Santísima Trinidad.

Mi tío me había contado que durante el primer cuarto del siglo XVIII, la construcción naval en La Habana había sido monopolizada en la práctica por dos familias: los Acostas y los Torres. la añeja rivalidad entre estos principales asentistas, era conocida por todos. Pero, a partir de la muerte de Torres, el 22 de noviembre de 1754, siguió un periodo de estabilidad durante el que mi tío Pedro de Acosta mantuvo la primacía en el Arsenal, interaccionando primero con la poderosa Real Compañía de Comercio ,y luego con la Intendencia de Marina, hasta la llegada de los Mullan en 1767. Mateo

Mullan pertenecía al grupo de los expertos británicos y de otras naciones contratados por la corona para colaborar en el remozamiento de la construcción naval española, y había trabajado en La Carraca desde que vino de Inglaterra. Entre 1759 y 1760, Cipriano Autrán y Mullan ya habían estudiado la posibilidad de construir navíos de tres puentes en el arsenal gaditano, pero en su informe de 27 de febrero de 1760, Autrán juzgaba difícil fabricar allí un buque de tanta magnitud y el ambicioso proyecto se vino abajo. Sin embargo las inquietudes de Mullan persistían, y así, cuando recibió la orden de 11 de noviembre de 1766 para encargarle la dirección de la construcción de bajeles en La Habana, antes de partir para el nuevo destino presentó en abril de 1767 un modelo de navío de 112 cañones, como anticipo del que iba a fabricar en Cuba y tenía en lamente desde hacía años. Este modelo presentaba significativas diferencias en relación con los anteriores del sistema Gaztañeta, en cuanto se refiere a la cuaderna maestra, al lanzamiento del tajamar y a la proporción eslora/manga.

El irlandés Mateo Mullan comunicó a la Corte madrileña el 30 de agosto de 1767 su llegada a La Habana, acompañado de la familia, con ella su hijo el teniente de fragata graduado de constructor de 2° Ignacio y varios colaboradores. Poco antes, por acuerdo adoptado el 14 de agosto de 1767 entre el intendente de Marina Conde de Macuriges y el jefe de escuadra Juan Antonio de la Colina se había decidido la construcción en el astillero cubano de un navío de tres puentes cuando fuese botado el San Luis, de 80 cañones. La idea que presidía este proyecto era la de correr una tercera cubierta, aumentando ligeramente las dimensiones y el coste de los navíos de la clase de 80 cañones como el precitado.

Pero la llegada de Mullan trastocaría todo, pues en contra de este proyecto de Colina, prevaleció el del irlandés de construir un navío de 112 cañones con alcázar, toldilla y castillo.

Sin esperar la Real Orden de autorización de las obras, inmediatamente comenzó el acopio de maderas. Así, a finales de agosto de 1767 y bajo un sol flamígero, dos centenares denegros esclavos, blandiendo hachas y sierras, bregaban para derribar y desbrozar los primeros trescientos troncos de caguairán en el espeso Bosque del Oso del territorio de Santa María del Puerto del Príncipe, y que servirían para dar forma a la quilla del que sería el navío por excelencia de la marina bélica española: el Santísima Trinidad. Juan Antonio de la Colina, comandante general del apostadero de la Habana, se encargó personalmente de dirigir los trabajos de provisión maderera, para lo cual supervisó la recogida de los mejores y más hermosos troncos de caoba y júcaro que crecían en aquel lugar, y de hacerlos llegar a los astilleros habaneros a través del marjal Vertientes. Del mismo modo, 11 balandras habían traído desde la masa forestal de Veracruz (Méjico) 60 pinos que servirían para conformar las vergas y masteleros.

Al respecto, hay que señalar que un navío está compuesto de infinidad de piezas estructurales de madera que componen un amplio abanico de formas. Estas formas hay que buscarlas previamente en los árboles; es preciso encontrar la rama, tronco o raíz que imite naturalmente la forma de la pieza naval en cuestión. Desde la recta y larga quilla que vertebra el barco hasta los torcidos curbatones necesarios para ligar la cubierta al casco, tienen que ser obtenidos de maderas cuyas vetas sigan fielmente el contorno de la plantilla del carpintero de ribera. Sólo así se garantizaría la necesaria robustez de los barcos, siempre sometidos a la fuerza del viento y del mar.

Mediante el empleo de plantillas se buscaban los pies que estuvieran ahorquillados, dejando los mejores, los pies rectos. Este método de entresaca no influía en gran medida en la deforestación de la isla.

Una imagen que tengo grabada para siempre en mí memoria, es la del día en que acompañando a mi tío, presencié como talaban un enorme cedro que crecía en el bosque que adorna las márgenes del río Almendares, otrora nombrado de "La Chorrera", al oeste de la ciudad. El árbol medía más de 120 pies de altura y debía convertirse en uno de los palos principales del Santísima Trinidad.

Desde temprano los leñadores trabajaron con ahínco con sus hachas hasta que el cíclope con un crujido espantoso que se dejó sentir en toda la foresta, se inclinó lentamente hacia uno de sus lados, para desplomarse luego estrepitosamente sobre el suelo envuelto en una nube de hojas, donde sería despojado de sus ramas. Un silencio sepulcral siguió a este instante. Hasta los pájaros dejaron de cantar. Parecía que la vida se había detenido y que la manigua acongojada, por la caída de su monarca, despedía su duelo de esta forma.

Si laboriosa fue la tarea de cortarlo, más lo fue el de extraerlo de su emplazamiento y llevarlo hasta las instalaciones del arsenal, para lo cual hubo que dar un gran rodeo por terrenos llenos de piedras y surcos, lo que convirtió esta actividad en una hazaña titánica digna de Hércules. Decenas de bueyes fueron empleados para halar de las gruesas cadenas afianzadas al tronco, que con mucho esfuerzo, se logró montar sobre una especie de trineos con ruedas que facilitaban su desplazamiento hasta el mencionado río, cuya límpida corriente lo llevó como si fuera una balsa hasta el mar, y de ahí bordeando la costa, remolcado por una balandra hasta la bahía habanera. Cuando al fin este atlante de la campiña cubana hizo su entrada en las instalaciones del astillero, parecía que la tarea de construir el buque no tendría por delante ninguna dificultad que no se pudiese vencer.

Entre las maderas utilizadas preferentemente para la construcción naval en Cuba figuran la caoba, el guayacán, el júcaro, los granadillos, el caguairán y el cedro, que crecían sobre todo en las zonas próximas a los astilleros o en las accesibles para su transporte por vías de saca o ríos, cuando en las cercanías del Arsenal escaseaban los árboles.

El secreto del éxito de la construcción naval española fue la gran calidad de la madera empleada por los astilleros cubanos, que garantizaban buques muy ligeros, resistentes a los moluscos horadadores, como la broma, y que soltaban menos astilladuras ante el impacto de las balas de artillería, una de las principales causas de las bajas entre los marinos durante los combates. Los cascos de las naves de guerra inglesas y francesas eran de roble, en tanto que los palos y vergas se hacían de pino. Como regla, , estos buques tenían solo 10 años de vida útil. En cambio, las colonias españolas de América suministraban a la marina de la metrópoli maderas muy duras, como la caoba procedente de Cuba quegarantizaban que un barco construído con ellas durase activo más de 30 años.

La caoba, concretamente, es mucho más resistente que el roble a los efectos de la putrefacción de la madera que la convierte en una especie de esponja que se reduce fácil mente a polvo. Por ello, el Santísima Trinidad, tenía casco y cubiertas hechos exclusivamente de caoba.

La madera destinada a la construcción naval, era talada en las lunas menguantes de octubre a enero, ya que es el período en el que el tronco tiene un contenido mínimo de savia. Con ello se obtiene una madera notablemente más resistente a la putrefacción. Muchas de las piezas utilizada en los barcos eran desbastadas en el bosque para facilitar su transporte a los astilleros. Esta labor se realizaba con las hachas de labrar. Así, las forcas se convertían en las varengas que van sobre los extremos de la quilla, constituyendo los finos de proa y popa. Las piezas se obtenían de la bifurcación de las ramas y el tronco. Los genoles formaban parte de las cuadernas, o costillas del barco. En las naos, las cuadernas estaban formadas de varengas, genoles, estamenaras y barraganetes. De la quilla partían las varengas o cuadernas, que a su vez iban recubiertas por los forros interior y exterior. En el forro exterior se distinguían las llamadas cintas, por ser de mayor grueso que el resto de la tablazón.

Destacaba también, entre los elementos estructurales, los llamados baos, por ser las vigas que unían ambos costados del casco entre sí y servían de soporte a las cubiertas. La obra se fijaba por medio de pernería de roble, caoba o hierro, hecha en el propio astillero. En el Santísima Trinidad algunos de tales pernos de hierro tenían casi 6 pies de largo. En cualquier caso, los pernos se ponían en los agujeros taladrados previamente, manteniéndose en posición por medio de tuercas de hierro o de madera. Finalmente, una curvada rama delárbol apropiado llegaba a su destino en la estructura del barco. Esta pieza debía ser cuidadosamente seleccionada para que pudiera soportar grandes tensiones, por estar muy próxima al timón y por ser el nexo de unión entre piezas importantes de la estructura.

Gracias al rápido acopio de materiales, en octubre del 1767 ya se había plantado la quilla en la grada que había dejado libre el 30 de septiembre el San Luis, que por cierto debió ser alargada 90 pies para el nuevo navío. Pero de repente, Mateo Mullan falleció el 25 de noviembre de "vómito negro", sumiendo en la mayor consternación a las autoridades de la Armada en la isla. Mullan dejaba tan sólo delineado el navío desde la varenga maestra para popa, la quilla empernada sobre los picaderos, la roda labrada y el codaste.

El Conde de Macuriges, a la vista de la situación, decidió el 27, dos días después del fallecimiento, que Ignacio Mullan se encargase del diseño de los planos, la ejecución de los gálibos y la delineación del buque, mientras mi tío Pedro de Acosta sería el responsable de fortificar la nave y de la dirección general de las obras. Esta disparidad de cometidos asignados a ambos constructores explica en mi opinión algunos de los problemas que sufrió el navío a lo largo de su dilatado historial.

Por Real Orden de 12 de marzo de 1768 el navío recibió el nombre de "Nuestra Señora de la Santísima Trinidad". Fue el propio soberano, que tenía un púlpito en el salón del trono del Palacio Real representando a las tres divinidades católicas, el que bautizó al buque como Santísima Trinidad y Nuestra Señora del Buen Fin, en honor a estas imágenes, y mandó redactar la ordenanza que le daba ese nombre. El 15 de octubre de 1768 azotó la Habana el fuerte ciclón Santa Teresa, que causó grandes daños en la ciudad y pueblos aledaños. Milagrosamente el casco del navío y el andamiaje que lo sostenía soportaron sin mayores problemas los embates de la terrible tormenta. Afinales de ese mismo mes se le creaba la tercera cubierta, lo que permitió acelerar el trabajo y poder llegar al momento culminante de su puesta a flote.

Otro de mis recuerdos notables sobre el proceso constructivo del santísima Trinidad es la de un ejército de carpinteros y artesanos trabajando sin parar sobre su cubierta, en las bodegas, puentes, bordas, toldilla, castillo, alcázar y camarotes. El rítmico golpeteo de los martillos, el sonido de serruchos y sierras,el chirriar de los cepillos, el olor a pintura y alquitrán, los gritos e imprecaciones marineras, las órdenes de los maestros de obras, se entrelazan en mi mente en un abigarrado cuadro en la que se destaca el cuerpo de este monstruo de los mares que poco a poco y día a día, iba creciendo en su grada como un inmenso edificio que engullía enormes cantidades de madera traída desde los más lejanos territorios. Por eso, las virutas y el aserrín se acumulaban en grandes montañas por todas partes que eran humedecidas cada cierto tiempo para evitar un posible incendio.

Confieso que por aquél entonces, el naciente navío era para mi como un emblema que representaba todo el poder y la hidalguía de España, cuyo honor mancillado por la reciente toma de la Habana por los ingleses, debía ser lavado a "cañonazo limpio" en los mares. De más está decir que en mis fantasiosos sueños, todavía bastante infantiles, me veía sable en mano participando en terribles abordajes a la usanza antigua, cuando desalmados corsarios y piratas se batían con la marinería hispana en las cubiertas de los galeones cargados de oro y plata.

Por fin los mástiles fueron ensartados antes de las navidades de 1768. Para los habaneros fue todo un espectáculo observar como la "machina", la gigantesca grúa del Arsenal levantaba como si fueran agujas aquellos enormes mástiles que eran encajados con precisión matemática, a través de las fogonaduras, en sus soportes de hierro de la estructura del barco, lo que aseguró su botadura al agua.

Al rozar por primera vez con su proa el mar,el navío tenía según mi tío las siguientes dimensiones: eslora 213 y 2/3 de pies de Burgos (61,40 m), quilla 182 y 5/12 de pies (52,72 m), manga 57 y 3/4 de pies (16,59 m), puntal 28 y 11/12 de pies (8,31 m). Arqueó 4.902 toneladas (7.443,69 m3) con un lastre de 1.546 quintales (71,12 tn). Su construccción costó en opinión de la tesorería 40.000 pesos fuertes.

Por su parte, de acuerdo a Colina, en escrito de 30 de septiembre de 1768, las medidas eran: eslora de alefriz a alefriz 100 codos (57,47 m); quilla de codillo a codillo 85 codos y 6 pulgadas (48,99 m), manga 27 codos (15,52 m), puntal 13 codos y 12 pulgadas (7,76 m), plan 13 codos 12 pulgadas (28,74 m), astilla muerta con el plan 12 pulgadas (28,74 cm), luz de cada porta de popa a proa 1 codo y 17 pulgadas (0,98 m), calado a popa 13 codos (7,47 m) y a proa 12 codos y 6 pulgadas (7,18 m). Esto no quiere decir que el barco pudiera ya navegar, pues todavía había que terminar su aparejo, perfeccionar numerosos detalles de sus puentes y dotarlo de cañones.

A la ceremonia de botadura al agua del Santísima Trinidad siguió una bulliciosa fiesta amenizada por músicos peninsulares, en la que no faltaron el buen vino,toques de gaitas y guitarras, bailes de jotas y fandangos, abundante carne, delicioso tocino, humeantes fabadas y apetitosos turrones que hacían pensar que había llegado la Navidad.

Mientras todos se entregaban a la alegría, y en algunos corrillos algo exaltados por los altisonantes discursos y la generosa bebida se dejaban escuchar expresiones como: carajo, ¡puedes estar seguro que este buque es invencible! ó ¡rediez!, ¡te apuesto mi paga de este mes a que el navío le ajustará las cuentas a los malditos ingleses si tienen "pantalones" para enfrentarlo!, Bartolomé me propuso aprovechar la algarabía imperante para trasladarnos a la cercana calzada del Arsenal para disfrutar de la compañía de las hermosas hijas de otro mestiso amigo de su padre. Viendo que no me decidía a seguirlo en su empresa me dijo guiñándome un ojo: Te prometo Rodrigo que allí te sentirás mejor que en este maloliente lugar. No te imaginas, ¡lo linda que son esas nenas!.

Después de abandonar las instalaciones del astillero lo cual no fue difícil, ya que los guardias que custodiaban su entrada nos conocían bien y además estaban más preocupados por ser relevados pronto para poder participar en el sarao que se desarrollaba no muy lejos de sus postas, sorteando varias sucias callejuelas que acortaba nuestro camino, nos dirigimos por la calzada del Arsenal hacia la humilde casucha en la que vivían las jóvenes que Bartolomé me deseaba presentar.

Como el reloj marcaba las dos de la tarde era muy probable que estuviesen entregadas a la siesta, lo que hacía muy remota la esperanza de poder compartir con ellas, pero por suerte o avatares del destino, las muchachas se encontraban reunidas en la pequeña sala de la vivienda, en espera del regreso de su progenitor, pues éste que trabajaba como albañil en las instalaciones delpuerto, se encontraba participando también en la actividad que habíamos abandonado.

Al ver a Bartolomé, las dos hermanas mayores, con mucha alegría en sus rostros se acercaron a él, dándole como muestras de cariño amistosos besos que me hicieron morir de envidia. Miren chicas, exclamó Bartolomé, les presento a Don Rodrigo de Acosta que es uno de mis mejores amigos.

¿Don Rodrigo de Acosta?, exclamó la más joven de las muchachas, una preciosa mulata de ojos verdes como esmeraldas, parecidos a los de su hermana mayor, lo que me hizo pensar que esta familia no era de la Habana. Tal vez procedían de la lejana Santiago de Cuba, en la que había oído decir, la sangre de visitantes franceses llegados de Haití, al mezclarse con la africana, produce estos maravillosos frutos de la creación, que como se sabe , por suerte se han multiplicado en los últimos tiempos, después de la revolución llevada a cabo en ese país, entre 1791-1804
que culminó con la abolición de la esclavitud y que acrecentó notablemente el arribo de refugiados galos en el territorio oriental deCuba.

¿Acaso es pariente del asentista Pedro de Acosta?, concluyó su pregunta la muchacha. Pues, contestó Bartolomé, nada menos que su sobrino.

Nos perdonará entonces distinguido señorito, pues no tenemos en nuestro hogar comodidades que brindar, como a las que está acostumbrado.

Bueno niñas, ¡déjense de tantos remilgos!, ya que aunque Rodrigo procede de alta cuna estoy seguro que ante vuestra belleza, se sentirá como en el cielo en cualquier rincón de esta casa.

Asintiendo con la cabeza, expresé por mi parte: Bartolomé, no me has presentado a tus amigas. Es cierto, ¡disculpa compadre!, ésta es Rosa, la hermana mayor que tiene 17 años y ésta es Beatriz que acaba de cumplir 15.

En eso penetró en la estancia una niña muy hermosa de unos 6 años de edad que con la desenvoltura propia de las habaneras exclamó: ¿y a mí no me presentas Bartolo?.

Por supuesto preciosa. Ésta es Caridad, la más pequeña de la familia, pero que cuando crezca será sin duda el orgullo de la casa. Yo le digo, subrayó Bartolomé, mientras se reía, que es mi novia más chiquita y que cuando crezca la llevaré al altar si antes no se me adelanta alguno de los pilluelos" que como "rapaces gavilanes, rondan este patio.

A poco, Rosa que había ido a la cocina, regresó en unión de su madre Juana que oyendo voces masculinas en la casa, había decidido, "por si acaso", interrumpir su siesta, portando en una tosca bandeja de madera varios platos repletos de almibarados cascos de guayaba quefueron unverdadero placer, como también lo fue la velada que sostuvimos ese día.

Cerca de las cuatro de la tarde se desató una furiosa tormenta que descargó un copioso aguacero acompañado de espantosos rayos y centellas. Parecía que la naturaleza irritada por la vanidad de los hombres, anunciaba con truenos y relámpagos cuál sería el futuro del Santísima Trinidad. Asustada por los truenos, Beatriz se acercó a mi persona buscando protección, lo que me permitió percibir el mágico perfume que emanaba de su cuerpo, cuyas virginales curvas estuvieron a escasas pulgadas de mi rostro.

La lluvia nos inmovilizó en el lugar durante más de una hora impidiéndome volver a mi hogar, aunque confieso que seducido como estaba por los destellos de los ojos de la dulce Beatriz y sus turgentes formas, lo menos que me pasaba por la mente era la idea de regresar.

Cuando por fin escampó, viendo que eran cerca de las siete de la tarde, con gran disgusto valoré que debía retirarme, por lo que me despedí con muestras de afecto hacia todos y por supuesto en primer lugar hacia Beatriz. Antes de abandonar la vivienda, pedí la autorización de Juana para visitar en otras ocasiones a su hija a lo que me contestó que si su esposo Mateo no se negaba, ella no tenía objeciónes, siempre que mostrase decoro en mi comportamiento hacia la joven, lo cual daba por sentado en virtud de mi origen y la amistad que me profesaba Bartolomé que era su "ahijado".

Juana, la madre de las muchachas, era una buena costurera que se esforzaba por ayudar a su marido con sus labores, así como transmitir sus conocimientos y experiencias a las hijas, inculcándoles que debían preocuparse más por aprender su profesión, ya que les aseguraría una forma digna y decente de ganarse la vida. Desde el primer momento me percaté que la mujer poseía un acento distintivo en su pronunciación española, en la que afloraban matices franceses lo que en parte explicaba las características de sus hijas. Al cabo de unos días conocí de labios de Beatriz que su madre, cuyo verdadero nombre era Jeanne, había nacido en Nueva Orleans y que siendo muy niña había emigrado a Cuba en unión de sus padres para trabajar en las construcciones de la ciudad pues los albañiles de esa localidad tenían fama de ser muy buenos en la edificación de hermosas viviendas.

Por supuesto al regresar a mi hogar, recibí una fuerte reprimenda de mi tío que me había estado buscando por más de una hora por todos los rincones del arsenal, preocupado que me hubiese ocurrido algo durante la tormenta. No le oculté a Don Pedro donde había estado, por lo que al enterarse del motivo de mi escapada, esbozó una maliciosa sonrisa diciendo: a tu edad yo también hubiese preferido estar en compañía de las hermosas hijas del albañil Mateo que entre la chusma de borrachos que festejaba la botadura al agua del nuevo navío. Pero ten cuidado Rodrigo, ¡no vayas a cometer una locura!, pues aunque sabes que soy muy liberal en las relaciones con pardos y mestizos no deseo que te veas involucrado tan joven en enredos de faldas.

Como se imaginarán,a pesar de este consejo, seguí visitando cada vez que podía durante mi estancia en La Habana la vivienda de las hijas de Mateo, ya que Beatriz encendió en mi corazón las primeras llamas de un amor juvenil y el ardiente deseo varonil que sus besos provocaron en mi pecho. Parecía mentira que en condiciones de tanta pobreza, que con mis limitados medios trataba a veces de aliviar, pudieran crecer y educarse unas flores tan delicadas como las hijas del humilde albañil.

Llegados a este punto, debo señalar que al revisar con atención los apuntes de mi padre Don Rodrigo, a la vez que hacía algunas correcciones en su letra, no pude dejar de escapar un suspiro mientras pensaba: parece que de joven a mi padre le atraía mucho el color canela de las mestizas, pues de lo contrario no se hubiera decidido a relatar por escrito este pasaje de su juventud. ¿cuál será la verdadera historia de la bella Beatriz , la hermana de Caridad , esposa de Bartolomé. ¡Tal vez lo sabré algún día!.

Dejando a un lado estos pensamientos, seguí leyendo:

"Estimado lector, volviendo a mis explicaciones iniciales sobre la construcción del Santísima Trinidad, les recordaré que faltaba por completar el velamen de su arboladura, tarea bastante engorrosa dadas las dimensiones de los palos y vergas. Imaginen por un momento a las decenas de carpinteros , ayudantes y marineros que se movían como laboriosas hormigas por las vergas, instalando todo tipo de cuerdas y aparejos.

Los palos eran tan altos que desde la posición de vigía en las cofas, un observador avezado -.,podía divisar en un día claro a cualquier otra nave aunque esta no quisiera destacarse. Baste decir que el palo mayor se elevaba más de 150 pies por encima de la cubierta.

Mientras la obra de construcción progresaba en el dique seco, en los talleres se confeccionaban las velas de lona y elaboraba la jarcia de cáñamo destinada a asegurar la arboladura y las distintas maniobras.

Sin embargo, para el navegante, lo más importante era el comportamiento de todo ello en la mar, es decir, del conjunto formado por la estructura de madera, las velas y la jarcia. Los efectos del viento y de la mar en los miles de piezas de madera unidas con cabillas de ese mismo material o con pernos de hierro eranmuy acusados, y los marineros, siguiendo las órdenes de sus superiores, no cesaban de mantenerlo todo constantemente en equilibrio.

Como todo buen navío de línea, el Santísima Trinidad poseía tres palos principales: trinquete , mayor y mesana

El palo mayor tiene: vela mayor, la vela de gabia y la vela de Juanete mayor. El palo de mesana y su mastelero, tienen tres vergas. La verga de mesana, La verga seca ó de gata y la verga de sobremesana, y 3 velas,la cangreja, la vela de mesana y la vela de sobremesana. el palo del trinquete tiene la vela de trinquete, El Velacho ó vela de velacho, y la vela del Juanete de proa

Las velas están equipadas de Amuras, Escotas, Palanquines, Brioles, Apagapenoles, Briolin, Bolinas y Cruces. Las amuras sirven para cuando se navega de bolina ó aun largo llevar uno de los puños de la vela a besar ó cerca del paraje del ojo de la amura.

Además estaba la llamada vela de la verga de cebadera que tenía cerca de sus puños, dos agujeros, uno en cada uno como en zzz, a modo de ollados, que se llaman desagües, y sirven para que salga prontamente el agua que tiene esta vela, todas las veces que hay mar, y esta en viento.

Los navíos españoles solían llevar en el palo de trinquete, mayor y mesana, encima de las vergas de juanetes, otras llamadas sobrejuanetes, en concreto sobrejuanete de proa, sobrejuanete mayor y sobreperico respectivamente. En el caso del Santísima Trinidad en su primer velamen incluía, además del normal, sobrecebadera y periquito de sobremesana.

Les puedo asegurar que si algo dio dolores de cabeza fue precisamente que la instalación de esta enredada selva de cabos y velámenes funcionara correctamente a las órdenes de los oficiales.

Por desgracia , durante esta fase de la construcción, hubo que lamentar que varios operarios perdieran la vida o sufrieran lesiones de gravedad al caer unos desde las vergas más elevadas, y otros ser aplastados por un mástil que accidentalmente se desprendió. ¡El Santísima Trinidad ya tiene su bautizo de sangre!, comentaron sin preocuparse demasiado por lo ocurrido,la mayoría de los trabajadores. En total, por causa de los accidentes y una tumultuosa trifulca originada durante un juego de naipes, el Arsenal perdió durante la construcción de este buque a más de 10 calificados trabajadores, entre ellos, dos carpinteros de Rivera y un maestro de obra.

No bien había terminado de leer este pasaje cuando sentí la voz de mi padre que me llamaba impaciente desde la sala a la que acudí después de cerrar el encuadernado volumen que atesoraba sus valiosos apuntes.

A ver María Teresa, exclamó mi padre, me imagino que ya has terminado de leer el primer capítulo de mis Memorias. ¿Qué te ha parecido el relato?. ¿Consideras que brinda suficiente información sobre los primeros momentos de la construcción del Santísima Trinidad?.

Bueno padre contesté, creo que está bien redactado y aporta una amena narración sobre numerosos detalles vinculados con la historia del navío. Ahora bien, a los efectos de que los lectores desconocedores de la materia se puedan hacer una idea más clara sobre las características del barco, me parece que sería importante antes de describir su artillería explicar que eran los navíos de línea y cuál era su estructura operativa. De esta forma, los posteriores capítulos tendrán un fundamento que se enlazará lógicamente con la trama que se desarrolla en los mismos.

Creo que tienes mucha razón querida hija. No sé por qué, pero cuando escribía estas notas, tal vez no presté suficiente importancia a este aspecto. Así, que si no tienes reparo, mañana temprano te dictaré lo concerniente a este asunto.

Además, le propongo denominar la obra como:"Crónicas Habaneras sobre el Santísima Trinidad", ya que por ser vuestros apuntes una especie de cronografía, este título en mi opinión, le pega perfectamente.

De acuerdo hijita. ¡Tu sabes mejor que yo de estas cosas!.

Con su venia padre, no quisiera ofenderlo pero además de las referencias de que hablamos, considero que si añadiésemos algunas anécdotas sobre la vida de Beatriz y vuestras relaciones con ella, le daría un toque familiar al relato haciéndolo más atractivo para los lectores.

No me explico hija porque te interesan tanto mis relaciones con Beatriz, lo cual fue algo pasajero y sin importancia en mi vida. A la edad en que la conocí, los hombres tienen trato con diversas mujeres por lo que no tiene nada de extraño que haya mantenido amistad con esa muchacha. Por ello olvida ese detalle que me arrepiento de haber reflejado en mis notas, ya que nada tiene que ver con la historia del Santísima Trinidad, que es y debe ser el objeto central del escrito. Aunquepensándolo mejor, tal vez más adelante te complazca.

Bueno vamos a dormir que ya es muy tarde y mañana hay que madrugar. ¡En este barco el día comienza antes que el sol despunte en el horizonte!.

A pesar de lo dicho, me acosté convencida de que la relación con Beatriz sí había sido muy importante para mi padre. Lo que no podía imaginar era, ¡que estaba vinculada también a la historia del Santísima Trinidad!.

* * *

CAPITULO III

EL NAVÍO DE LÍNEA

Me parece querida hija que para entender la necesidad de construir un buque tan grande y costoso como el Santísima Trinidad, es imprescindible analizar el contexto histórico y las circunstancias militares que imperaban en esos momentos.

En primer lugar señalaré que los Borbones, desde su llegada al trono español, se enfrentaron al problema de poseer un inmenso imperio, cargado de riquezas que solo se podían transportar a través de los océanos. Proteger y cohesionar esas posesiones y permitir el desarrollo de la actividad comercial implicaba una presencia militar en los mares, especialmente en el Atlántico y el Mediterráneo, lo que demandaba una armada fuerte y operativa que se enfrentara a las flotas contrincantes, sobre todo la inglesa, ya entonces la mayor flota del mundo, y que hiciera frente a piratas y corsarios. Todo ello llevó a los Borbones a favorecer un rearme naval, con la construcción de nuevos barcos de guerra, especialmente navíos de línea, que permitieran volver a recuperar la presencia española en los mares.

El navío de línea, concebido en 1653 por la marina inglesa, era a comienzos del siglo XVIII el tipo de embarcación predominante en la mayoría de las marinas de guerra europeas.

Superado el criterio existente hasta entonces de que el combate naval era una extensión del terrestre, en el que había que abordar siempre al enemigo para luchar cuerpo a cuerpo, en el siglo XVII se desarrolló el concepto, que llegará a su cumbre en el XVIII con este tipo de embarcación, diseñado para formar filas artilleras navales y maniobrar junto al resto de la escuadra.

Estas revolucionarias ideas a través de Francia llegaron hasta la Armada española, que adoptó el «navío de línea", , como buque de guerra, abandonando definitivamente el uso de los pesados y lentos galeones. Su maniobrabilidad y velocidad permitía enfrentar al enemigo en la batalla disponiéndose en hilera por escuadras, desarrollando de este modo una novedosa táctica de combate que dará nombre a estos magníficos buques.

Como sabes hija, el navío de línea es un buque de guerra de gran porte y belleza. Más grande que los buques precedentes, con tres palos y velas cuadradas, se trata de un barco marcado por grandes innovaciones técnicas. Está fuertemente artillado y su capacidad de fuego es muy superior a los barcos anteriores, disponiéndose sus cañones en dos o tres cubiertas o puentes. A la vez es superior su maniobrabilidad, teniendo como innovación el timón de rueda en sustitución de la barra horizontal para gobernar el navío, mientras se modernizó el velamen, con nuevas velas como la estay, estandarizándose el aparejo.

La solidez de estos barcos es mayor con un armazón más fuerte: se introdujo el sistema de doble cuadernas que da más resistencia al navío y se reforzaron los costados, pudiendo alcanzar un grosor de hasta 25 pulgadas, lo que le confiere más aguante ante los impactos artilleros.

El rey de la línea de combate fue el navío de tres puentes, buques que en la Real Armada estaban armados desde 94 cañones los más pequeños, hasta 112 los famosos "meregildos". Cierto es que en España la aparición del navío de tres puentes fue muy tardía, en comparación con Inglaterra y Francia, retraso que es en parte achacable a la decadencia que sufrió la nación en todas sus estructuras, particularmente en la Armada, a partir de la derrota de Las Dunas, en 1639. Pero una vez asimilada la experiencia necesaria , la construcción de navíos alcanzó los más altos índices a mediados del pasado siglo.

El nombramiento de José Patiño como intendente general y secretario de marina supuso el inicio de un proceso de recuperación del poderío naval español y particularmente de la marina de guerra: se construyeron 36 navíos de entre 114 y 50 cañones, algunos realmente impresionantes como el primer barco de tres puentes español, el Real Felipe, un navío de 114 cañones construido en 1732 en los astilleros santanderinos de Guarnizo. La labor de rearme se verá consolidada con la llegada al trono de Fernando VI (1746-59) y el nombramiento como Secretario de Marina del marqués de Ensenada. Pretendía crear un ejército suficientemente grande y una flota importante y disuasoria que permitiera mantener las comunicaciones con el imperio y especialmente con América. La flota inglesa era demasiado fuerte, no se podía rivalizar con ella, pero si disuadirla con un fuerte rearme, "persuadir sin combatir", a la vez que se buscaba una activa política diplomática que lograra mantener delicados equilibrios y evitara la guerra. Esta inteligente política solo sería posible con la construcción de muchos barcos -inicialmente se pensó en botar nueve barcos al año-, pero también con la introducción de mejoras en la organización, en la formación de los oficiales y especialmente en el sistema de leva y la calidad de las tripulaciones. Durante el reinado de Fernando VI se introdujeron también grandes innovaciones técnicas en la construcción naval. Se abandonó el sistema Gaztañeta y se optó por los principios constructivos del sistema inglés, traído por los constructores británicos que vinieron a España gracias a la labor de Jorge Juan.

Ahora bien, el proceso de reconstrucción de la armada española encuentra su punto culminante con la llegada al trono de Carlos III (1759-88). En alianza con Francia, el nuevo rey se enfrentó abiertamente a Inglaterra con su nueva política marítima en el Atlántico. El esfuerzo constructivo fue enorme, multiplicándose los recursos para la marina. Se introduce un nuevo sistema constructivo de estilo francés, para lo que se trajo a España al marino e ingeniero naval Francisco Gautier, que buscaba barcos más veloces y menos pesados, con menor poder artillero. Sin embargo, a partir de 1782 se produce un nuevo cambio y se optó por los planos del ingeniero naval español José Romero Fernández de Landa. En los últimos años del reinado de Carlos III y los inicios del de Carlos IV, Romero Landa diseñó barcos muy marineros, resistentes y estables. Concibió una serie de barcos de tres puentes y 112 cañones, el primero de los cuales fue el Santa Ana, modelo y prototipo para otros posteriores, barcos excelentes como también eran el San Hermenegildo, el Real Carlos, el Salvador del mundo, el Conde de regla, el Príncipe de Asturias o el mejor de todos ellos, el Reina María Luísa.

Un detalle poco conocido de esa época que considero importante destacar es que una vez que España se sintió fortalecida, en busca de la revancha por la toma de La Habana por los ingleses, presentó a Francia a finales de 1766, un proyecto de alianza para el caso de una guerra con Inglaterra. Se trataba de una oferta de alianza ofensiva y defensiva. En el documento se partía de la base de la superioridad naval inglesa frente a España y Francia, incluso en el caso de que la suma de las marinas de ambos países arrojasen una cifra próxima a la de la marina británica, por la debilidad inherente a la necesidad de coordinar los intereses estratégicos y prioridades de los dos países, así como por la imposibilidad de defender adecuadamente unas posesiones dispersas, distantes y de gran extensión geográfica, por lo que se abogaba, en contra de lo que se hizo en la Guerra de los Siete Años, por la agrupación de fuerzas con objeto de amenazar de forma creíble a Inglaterra, bien fuera en la metrópoli o en sus colonias, obligando a este país a concentrar sus fuerzas en sus propias aguas y adoptar una postura defensiva.

Según este documento, en 1768 se esperaba que España tuviese cincuenta y ocho navíos y treinta fragatas, con seis navíos más y un número proporcionado de fragatas incorporándose cada año. También se advertía sobre la posibilidad de utilizar algunos navíos mercantes o de la Compañía de Caracas, que en su mayoría podrían ser armados con sesenta cañones. España se comprometía a tener armados, en el plazo de tres meses desde el primer aviso, cincuenta navíos y treinta fragatas, asegurando disponer de marinería suficiente para ello.

Se calculaba que las fuerzas combinadas de España y Francia dispondrían de 116 navíos y 70 fragatas, frente a 120 navíos y 80 fragatas británicas. Los objetivos de la guerra que se quería plantear eran exclusivamente marítimos, atacando posesiones ultramarina e intereses comerciales, por lo que se consideraba que no se debía sumar ningún otro país a este tratado de alianza ya que ello implicaría, con toda probabilidad, campañas terrestres que se querían evitar.

Recuerdo que mi tío Pedro de Acosta me contó un día que recién asumido su cargo el Capitán General Antonio María de Bucareli, lo citó a su despacho a mediados de abril del 1767, o sea unos meses antes de la llegada a Cuba del irlandés Mateo Mullan, para valorar con él un importante documento secreto que concernía a la actividad del Arsenal. En esta trascendental reunión con Bucareli participaron también el intendente de Marina el Conde de Macuriges, un representante de la Real Compañía de Comercio y el jefe de escuadra Juan Antonio de la Colina valorando la posibilidad de construir de inmediato en los astilleros locales varios navíos de tres puentes.

Años más tarde , siendo ya asentista, pude conocer el contenido de este documento lo que me permitió comprender que el nacimiento del Santísima Trinidad, en gran medida fue fruto de el precitado plán.

Ahora bien padre, expresé extrañada, ¿en que cifraba la Corona española sus esperanzas de éxito en tan arriesgadoproyecto?.

Bueno María Teresa, ocurre que en aquél momento se partía de la hipótesis de que Inglaterra decidiría concentrar sus fuerzas para protegerse de la amenaza de los navíos aliados franco-españoles, en cuyo caso se consideraba que necesitaría emplazar en sus aguas al menos 80 navíos, con lo que les quedarían disponibles unos 20 buques en el Mediterráneo, con los que no podría mantener la superioridad naval en este mar, y otros 20 en América. Esta situación hacía imposible un ataque franco español a Inglaterra, aunque también impedía a ésta atacar a sus dos enemigos. De acuerdo con este plan, a finales de octubre se enviarían 20 navíos de la escuadra de Brest a América, haciendo creer a los ingleses que se trataba del comienzo de las operaciones ofensivas contra las Islas Británicas, que se unirían a los 16 navíos franceses ya existentes en el Caribe, para atacar Jamaica, que se estimaba que caería antes de que Inglaterra pudiese reaccionar.

Pero Padre, exclamé con curiosidad, ¿Y si los ingleses decidían enviar una expedición para recuperar la isla?

En tal caso, se consideraba que deberían traer parte de las fuerzas navales que defendían las Islas Británicas, dando a los aliados la posibilidad de atacar algún punto desguarnecido de Inglaterra o Irlanda con los 50 navíos que les quedaban disponibles.

En cuanto a nuestra isla, en mi opinión el punto de mayor importancia era el que estipulaba que: "la escuadra francesa en el Caribe se dirigirá a Cuba donde embarcará seis batallones de infantería española junto con caballería y dragones, para la reconquista de Florida y Mobila, donde estas tropas permanecerán para reforzar las defensas de Florida y Luisiana.

Se puntualiza que bajo ningún concepto se debe desistir de este plan de ataque salvo que, para resarcirse de las pérdidas, Inglaterra decida desguarnecer sus posiciones en Europa". Por circunstancias de la vida que siempre está llena de imponderables, este ambicioso plan no se pudo llevar a cabo, aunque algunos de los acontecimientos ocurridos en las tres décadas posteriores, de una forma u otra, fueron el resultado de su concepción estratégica.

Hecha esta aclaración, recalcó mi padre, considero María Teresa que podemos proseguir la descripción de los navíos de línea, por lo que tomando de nuevo la pluma escribí: la distribución interna de un navío de 112 cañones consistía en bodega, sollado, tres cubiertas corridas, las de alcázar y de castillo y por último, la cubierta de toldilla.

En los fondos de la bodega se estibaba un lastre de cañones viejos rellenos de piedra y lingotes de hierro y piedras, con un peso de 552 toneladas. Encima iban las pipas de vino, la aguada, 35 toneladas de pólvora en barricas y 120 toneladas de balas de cañón, depositadas en una caja de grandes dimensiones instalada inmediatamente a proa del palo mayor. A popa de la bodega estaba el pañol del contramaestre, y a continuación, hacia proa, el pañol del encartuchado de la pólvora con mamparos de madera forrados de plomo; la despensa con barricas de carne, tocino, queso, etc., y el pañol de la leña. En el sollado se hallaban los pañoles del condestable, del carpintero, del calafate, del farolero, del sangrador, otro del contramaestre y el de velas. Rodeando por completo el sollado estaban dispuestos los llamados callejones de combate, espacios de libre circulación utilizados por los calafates y carpinteros para mantener la estanqueneidad del casco en caso de vías de agua producidas por accidente o proyectiles del enemigo.

El tipo de timón usado en los navíos de línea es el llamado timón de codaste, nombre que toma de la pieza estructural a la cual se articula aquel mediante unos goznes, sirviendo así el codaste de eje de giro al timón.

Los oficiales poseen cámara propia, y la dotación arma entre los cañones mesas para comer. Los retretes de oficiales, llamados jardines o leoneras, están situados en voladizos cubiertos en los extremos más bajos del espejo de popa. La marinería los tiene a proa, al aire libre y emplazados a ambos lados de la roda y fogonadura del bauprés; se denominan beques y son simples tablas con el correspondiente orificio.

A popa del palo trinquete, en la cubierta de combés, van instalados el horno de panificar y la cocina. Las bombas de achique, con una capacidad de 120 toneladas de agua por hora, están montadas a popa del palo mayor, en la cubierta de entrepuente. Con mares gruesas son manejadas por 150 hombres, que se turnan en este penoso trabajo.

Cada navío está dotado de una lancha de 36 pies de eslora y 8 de manga, construida de maderas fuertes y bien trabadas, utilizada para suspender las anclas, hacer aguada y víveres, transportar gente y, en caso de guerra, ser armada con un cañón de a 24, operación en la que los nuestros son maestros. Son de mucho peso y difícil manejo. También lleva dos botes de 30 pies de eslora, que se suelen estibar uno dentro de otro, encima de la lancha o en pescantes por la popa. A los navíos de este porte les corresponde llevar, por reglamento, cinco anclas de 3,5 toneladas de peso y 18 pies de longitud de caña y tres anclotes de 1,2 toneladas. Para su faena poseen un cabrestante en el castillo, otro debajo del alcázar y otro en el combés, que exigen el empleo de 260 hombres para levar en malos tiempos.

Estimado lector, un navío de línea es ante todo una enorme plataforma artillera. Cargada de munición y erizada de decenas de cañones y otros dispositivos artilleros. Los cañones varían en su calibre. En España se utilizan los calibres franceses de 36, 24, 18, 12, 8 y 6 libras. El calibre se establece según el peso de la bala que disparan, de ahí que se hable de libras. Estos se disponían en las sucesivas cubiertas, situándose en las inferiores los de mayor calibre y peso, 36 y 24 libras, disminuyendo de tamaño según se ascendía hasta la más superior, donde se situaban los menores.

Las portas se distribuyen a uno y otro costado del barco, a babor y estribor, en un número de entre 13 a 16 por batería o cubierta, más otras seis o siete en el alcázar. El barco puede disparar, aunque no era lo frecuente, por un lado y otro. Encima del sollado, y sobre la línea de flotación, corre la primera cubierta con la batería principal de artillería, consistente en 30 cañones de a 36 libras y portas para 4 cañones más de guardatimones, situados en popa y que servían para cubrir las retiradas; los navíos de segunda y tercera clase llevaban sólo dos portas guardatimones.

La segunda cubierta o de entrepuente monta 32 cañones de a 24 libras, mientras que la tercera cubierta o de combés se arma con una batería del mismo número de piezas, pero del calibre de a 12 libras. Por último en las cubiertas de alcázar y castillo llevan un total de 18 cañones de a 8, los situados a proa servían como cañones de mira o de caza, para las persecuciones.

Querida hija, a partir del Santísima Trinidad (1769) hasta el ya mencionado Santa Ana (1784) los navíos de tres puentes fueron armados de acuerdo con el reglamento de 31 de diciembre de 1766, que disponía emplear el calibre de a 36 sólo en tiempo de guerra, y precisamente para las primeras baterías de los navíos de dos puentes y superiores; para las segundas, el calibre de a 24; para las terceras, cañones de a 12, y para el alcázar, de a 8 y de a 6.

Más tarde, de acuerdo con el reglamento de 21 de octubre de 1803, se instalaron obúses con capacidad para disparar granadas en los alcázares de los navíos de tres puentes. Así, además de la artillería dicha anteriormente los navíos de 112 cañones llevaron obúses de a 24 libras recamerados del sistema Rovira.

Igualmente, a instancia del insigne marino José de Mazarredo Salazar,al que tuve el honor de conocer, tras el combate de San Vicente, la Armada española adoptó la llave de doble quijada sobre estopines, que tengo entendido está todavía en servicio en los buques españoles. Estas llaves de artillería sustituían a las mechas, que se apagaban fácilmente con el mal tiempo y eran más lentas en el disparo. Por cierto, en Trafalgar Gravina solicitó que se fabricasen estas llaves de fuego, que eran tenidas como unas de las mejores de Europa, pero no dio tiempo a fabricar más que unos pocos centenares, llevando el resto de los cañones llaves de fusilería montados sobre tacos de madera.

Un dato curioso es que los cañones suelen tener un apodo que, incluso, es grabado en el propio cañón, y que tienen nombres peculiares para su mejor reconocimiento por sus sirvientes, que se refieren siempre con dicho apelativo a su cañón.

Perdone que le interrumpa padre, en los grabados que están en la sala,los navíos aparecen pintados de diferentes colores. En el caso del Santísima Trinidad, ¿cómo estaba decorado al ser botado al agua?.

En esa época hija, existían diferentes estilos de pintar los buques pero el Santísima Trinidad lo fue más tarde conforme la variante que quedó refrendada en las Ordenanzas de Arsenales de 1776 que dice:

"El Ingeniero General observará que no se emplee otro color en la talla exterior y galones que el amarillo y negro: en las cámaras, el de porcelana y azul; y en los entrepuentes y castillo la tierra roxa, a menos que no haya una orden particular mía para variarlo en algún navío. Las faluas del Comandante General del departamento, Intendente e Ingeniería General, se pintaran de verde; los botes por la parte exterior, sus palos, botabaras y vicheros de amarillo y negro y la interior de roxa a diferencia de la popa que debe ser de porcelana con el escudo de mis Reales Armas".

Dicho diseño se reafirmó en la Real Orden de 17 de julio de 1781, previniendo a todos los buques de la Real Armada para que pintaran uniformemente los costados y la arboladura de color amarillo rojizo o almazarrón, con el casco negro, con las fajas de las baterías alternativamente negras y amarillas, que hacia 1810 fueron convertidas en blancas, quedándose el color de ante sólo para las arboladuras.

Claro, como siempre ocurre, hubo notables excepciones a la norma, como la del "Santísima Trinidad" que en Trafalgar lucía un imponente aspecto con sus franjas en rojo.

Pero ahora hija, volvamos a nuestros recuerdos históricos. Por Real Orden de 30 de marzo de 1769 el Santísima Trinidad había sido destinado al departamento de Ferrol en España y a propuesta de Juan Antonio de la Colina se nombró primer comandante del Trinidad al capitán de navío Joaquín de Maguna Echezarreta.

Desde la botadura al agua del Santísima Trinidad, durante casi un año se trabajó mui duro para artillarlo y abastecerlo de todo lo necesario para su navegación.

Mientras se desarrollaba la actividad de completar la artillería del navío con cañones de los distintos calibres, muchos de los cuales habían sido fundidos con el hierro y el bronce forjado en los crisoles habaneros, la comandancia general del puerto se enfrascó en la no menos complicada tarea de completar su tripulación, de ser posible con oficiales, marineros, artilleros etc. experimentados, lo cual no era nada fácil dadas las constantes levas llevadas a cabo con anterioridad durante la defensa de la Habana contra los ingleses y el completamiento de las tripulaciones de otros buques salidos no hacía mucho de las gradas del Arsenal.

A mediados de julio de 1769, el Capitán General Antonio María de Bucareli se entrevistó con mi tío Pedro de Acosta para analizar cómo iban las tareas de acondicionamiento del navío y las necesidades concretas existentes para culminar su puesta en disposición combativa. Durante la entrevista le comunicó que dadas las características de este navío se había dispuesto ofertar varias plazas para la Academia de Guardiasmarinas de Cádiz en España, lo cual era una oportunidad ambicionada por muchos jóvenes de las mejores familias, ya que les permitía ascender en la jerarquía militar a los muy solicitados cargos de oficiales a bordo de los buques de la Armada Real. En consideración al impecable historial acumulado por nuestra familia y en particular por mi tío en la construcción del Santísima Trinidad, el Capitán General le concedió como un gran honor, el de poder disponer de las plazas que creyese conveniente para ser distribuidas entre sus familiares y allegados.

Lleno de alegría, me llamó esa tarde para comunicarme la "buena nueva", subrayando que tenía una oportunidad dorada en mis manos de hacer una prestigiosa carrera en la Armada Real, por lo que me recomendaba aceptar esta tentadora oferta que me permitiría completar mis estudios, así como conocer España y otras latitudes. Si estaba de acuerdo partiría a bordo del Santísima Trinidad como pasajero al cuidado del capitán de la nave, tan pronto esta levantase anclas. Para apoyar su tésis, además de recordarme las glorias pasadas de mi heróico padre y de mi primo Antonio, así como de mi otro tío, el afamado Juan de Acosta, me decía que el Cuerpo de Guardiasmarinas era considerado como tropa de la Casa Real, y sustituía a los Guardias de Estandarte y a los Cadetes de Cartagena , a lo que añadió que para ser un buen asentista era conveniente navegar en diferentes buques para conocer a fondo todos sus detalles constructivos y su comportamiento al enfrentar los elementos de la naturaleza. Confieso que en ese momento no sentí ningún interés por la ofertta de mi tío, más bien me desagradó mucho, pues me obligaría a abandonar todo lo que para mi era importante, y en primer lugar a la hermosa Beatriz de la que no concebía separarme ni un instante. Incluso, al principio me embargó una especie de resentimiento contra Don Pedro, ya que llegué a pensar que deseaba desacerse de mi persona, a pesar que éste con las más afectuosas palabras trataba de persuadirme de que todo era por mi bien, y que no debía preocuparme por mi hacienda y propiedades, pues estas estaban correctamente administradas y al concluir mi servicio militar y regresar a Cuba cubierto de condecoraciones como de seguro sería, estarían de nuevo a mi disposición.

Pero al conocer que Bartolomé se había enrolado voluntariamente como carpintero a bordo del navío y que tanto éste como mi amada aprobaban la decisión de mi tío, poco a poco me vi obligado a ceder en mi negativa de aceptar la propuesta.

Que las mujeres son muy difíciles de entender amigos, ¡no es nada nuevo en este mundo!. Por extraño queparezca cada vez que conversaba con Beatriz sobre mis deseos de permanecer a su lado en Cuba y no aceptar la propuesta de Don Pedro, la muchacha, en vez de apoyar mi idea, manifestaba que por el contrario debía aprovechar esta oportunidad que me permitiría convertirme en un aguerrido oficial de la marina real lo que sería un verdadero orgullo para ella y todos mis familiares. Al referirse a lo expuesto, con la fantasía más alocada, me veía vestido con los vistosos uniformes de guardiamarina o de oficial de navío, dirigiendo peligrosas empresas de descubrimiento y exploración o combatiendo en enconadas batallas de las que siempre salía victorioso.

Analizado este tema con Beatriz en varias ocasiones, nunca llegamos a ponernos de acuerdo, por lo que opté por no volver a hablar de este asunto, pues el tiempo iba corriendo inexorablemente y si por fin decidía viajar en el Santísima Trinidad a España, me quedaban pocos meses para disfrutar de la compañía de mi idolatrada amiga. Después de fallecer mi tío Pedro de Acosta, Bartolomé me reveló que éste, al que no agradaban mis relaciones amorosas con Beatriz, presionó alpadre de la joven para que la obligara a convencerme como hizo, de que debía ingresar en la Armada Real y marchar a España. Esto explicaba su incomprensible posición hacia mi persona. No obstante, ciego de rabia, ¡juré ese día, no perdonar nunca ala chica por haberse plegado a estos designios!.

Mientras tanto, en las semanas sucesivas, al parecer para embullarme, mi tío me propició frecuentes entrevistas con experimentados "lobos de mar" que conocía por su trabajo como asentista, los que me relataban increíbles aventuras que habían vivido a lo largo de sus azarosas vidas a bordo de buques y bergantines, equipados en no pocas ocasiones para realizar misiones de corso que más parecían de piratería.

Aquellos desgreñados marinos que siempre por no sé que demoniaca razón olían a fuerte tabaco de mascar y a rones baratos de Jamaica, que maldecían como condenados a muerte y escupían a cada rato con sus desdentadas bocas, narraban sin pudor sus orgías en playas paradisiacas de allende los mares, en las que hermosas mujeres más parecidas a míticas sirenas, los esperaban con los brazos abiertos para estrecharlos contra sus generosos pechos desnudos. Algunos de ellos, a los que a veces faltaban manos o piernas, sustituídas éstas por amenazadores garfios o toscas "patas de palo", se atrevían a describirme los horrores de un huracán en el Caribe o de un tifón en las lejanas aguas del océano Pacífico, sus encuentros con espantosos monstruos de las profundidades abisales o con despiadados caníbales de impenetrables selvas, pero mi tío que no deseaba asustarme con tales narraciones, desviaba de inmediato el tema hacia otros más agradables.

No había semana en que no subiéramos a bordo de alguna nave fondeada en las tranquilas aguas de la bahía habanera, para que observara con mis propios ojos las maniobras de atraque y desatraque, de elevar anclas o de preparar los aparejos.

En otras oportunidades, nos trasladábamos al lado opuesto de la bahía, a una cercana elevación del litoral habanero, en donde se construía desde 1763 la descomunal fortaleza de San Carlos de la Cabaña , para recibir lecciones de los más experimentados artilleros sobre el manejo y diseño de los cañones y escuchar de cerca, las estruendosas detonaciones de sus piezas cuando hacían prácticas de puntería o disparaban salvas de saludo a algún buque recién llegado. La posición estratégica de esta fortaleza, enlazada con el castillo del Morro, y las diez hectáreas que ocupaba con más de 700 metros de muralla, la convertirían al terminar su construcción en la mayor de la isla y América. Su complejo diseño aplicaba los conceptos más avanzados de la ingeniería militar del siglo XVIII. Sin duda, La Habana era entonces una ciudad bien defendida. Además del Castillo de los Tres Reyes del Morro, situado en una roca elevada, de forma irregular, algo semejante a un triángulo, en cuyos muros y baluartes había cuarenta cañones montados; lo era también por la batería de los Doce Apóstoles, llamada así por montar igual número de cañones de a 36, situada hacia el interior del puerto en la parte baja de los baluartes del Morro que miran al sudoeste, casi al nivel del mar, y por la de la Divina Pastora, con 14 cañones a flor de agua, en un punto un poco más elevado que la anterior, haciendo frente a la puerta de la Punta. Hacia el oeste, en la misma entrada del puerto y como a doscientas varas de esta puerta, está el castillo de la Punta, de forma cuadrada, con cuatro baluartes bien montados de artillería, y en la misma dirección, ya en la ciudad, el llamado la Fuerza, con veinte y dos piezas, de igual forma y con el mismo número de baluartes que el anterior, aunque no de construcción tan sólida; el cual, además de ser la residencia ordinaria del Gobernador, servía de depósito a los caudales del Rey. Entre ambos fuertes, orillando la bahía, se extendían además algunos baluartes muy bien artillados.

Las precitadas enseñanzas bélicas se alternaban con clases de esgrima, de tiro con mosquete e intensivos entrenamientos con los remos que paulatinamente fueron fortaleciendo mi cuerpo y mi espíritu.

Varias veces mi tío me llevó a las tiendas que abastecían de ropa a los oficiales de la armada para que sin reparar en gastos,escogiese los atuendos de mayor lujo que fueran de mi preferencia. Un Acosta decía, debe lucir elegante hasta en medio de la metralla y las tormentas , a lo que añadió: ¡no tendrás nada que envidiar a esos "señoritangos" españoles que hoy pueblan los alcázares de los navíos de guerra!.

El primero de diciembre de 1769, asistí en unión de mi tío, a la ceremonia oficial de la toma de posesión del mando del Santísima Trinidad por parte del Capitán de Navío Joaquín de Maguna Echezarreta . Ese mismo día, fue develado el mascarón de proa ,que de acuerdo con la tradición tenía la figura del león engallado que ostentaban todas las embarcaciones de la Armada hasta entonces. A finales de este mes, se conoció en La Habana la noticia de que el 15 de noviembre de ese año, la Academia de Guardiasmarinas había sido trasladada a la Isla de León desde su sede inicial en el Castillo de la Villa en Cádiz, lo que por supuesto no modificó en nada la decisión de mi tío de enviarme a estudiar a ese lugar.

Por último, un invernal día deenero de 1770, con gran solemnidad, Don Pedro descolgó de una de sus panoplias preferidas, una hermosa espada de acero de Toledo que había pertenecido a mi padre, entregándomela después de besarla, con la advertencia de que nunca deshonrara aquella reluciente hoja de dorada guarda y noble empuñadura que muchas veces se había batido en defensa de nuestro ilustre apellido.

Esta especie de ceremonia sagrada, que recordaba las antiguas tradiciones de ordenar a un caballero andante, fue completada al mostrarme mi tío una bolsa repleta de doblones de oro que pensaba entregar al capitán de navío Echezarreta para asegurar mi manutención durante la estancia en la academia naval, y regalarme acto seguido, un precioso estuche de ébano que contenía un par de modernas pistolas de chispa, con llaves de pedernal, fabricadas en Italia.

Querido sobrino, me recalcó al poner en mis emocionadas manos las marciales armas, ¡ahora ya estás preparado para navegar!.

Comprendí entonces, con una mezcla de miedo y ansiedad que el momento de mi inevitable partida se acercaba!.

* * *

CAPITULO IV

DESPIDIÉNDOME DE MIS SUEÑOS

Como es natural, tan pronto comprendí que se acercaba el momento de mi partida hacia España, lo primero que hice fue salir corriendo para la humilde morada de Beatriz, para comunicarle esta noticia, y aunque no puedo decir que ese día fue la despedida que deseaba, traté de aprovechar los pocos instantes que me quedaban en la Habana con ella, multiplicando mis furtivos encuentros.

El primer domingo de febrero tenía acordada una de estas citas. Al llegar, la casa se encontraba de fiesta, pues desde temprano agazajaban a Bartolo con un almuerzo que era de lujo para aquella familia sin muchos recursos. Al parecer mi amigo movido por similares sentimientos a los míos, los visitaba para consolar a la pobre Rosa que muy afligida lloraba a lágrima viva por su partida. Al aparecer por la puerta de entrada abierta de par en par, a pesar de las bajas temperaturas imperantes, todos mostraron su satisfacción por mi llegada haciéndome un hueco en una de las rústicas banquetas que por casualidad o intencionalmente, se encontraba al lado de Beatriz. En realidad, se podía afirmar que Bartolomé sí se estaba despidiendo, pues como miembro oficial de la tripulación del Santísima Trinidad, ésta sería acuartelada varios días antes de la partida para asegurar que no hubiesen deserciones de último momento que comprometiesen las faenas de abordo. Ese día, parecía que no podría tener muchas expansiones amorosas, ya que Mateo, el cabeza de familia se encontraba presente y dirigía como un consumado maestro de escena, los copiosos brindis que con aguardiente de caña se hacían "para entrar en calor", en honor de Bartolomé y mi persona.

Antes de acudir a la casita de la Calzada del Arsenal, había acompañado a mi tío a una solemne misa oficiada en la iglesia parroquial mayor por el distinguido clérigo Santiago José de la Hechavarría, que sustituía en el cargo al muy ilustre obispo Morell de Santa Cruz fallecido a finales de 1768.

Pedro Agustín Morell de Santa Cruz y de Lora había sido nombrado en 1749 obispo de León y en 1754 obispo de Cuba. Como autoridad eclesiástica se preocupó por brindar protección a los sectores marginados de acuerdo con los patrones de la caridad cristiana, paliar algunos de los más ingentes males sociales, extender la presencia de la Iglesia, en particular en los campos y en las ciudades, villas y pueblos del interior del país, ampliar la instrucción pública, dignificar el culto y crear hospitales que garantizaran la atención de los enfermos. Durante la ocupación inglesa de La Habana - de agosto de 1762 a julio de 1763 - Morell se opuso reiteradamente a ejecutar las órdenes de las autoridades británicas de ocupación, lo que le valió el destierro a San Agustín de La Florida. De regreso tras la restauración española, el obispo propuso en 1764 un proyecto de creación de una provincia eclesiástica para Cuba. Como Catedral Metropolitana debía servir la entonces Parroquial Mayor de La Habana. Hacia 1768 la salud de Morell de Santa Cruz se hallaba ya muy deteriorada. En diciembre de ese año estaba postrado en su cama, y el 29 al anochecer se agravó. Falleció esa noche y se le dio sepultura el 31 de diciembre de 1768.

Durante la ceremonia a la que me refiero, la flor y nata de la oficialidad del Santísima Trinidad, hincadas las rodillas, embargados de fervor religioso ante la imagen del Cristo crucificado, elevaban sus devotas plegarias al cielo implorando una navegación sin contratiempos hasta el Ferrol. Esta circunstancia me salvó de los bríndis iniciales, por lo que después de la cena, a diferencia de Bartolo y Mateo el carpintero, todavía tenía la cabeza suficientemente despejada como para planear con Beatriz la forma , lugar y hora en que nos veríamos antes de partir, lo que en principio sería el próximo 15 de Febrero en su casa, ya que el navío debía zarpar el 19. En un descuido de sus padres, aproveché la ocasión para darle un apasionado beso en sus encarnados labios, a la vez que le juraba por los diez mandamientos que la amaba más que mi vida y que volvería pronto para hacerla feliz. A lo que respondió:!ojalá que sea cierto!, pues mi madre dice que los hombres prometen siempre a las incáutas mujeres vyllas y castillas, pero cumplen poco lo que ofrecen. Para borrarle estos pensamientos tan pesimistas, le recité unos versos que le había compuesto:

EL HADA DEL POETA

Si Dante tuvo a Beatriz

Y el Quijote a Dulcinea,

Mi Musa es un hada hermosa

Que mis versos orienta.

En vuelta en rayos de luna

Del arcoiris desciende,

Con su varita encantada

Ilumina de pronto mi mente.

A cambio sólo me pide

Esta diosa protectora,

Que nunca olvide que existe

Su magia bienhechora.

Con alas de mariposa

Y el fulgor de una estrella,

Para contarme sus cuitas

Se acerca hoy la doncella.

De sus ojos de esmeralda

Brotan lágrimas de perla,

Pues del poeta enamorada

Muere la ninfa de pena.

Como premio, me dio un beso más fogozo que el mío que auguraba otros aún mejores, pero viendo que eran casi las siete de la tarde decidí despedirme y regresar con premura a mi hogar, en previsión de que no fuesen a cerrar las puertas de la muralla y me quedase fuera de extramuros. En esta ocasión, no temía ninguna reprimenda de mi tío pues aunque nada me expresaba al respecto, estaba convencido que toleraba mis últimas correrías en La Habana, ya que pronto abandonaría estos lares.

Como la estación invernal estaba avanzada, anochecía muy temprano, por lo que apuré el paso por la desierta Calzada del Arsenal en busca de la entrada a la ciudad. Desde la bahía me llegaba un molesto vientecillo más frío que lo ordinario, pues aunque en esta tierra insular vivimos en una especie de eterno verano, los inviernos muchas veces hacen descender la temperatura con sus gélidos nortes que empujan las embrabecidas olas contra los riscos del Castillo de los Tres Reyes del Morro. Fue una suerte que ese día llevase ceñida la preciosa espada de mi padre que Don Pedro me había entregado, ya que quería pavoneárme un poco a lasalida de la Iglesia Parroquial Mayor ante los aguerridos oficiales de la Armada Real, para que vieran que aunque todavía mi rostro no mostraba señales de barba o bigote, en mi cintura, colgando de un precioso tahalí, resplandecía un acero que el más encumbrado caballero español podía envidiar. Tal vez es hora de decir que a pesar de mis pocos años , si no fuera por mi rostro de adolescente , mis casi 6 pies de estatura, mi fuerte complexión física y mi voz varonil, me permitían alardear de una mayor edad.

Digo que fue una suerte, pues no bien había caminado unas cuadras cuando de unos matorrales cercanos a un antiguo basurero salieron al camino tres nervudos sujetos de fornida talla y rostros patibularios, en los que a pesar de la oscuridad se podía adivinar su intención de despojarme de bolsa, traje y a no dudar de la vida. Uno de ellos que al parecer comandaba la cuadrilla de malhechores, con las más soeces expresiones que pudiese recordar, me conminó a entregar todo lo de valor que llevaba encima, so pena de "cortarme el gaznate" con una filosa navaja que portaba en su diestra. Otro de los forajidos blandía un pesado garrote, mientras el tercero vigilaba el camino por si alguien acudía en mi auxilio.

Lo que no podían esperar estos desalmados, fue mi relampagueante reacción, pues desenvainando mi espada, los enfrenté como si fuera un Don Juan de Austria o un Cyrano de Bergerac, sin darles oportunidad ni cuartel, con certeras estocadas aprendidas durante mis clases de esgrima que fulminaron como un rayo a mi atacante, mientras los otros, al ver el resultado de mi envalentonada defensa, decidieron poner pies en polvorosa, antes de arriesgarse a una acción de dudosos resultados para ellos. Lamentando no portar esa noche mis flamantes pistolas italianas, pues con ellas no hubiera quedado en pie ni uno solo de los rufianes, tras percatarme que en derredor no se veía a nadie que hubiese presenciado la pelea, sin preocuparme por comprobar si el desdichado tirado en el suelo estaba vivo o muerto, apuré el paso para abandonar aquel siniestro paraje y ponerme a salvo tras las murallas de la ciudad.

Al leer estas líneas, tal vez algunos se pregunten, ¿cómo es posible que siendo tan joven, en aquel momento no sintiese escrúpulos por usar mi acero contra un individuo?. Para comprender este dilema, el lector debe saber que deambular por las calles de la Habana en horas de la noche y en especial por los territorios de extramuros siempre ha sido algo muy riesgoso, por lo que en la práctica no había día o semana en que la población conociese de la ocurrencia de un asalto o pendencia, en los que con frecuencia algún cristiano era lesionado o perdía la vida. Por ello, desde muy temprana edad se nos enseñaba que si no teníamos el valor de utilizar las armas en defensa propia, era mejor permanecer al abrigo de las sólidas puertas del hogar bien trancadas para impedir que los malhechores hiciesen zafra con supecunio, Pues aunque rondas de soldados y milicianos recorrían de vez en cuando el mal iluminado entramado de la ciudad, casi siempre brillaban por su ausencia en el momento en que ocurría un hecho de esta naturaleza.

Una vez en casa, mi tío Don Pedro notó que algo había sucedido por mi agitado aspecto y algunas manchas de sangre en mi vestido, por lo que muy preocupado me exigió que le contase lo acaecido, a lo que accedí, pues a esa altura ya se me había disipado todo rastro de mi anterior bravura y comenzaba a reflexionar sobre las funestas consecuencias de lo que había hecho. Luego de interrogarme varias veces sobre las circunstancias de la riña y asegurarse de que al parecer no existían testigo de lo ocurrido, mi tío me tranquilizó, subrayando que sin dudas los atacantes eran bandidos buscados por la justicia, por lo que al final debían agradecerme si había despachado a uno de ellos al infierno. No obstante, me hizo darle mi palabra de honor de que no volvería a regresara deshora, pues si insistía en mis tardanzas, se vería obligado a prohibirme la salida hasta el momento del embarque en el Santísima Trinidad. Esta promesa que me obligó a prestar delante del retrato de mi difunto progenitor, me hizo modificar en parte mis planes de despedida con Beatriz.

A la siguiente mañana, temeroso todavía de que pudiera sufrir alguna represalia por parte de los criminales que habían logrado escapar o que los aguaciles de la justicia se presentaran en nuestra vivienda para pedirme cuenta por la sangre derramada, decidí quedarme en casa, en donde me sentía más a resguardo que si estuviera en el castillo de La Real Fuerza, tanto más al observar como mi tío colocaba a su alcance un vetusto pero efectivo trabuco. Estos preparativos me devolvieron el arrojo perdido, por lo que por mi parte cargué con pólvora, bala y taco mis pistolas dispuesto a disparar contra el primero que osara penetrar en nuestro hogar para atacarnos.

Pero cuando el sol despuntó en el horizonte el segundo día, valoré que había perdido miserablemente 24 horas de las pocas que me quedaban en San Cristóbal de La Habana, por lo que decidí salir a la calle desde temprano, pues si importante era despedirme de mi dulce Beatriz, también lo era de aquella acogedora urbe, en cuyas familiares calles había crecido y que a pesar de las desigualdades y peligros que en ella imperaban, amaba como ningún otro lugar sobre la tierra. Conocedor de que deseaba dar un recorrido por la ciudad, Don Pedro insistió en que utilizase su quitrín que ponía a mi disposición, dando órdenes al calesero de que me ayudase en en todo lo que necesitara. No obstante, agradeciendo el gesto de mi tío decliné su oferta alegando que prefería caminar por la mañana para estar en contacto físico con los lugares que deseaba visitar, preservando el uso del quitrín para las horas de la tarde en que las jóvenes habaneras acostumbraban a salir para mostrar sus encantos en público. Eso sí, le rogué que me adelantara algunos castellanos de oro de mi caudal hereditario, pues necesitaba realizar unas compras, a lo que para mi asombro accedió sin rechistar.

Dicho y hecho, saludando eufórico a los vecinos con los que me cruzaba, me encaminé por Obra Pía hacia la zona cercana al puerto, para dar comienzo a mi excursión de despedida por la ciudad. Despreocupado, fui avanzando hasta bordear la tapia cubierta de azules aguinaldos de la morada propiedad de Don José de Heredia, cuya fachada estaba por San Ignacio. A sólo unos pasos, frente a la muy antigua casa del capitán Gaspar Rivero Vasconcelos, me encontré con una de nuestras criadas que regresaba de comprar hortalizas y unas suculentas rosquillas que me brindó como merienda y que acepté sin vacilar.

Tras dejar atrás laentrada de la mansión de Martín Calvo de la Puerta, cuyas obras benéficas con el fin de dar sostenimiento económico cada año a cinco jóvenes huérfanas para que puedan formar familia dieron nombre a mi calle, me paré en la esquina de ésta y Mercaderes para contemplar las viviendas que me rodeaban. Aunque todavía era muy temprano, ya a esa hora, la estrecha arteria estaba muy concurrida y un incontable número de vendedores callejeros atronaban el espacio con sus improvisados pregones, lo que le daba un aire peculiar a la vida urbana de San Cristóbal de La Habana. Otro detalle tradicional es que el caminante puede mirar sin dificultad las escenas domésticas en el interior de las viviendas, que por estar todas las ventanas abiertas, muestran a las mujeres ocupadas en coser, conversar o alguna simple tarea. Una banda de rapazuelos que pas´ó por mi lado corriendo descalzos por el empedrado detrás de un aro con el que jugaban me sacó de estas reflexiones.

El día, bastante fresco, era propicio para los paseos matutinos, por lo que proseguí mi camino. Me detuve un instante ante la puerta del hogar de la familia Alberro Peñalver con la que teníamos buena amistad, pero al ver que estaba cerrada, continuéla marcha silbando una tonadilla, hasta llegar a la intersección con la calle Oficios por la que dobléa la derecha, pasando por frente a la renombrada residencia del Tesorero Baltazar de Soto,en busca de mi objetivo .

Amigo lector, no oculto que desde pequeño me encanta deambular por las calles, observar las casas o edificios. Sean como sean, los encuentro interesantes. En los días en que acontecían estos hechos, la ciudad no disponía como hoy de las hermosas calzadas de la Alameda de Paula y de Extramuros al que muchos llaman del Prado, ni se había extendido tanto en la construcción de lujosas residencias y palacetes invadiendo territorios que antes eran solares yermos. Por ello, la vida social de una población que alcanzaba aproximadamente las 70,000 almas, se manifestaba en sus principales plazas, por lo que concentré en ellas toda mi atención.

En primer lugar, visité el amplio espacio de la plaza de San Francisco. a solo 300 pies de distancia en dirección a la bahía de La Habana, en una ensenada, que se rellenó en 1628 se encuentra este pintoresco conjunto que tomó el nombre de San Francisco por el establecimiento allí de la orden religiosa, que comenzó la construcción de un humilde convento en 1575. El destino principal de esta plaza, además de servir a las armadas para hacer sus aguadas, fue el de depósito de las mercancías que llegaban al puerto, lo que duró hasta la construcción de tinglados en los muelles. Todas las casas correspondientes a este sitio, fueron ocupadas desde los primeros tiempos por personas importantes. Con el siglo XVIII mejoró su entorno al empedrarse la calle llamada de los Oficios y culminarse la construcción del nuevo Convento de San Francisco de Asís, que tiene la torre más alta de la Isla. Las viviendas de la aristocracia habanera paulatinamente han ido engalanando el lugar como fiel símbolo de los nuevos códigos arquitectónicos y la plaza se ha convertido en un espacio fundamental de la ciudad. Mientras recorría sus diferentes ángulos que deseaba guardar en mi memoria, por el canal de entrada al puerto habanero, se desplazaba en esos momentos ligera una fragata que enarbolaba el pabellón de Francia, mientras que en la rada varias barcas de pescadores y goletas de carga elevaban anclas para iniciar sus faenas cotidianas. En el centro de la bahhía, reposando como un bíblico cetáceo, se destacaba la silueta del Santísima Trinidad que empequeñecía con su aspecto, a las demás embarcaciones fondeadas a su alrededor.

Después de compartir un rato con un grupo de compañeros de la escuelita privada en la que había cursado mis primeros grados que estaban interesados en conocer si era cierto que partiría para España a bordo del imponente navío y despedirme de unas amistades que vivían cerca, me dirigí hacia la Plaza de Armas pasando ante las almenas del castillo de la Real Fuerza. En este sitio tan emblemático para la historia de la ciudad,, la primera plaza existió junto al litoral desde el asentamiento final de la villa; se conocía como "de la Iglesia" y sus funciones eran comerciales y públicas. Inicialmente se situaron a su alrededor las casas de los principales vecinos de la naciente población. A fines del siglo XVI adquirió su forma definitiva, entre La Real Fuerza y la antigua Parroquial Mayor. Luego de la construcción de la Real Fuerza se destinó a ejercicios militares y se nombró Plaza de Armas, con lo cual perdió su carácter público. Durante el último tercio del siglo XVIII, tras un período de decadencia, se remodeló al derribarse la Iglesia Parroquial Mayor y se construyeron el Palacio de Correos e Intendencia, más conocido como "Palacio del Segundo Cabo", y el Palacio de los Capitanes Generales, los edificios públicos más relevantes de la urbe. Hoy en día en la Plaza de Armas, se puede apreciar además el monumento llamado El Templete, construido en 1828 en el sitio que se supone se celebraron la primera misa y el primer cabildo en La Habana en 1519.

Pero el día de mi paseo, nada de ello existía. En las cercanía de la Parroquial Mayor cuyo edificio estaba muy afectado primero por la explosión en 1741 de el navío de guerra "Invencible" surto en su cercanía, al caer un rayo en la santabárbara del mismo, y la destructiva acción de la tormenta Santa Teresa en1768, una compañía de soldados de infantería de todo uniforme portando sus reglamentarios mosquetes, hacían sus evoluciones y marchas , mientras varias beatas salidas del templo los aplaudían entusiasmadas. Como lo último que deseaba a esa hora era presenciar prácticas militares, abandoné presuroso el sitio encaminándome hacia la cercana plaza de la Ciénaga que fue la última de las principales plazas en formarse.

En la segunda mitad del siglo XVI algunos vecinos construyeron allí sus viviendas, llamándola "de la Ciénaga" porque a ella llegaban las aguas que corrían a lo largo de la villa para desembocar al mar y se anegaba con las mareas. Por esa razón, el primer acueducto que tuvo La Habana, la Zanja Real, desaguaba por el boquete abierto en un muro de la plaza. En el siglo XVIII se fue transformando en uno de los centros fundamentales de la ciudad. Familias adineradas de la sociedad habanera fabricaron mansiones que son orgullo de la ciudad. Pero el aspecto de esta plaza que observaban con curiosidad mis ojos aquél día de febrero de 1770, cambió totalmente, su nombre también, convirtiéndose en Plaza de la Catedral después que fue elevada a este rango la antigua Iglesia de la Compañía de Jesús, que sobresalía en uno de sus extremos. Durante el siglo XVII y hasta inicios del XVIII no sólo se utilizó para abastecer de agua a las embarcaciones, sino para otras actividades relacionadas con el mar, como coser velas, tejer jarcias, reparar la artillería o ejecutar obras de carpintería de gran tamaño. El primer astillero de la ciudad fue localizado en esa zona.

Se levantó un plano de la plazuela y se concedieron en merced algunos terrenos aledaños que no perjudicaban a su trazado. De aquí provino la mayor belleza y esplendor de la despreciada plazuela porque el prelado habanero don Diego Evelino de Compostela interesado en establecer una misión y colegio de padres jesuitas adquirió en 1700 un terreno y allí fabricó a San Ignacio de Loyola una humilde ermita de horcones y techo de guano u hojas de palma.

Los jesuitas quisieron convertir la pobre ermita en amplia iglesia, convento y colegio, a pesar de la oposición del Procurador de la Ciudad a toda nueva fabricación en la Plaza, que la consideraba conveniente y necesaria para la defensa militar de la Ciudad. Pero los jesuitas ganaron la partida y en diciembre de 1721 se les concedió el permiso. En 1748 se puso la primera piedra del oratorio de los hijos de San Ignacio, poniéndolo bajo la advocación de Nuestra Señora de Loreto, nombrándolo Santa Casa Lauretana.

En 1767, ya terminado el colegio y aún no concluida la iglesia, fueron expulsados los jesuitas de España y sus posesiones; pero a la construcción elevada en la Plaza de la Ciénaga le esperaba un destino mucho más brillante: en 1772, en vista del estado de ruina y peligrosidad del primitivo edificio de la antigua Parroquial Mayor, frente a la Plaza de Armas, se acordó ubicarla provisionalmente al Oratorio de San Felipe de Neri y el 9 de diciembre de 1777 se trasladó solemnemente a la iglesia de los jesuítas.

Nunca he sido muy inclinado a misas , rezos e iglesias , lo que al parecer me viene de familia , pero aquél día algo me movió a penetrar en el templo aún en construcción. En su vestíbulo, poblado de desvalidos y pordioseros, una infeliz anciana ciega acompañada de dos andrajosos mocosos que aseguraba eran sus nietos, me pidió una limosna para mitigar su miseria, la que no vacilé en dar con largueza , pues quien no haya cerrado porunos minutos sus ojos e intentado caminar , no puede entender en toda su dimensión el horror de encontrarse en la espantosa situación de un invidente y tener que pasar su vida sumergido en las tinieblas.

Ya en el interior del oratorio, debo admitir que una especie de paz me invadió haciéndome creer que el tiempo se había detenido por completo y que nada era mas importante que comunicarme en silencio con la divinidad, para pedir perdón por mis numerosos pecados cuya lista había engrosado con los perpetrados recientemente. Pero el implacable Cronos seguía avanzando, por lo que después de encender una vela ante la imagen de la virgen María y comprar en la sacristía un bello rosario con cuentas de nácar y crucifijo de plata para Beatriz , salí del santuario para concluir mi recorrido en la Plaza Nueva.

Se afirma que la bulliciosa actividad en la Plaza de San Francisco, donde se reunían vendedores y pregoneros, entorpecía el desarrollo de la misa de la iglesia y atendiendo a ello los padres franciscanos solicitaron la creación de una plaza con fines comerciales.

Desde el siglo XVI el Ayuntamiento decretó el establecimiento de esta plaza a unos 300 pies del convento, pero no fue hasta finales del siglo XVII que la entonces identificada como Plaza Nueva floreció casi de manera espontánea. La plaza representó el primer intento planificado de ampliación de la ciudad. Constituyó un área utilizada para distintas modalidades, como zona de residencia, comercial y recreativa, sin contar con construcciones religiosas o de tipo político-militar.

En el siglo XVIII la Plaza fue convertida en mercado popular. En 1814 con el nacimiento del Mercado Nuevo de la Plaza del Cristo, pasó a denominarse Plaza Vieja para diferenciarla de ésta. Si un lugar deseaba recorrer era precisamente la Plaza Nueva ya que por aquellos días era el espacio más concurrido de la ciudad, en la que además de ofertarse mercancías de las más disímiles procedencias, era posible descubrir los abigarrados personajes de esta ciudad en la que prácticamente todos los tipos y razas humanos tienen cabida.

Ese crisol de rostros y colores era un reflejo de una sociedad que estaba profundamente mestizada y con grandes niveles de desigualdad. El poder económico había aumentado entre los hacendados y grandes comerciantes haciéndolos cada vez más ricos, mientras las capas humildes de la población se tornaban más pobres. Eso lo tengo claro hoy , pero a mis 14 años me parecía lo más natural de este mundo, al que unos venían a gozar y otros a sufrir.

Después de comer unas sabrosas empanadas que ofertaba una afamada bollera del lugar, y rechazar los servicios de cartománticas, adivinadoras y sacerdotisas de exóticas deidades africanas que deambulaban por doquier, me dirigí hacia un ángulo en que varias tiendecillas vendían mercancías de sospechosa procedencia, en las que adquirí a buen precio, una estola de pura lana con hilos deplata entrelazados y una mantilla española para mi dulce mestiza de los ojos verdes.

Sabedor de que hasta por la tarde no se dejarían ver los carruajes que transportaban a las hermosas damas que concurrían a las fiestas que todas las noches se organizaban en los salones de algunas de las amplias residencias que adornaban el lugar, decidí regresar a casa para almorzar y coordinar con mi tío el uso del quitrín que me había prometido.

Según acordé con Don Pedro, después de la siesta recorrí los establecimientos de la calle Mercaderes. Esta calle debe su nombre a la cantidad de tiendas de mercadería, en las que se halla lo más precioso de los tejidos de lana, lino, seda, plata y oro entre otros artículos. En una de ellas compré un deslumbrante vestido de noche y un relicario de oro con los que deseaba completar los regalos que entregaría a Beatriz antes de mi partida. A las seis de la tarde me encontraba de vuelta en la Plaza Nueva, a donde fuí llevado por mi servicial calesero en el lujoso quitrín de mi tío, por lo que atraía las miradas de transeúntes y hermosas mujeres que adornadas con sus mejores vestimentas, paseaban de una esquina a otra de la larga plaza, conversando con amistades, recibiendo los requiebros y piropos de enamorados galanes o aspirando la fragancia de las rosas que por encanto adornaban ahora balcones y entradas, para disfrute de los sentidos.

Quien no ha conocido a las habaneras de aquellos días, no puede imaginar la delicada feminidad que de las mismas emana. No soy de esos exaltados que piensan que las mujeres de mi tierra son las más bellas del mundo, pues luego al visitar otras latitudes descubrí que la hermosura reina en muchos países, pero la gracia, el donaire y la delicadeza de las cubanas, en mi opinión no tienen parangón en la tierra. Engalanadas con vestidos de finas sedas, costoso lino y muselina, bien cortadas a la moda con sus pequeños pies calzados en botines de la más exquisita factura, aquellas jóvenes que parecían ninfas del bosque, con sus cabellos primorosamente trenzados en deliciosos bucles o artísticos peinados, perfumadas con esencias florales, cubiertas de joyas como si fueran al más refinado palacio o a la ópera de París, invertían sus horas vespertinas en una sola actividad: la de mostrarse a sus admiradores como si fueran portentosos cuadros salidos de los pinceles de un Rúbens, un Rafael o un Boucher.

Pero mi propósito fundamental a esa hora, además de deleitarme con la visión que les he narrado, era precisar si había algún sytio en intramuros en el que el 15 de febrero, me pudiera encontrar con Beatriz, lejos de las protocolares convenciones sociales que me impedían compartir en la alta sociedad con una mulata por bella y virtuosa que fuera. Al respecto pude averiguar que cerca de allí residía una familia procedente de la Luisiana como la madre de Beatriz, famosa en la ciudad por los sonados "bailes de cuna" que organizaba, a los que no sólo asistían mestizos y pardos libres ligados con las artes y la música popular, si no también jóvenes blancos de buenas familias deseosos de diversión.

Ocurre que en esa fecha, por no se que malhadada coincidencia, el Capitán General de conjunto con el Conde de Macurijes, agazajaban en la residencia de este último a la oficialidad del Santísima Trinidad con un espléndido banquete, al que asistirían además de las autoridades coloniales las más renombradas familias de la aristocracia habanera. Como es lógico, mi tío estaba invitado, y me pidió que lo acompañase para que participara por primera vez en un convite de tan elevado nivel. Este acontecimiento, parecía que me impediría despedirme de Beatriz como deseaba, pero fragüé una cuidadosa estratagema, que de no existir algún inesperado contratiempo, me permitiría aprovechar esta circunstancia a mi favor.

En principio, el plan era muy sencillo. Consistía en que Beatriz avisada de antemano de lo que íbamos a realizar, se trasladaría el día de la celebración para casa de una amiga de su madre que era su madrina de bautizo y por suerte vivía a unas cuadras de la Plaza Nueva, en la que me esperaría con el vestido que le regalaba puesto, para acompañarme al baile que tendría lugar esa noche. Como se supone que yo era uno de esos mozalbetes adinerados que asisten regularmente a estas fiestas , acudiríamos en un coche de alquiler. Esto me permitiría retornar a casa sin contratiempo, pues todo se desarrollaba en intramuros, mientras que mi amada regresaría al otro día a su hogar sin ningún riesgo para su moral y su persona, ya que su madrina nos acompañaba como chaperona. Eso sí, para llevar a cabo mis designios, tendría que inventar alguna excusa para ausentarme en algún momento oportuno del banquete oficial sin levantar sospechas en mi tío, ni ofender a los anfitriones que graciosamente nos habían invitado a tan distinguida ocasión.

Con ansiedad creciente, mientras preparaba mi equipaje para el viaje, conté uno a uno los días que faltaban para el 15 de febrero, complaciendo a Don Pedro en todo lo que me pedía, a fin de allanar cualquier dificultad de último minuto.

Cuando por fin llegó la fecha señalada, como se me había indicado, a las seis de la tarde me encontraba vestido con mi mejor atuendo en la salida de carruajes de nuestra casa, para acompañar a mi tío a la cena que ofertaba el Capitán General Antonio María de Bucareli y Ursúa en el palacete de Don Lorenzo Montalvo Ruíz de Alarcón y Montalvo, Conde de Macurijes, a la alta oficialidad del Santísima Trinidad, para despedirlos antes de su partida para España.

Lorenzo Montalvo Ruiz de Alarcón y Montalvo era un noble español natural de Valladolid, nombrado en 1742 Intendente General de Marina, Ministro de la Fábrica de Bajeles, de la Real Hacienda y Cajas de La Habana. Cuando la toma de esta plaza por los ingleses en 1762, se distinguió notablemente por su acertada intervención por lo que Carlos III de España le otorgó, por Real despacho del 28 de junio de 1765, el título de Conde de Macuriges. Mi abuelo Juan de Acosta y Lorenzo no ligaron nunca, eran como el aceite con el vinagre, pero mi tío Don Pedro que era muy práctico, mantenía buenas relaciones con el Intendente.

Al llegar a la lujosa mansión, la servidumbre del Conde nos estaba esperando formada en la entrada a la usanza antigua, para darnos la bienvenida, siendo introducidos en la residencia por un chambelán de entorchado uniforme que portaba un bastón ceremonial y anunciaba en voz alta los nombres, cargos y títulos de los recién llegados.

Una vez adentro, mientras aguardábamos una indicación para sentarnos en las mesas, instaladas en el amplio patio central, fui presentado al Comandante del Santísima Trinidad el capitán de navío Joaquín de Maguna Echezarreta que estaría encargado de mi custodia hasta matricular en la Academia naval de Cádiz, así como al Capitán General de la Isla de Cuba que al conocer que sólo tenía 14 años de edad, expresó: ojalá Don Pedro que tuviésemos en España muchos gallardos jóvenes como su sobrino que nutriesen las aulas de nuestras academias militares, pues ¡obtendríamos de seguro mayores victorias en la tierra y en el mar!.

En virtud de que en el vestíbulo proseguían los altisonantes anuncios de los apellidos de la aristocracia habanera, encabezada por los miembros de las casas del Marqués de Cárdenas, de Monte-Hermoso, los Condes de Jaruco, Bayona y otros no menos encumbrados, decidí acercarme a los hijos del segundo matrimonio del intendente Lorenzo Montalvo con doña Teresa de Ambulodi y Arriola: María de Loreto, Josefa Lorenza, Francisco, Rafael, Pedro e Ignacio, que eran unos jóvenes muy simpáticos que al conocer que iba a ingresar en la Armada Real, me invitaron a compartir con ellos su mesa lo que acepté con satisfacción, sobre todo porque quedé sentado a la diestra de Josefa Lorenza la más atractiva de las hermanas que se desvivió por agradarme.

No voy a cansar al lector con descripciones de los abundantes y suculentos platos que se sirvieron esa noche, pues una característica de los banquetes organizados por la alta jerarquía criolla es la de rivalizar cada vez que hay ocasión, con las más distinguidas mesas de un Luis XVI o un Carlos III. Por ello, solamente les diré que transcurrida una hora de encontrarme cenando, decidí que había llegado el momento de abandonar aquél sitio, por lo que excusándome con mis nuevas amistades, me levanté dirigiéndome hacia mi tío, al que le expresé que me sentía algo indispuesto por lo que solicitaba la venia de los anfitriones para retirarme a mi hogar, en previsión de males mayores en vísperas de mi partida. Al principio mi tío se extrañó un poco de lo que le decía, ya que era raro que manifestara que me sintiera enfermo y más en público, pero observando mi rostro al parecer demudado por la ansiedad, accedió a mi ruego.

Recibida la autorización del Capitán General, abandoné de prisa la mansión, dirigiéndome hacia la esquina de una de las calles cercanas, en la que según lo planeado debía encontrarse el coche de alquiler cuyo servicios había pagado por adelantado. Por suerte el calesero estaba preparado para partir, trasladándome en pocos minutos a la casa de la madrina de Beatriz que se encontraba en la puerta esperándome, ataviada con el lujoso vestido de seda de color blanco con flores doradas bordadas, de amplia falda y ceñido busto que le había regalado, pero muy nerviosa, ya que pensaba que iba a llegar tarde a la cita. Su madrina, una parda de agradables facciones de unos 40 años, también estaba muy atractiva con un traje de noche que aunque era más sencillo, en otra época había sido muy de moda.

Después de besar en la mano a mi amada que parecía esa noche una princesa salida de un cuento de hadas, sin perder más tiempo,pues eran cerca de las 8, tomamos el coche que nos trasladó hasta el edificio en el que se celebraba el "baile de cuna que hacía unos minutos que había comenzado. Por mis cálculos, disponía de unas tres horas antes de que mi tío regresara a casa ya que tenía que conversar algunos asuntos de trabajo con el Intendente General.

El salón principal de la casona, ahora muy deteriorada, pero que en otra época había sido sin duda una gran mansión, era amplio y estaba bien iluminado. Al penetrar nos percatamos que estaba repleto de parejas de bailadores, la mayoría de ellos mestizos, aunque también se veían algunos jóvenes blancos, de seguro estudiantes de la "Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana que aprovechaban como yo la ocasión para encontrarse con sus amigas o amantes de turno. En un ángulo de la sala, una orquesta de pardos muy acicalados, interpretaba con increíble maestría los aires de diferentes bailes de moda en aquella época fundamentalmente: seguidillas yboleros españoles, así como gavotas, gigas, pasapiés y otras piezas de similar naturaleza venidas de Francia. Para ser una velada de carácter popular, que en otros barrios generalmente eran todo en pequeño y poco de etiqueta, ésta no tenía nada que envidiar a las de los más acaudalados criollos.

Al entrar, las miradas se dirigieron a nosotros, lo que era natural, pues como he dicho, Beatriz deslumbraba con su virginal belleza, en la que los delicados rasgos de su rostro angelical, creaban el marco perfecto para sus vivaces ojos que refulgían como piedras preciosas. No llevaba sombrero, ya que prefería lucir a sus anchas su tan celebrada negra cabellera, arreglada en un sencillo peinado que caía como una cascada de ébano con suaves bucles sobre sus hombros. Sus brazos cubiertos por medias mangas con vuelos de encaje, parecían los tallos de una flor. Un pequeño camafeo de marfil atado a su grácil cuello con una cinta realzaba su imagen digna de un óleo de Fragonard que completaban un vistoso abanico que le había prestado su hermana mayor y unos preciosos zapatos apuntados, de tacónes altos, con hebillas de plata. Por mi parte, como se recordarán, me había puesto., uno de mis mejores trajes, por lo que estaba a la altura de cualquier señorito de la alta sociedad.

Al vernos, la promotora de la actividad, que conocía a la madrina de Beatriz, acudió solícita para acomodarnos en unas sillas. Después de conversar con nosotros un rato y brindarnos unos ponches y refrescos, nos invitó a participar en el baile que se desarrollaba. En esos momentos la orquesta interpretaba los acordes de un minué, y las parejas realizaban graciosas figuras trasladándose por la sala, con movimientos que despertaban la admiración de todos los que los contemplaban.

Tomando de una mano con gentileza a Beatriz, la llevé hasta el centro del salón y comenzamos a bailar al compás de la música. Si bien mi acompañante brillaba por su hermosura, esa noche también causó sensación con su refinada manera de ejecutar los pasos de estas piezas tan complicadas que se acostumbran a interpretar en los salones más aristocráticos de Europa. Sin embargo, su madre le había enseñado desde niña a "danzar a la francesa", cultura que había asimilado en los años en que residía en Nueva Orleans. La energía de Beatriz al igual que su gracia eran impresionantes. Perdí la cuenta de cuantas veces salimos a bailar. Había que ver con que soltura manejaba su abanico y hacía las reverencias del minué, mientras una alegre sonrisa iluminaba su cara.

La danza comenzó con la muestra de respeto de los bailarines a la pareja que presidía el baile, y posteriormente entre ellos, una vez hecho esto la danza se desarrolló en un área rectangular, en la que los bailarines realizaban diferentes patrones en posiciones diagonalmente opuestas, usando pasos de minueto y formando el patrón de una zeta imaginaria en el suelo, encontrándose en el medio, momento en el que se presentaba primero la mano derecha, tras otra vuelta completa la mano izquierda, finalizando con ambas manos y saludando de nuevo. La atmósfera era tan encantadora, que a ratos soñaba despierto que estaba en un dorado salón del Palacio de Versalles rodeado de ilustrados cortesanos, entre los que Beatriz resplandecía como una mágica estrella.

Que fue una de las noches más felices e inolvidables de mi vida no lo deben dudar, pero el tiempo iba avanzando, por lo que al cabo de dos horas consideré prudente regresar a la vivienda de la madrina de Beatriz para poder tener algunos momentos de mayor intimidad con mi amada.

Al llegar a la casa, la madrina que era una mujer inteligente, comprendió que debía regalarnos algunos instantes de soledad, por lo que al cabo de unos minutos nos dijo que iba hasta la cocina para hacer un poco de café, oportunidad que aproveché de inmediato para dar rienda suelta a toda mi pasión. Loco de amor, estreché entre mis brazos a Beatriz, mientras la besaba sin recato en los labios y en cada parte de su cuerpo que deseaba grabar en mis exitados sentidos. Ruborizada por estas libertades Beatriz me apartó rogándome que mostrara cordura. Un poco más calmado, me dediqué a enseñarle el resto de los regalos que había comprado para ella, deteniéndome en particular en el relicario que abrí para mostrarle una placa interior en la que se veían grabadas mis iniciales. Luego de subrayar que era un valioso amuleto que de llevarlo encima nos permitiría volver a encontrarnos, procedí a quitarle con cuidado la cinta que tenía anudada en su cuello con el camafeo, que sustituí por una cadenita de oro de la que pendía el relicario. Por su parte, me entregó un pañuelo con un corazón bordado por su mano, una medallita con la imagen de la virgen de la Caridad y un rizo de sus negros cabellos que cortó con unas tijeras y que después de besarlos, depositó en una cajita de cedro para dedales que todavía conservo.

Al percatarse Beatriz que el momento de la separación definitiva se acercaba, se echó desolada en mis brazos llorando mientras gemía como una niña pequeña. Traté de calmarla, pero confieso que no fue fácil, pues mi corazón también sangraba, ya que incuía que nuestro "hasta luego" se convertiría en un largo adiós. En aquel momento, ingenuo pensaba que muy pronto podría de nuevo extasiarme con la presencia y las caricias de mi tierna doncella, pero la vida siempre cruel, dispuso que pasarían muchos largos años antes de que siendo ya un hombre maduro, volviera a encontrar a una de las mujeres que más he amado en mi vida, que fue y será siempre, el mejor recuerdo de mi temprana juventud.

Cómo logré separarme de los brazos de la joven, no lo sé. Tal vez me ayudó el hecho de que la madrina regresase a la sala con las tazas de café, o que Beatriz que no podía soportar más su aflicción, llorosa salió corriendo para el interior de los cuartos, de donde se negó a salir a pesar de mi insistencia, mientras gritaba histérica que no deseaba presenciar el momento de mi partida, ya que era la única culpable de que me fuera.

Sin comprender en aquél desagradable momento por qué élla decía esto,acopiando lo que me quedaba de fuerzas, me despedí de la dueña de la casa y tras subir al pescante del coche, ordené al paciente calesero dirigirse de inmediato a la casa de mi tío en la calle Obra Pía. Al entrar, sin dar ninguna explicación a los criados, ni aceptar la taza de chocolate caliente que me ofrecían, subí a mi habitación en la que sin desvestirme apenas, me tiré en la cama para intentar tranquilizar mi atribulado espíritu. No habían transcurrido 20 minutos, cuando mi tío hizo su aparición en la casa. Al conocer que me encontraba en cama, subió de inmediato a mi habitación, para interesarse por mi estado de salud y por qué había llegado tan tarde a la casa.

Pienso que al contemplar mi rostro demacrado, las lágrimas que rodaban por mis mejillas y mi aspecto que de seguro era el de un moribundo se asustó mucho,y aceptó mi leyenda de que había estado tomando aire fresco en la calle para disipar el malestar, pero lo tranquilicé diciéndole que al otro día estaría bien, preparado para embarcar en el Santísima Trinidad tan pronto lo dispusiese, pues por asombroso que parezca, en esos momentos la única fuerza que me animaba, era la de abandonar lo más rápido posible esta maravillosa ciudad en la que dejaba enterrados mis primeros sueños amorosos y la mejor parte de mi alma de adolescente.

* * *

CAPITULO V

LA PARTIDA

El 16 de febrero de 1770 , tan pronto amaneció, estaba levantado recorriendo las instalaciones de la casa, para que mi tío se percatara de que me encontraba bien de salud. Al parecer don Pedro se había dado cuenta por fin que mi enfermedad tenía por causa fundamental tener que abandonar los cálidos brazos de la bella Beatriz, por lo que sin realizar ningún comentario alusivo al respecto, me conminó a salir a la calle para proseguir mis paseos e incluso ir de visita a la casa de uno de sus amigos cuyas hijas subrayó, eran capaces de rivalizar con Venus en hermosura, amabilidad y educación. Sin embargo, preferí quedarme en casa, pues en los últimos momentos descubrí que si algunos recuerdos me faltaban por guardar en mi mente, eran los de esta vivienda en la que había habitado cerca de seis años y cuyos rincones se habían tornado indispensables para mi existencia.

Por ello me dediqué a recorrerla de punta a cabo, inspeccionando habitaciones, arcones y gavetas, con la excusa de que buscaba libros y documentos que me serían necesarios durante mis estudios en Cádiz.

Con tristeza reflejada en mi rostro, visité las dependencias administrativas, deteniéndome en la cocina para saborear el delicioso café que preparaba la buena Inés nuestra cocinera que de niño había sido una especie de nana siempre atenta a mi cuidado. Acaricié en mi regazo a uno de los innumerables gatos que rondaban por allí, en espera de que se les gratificara con las sobras de los alimentos.

Luego fui a la perrera donde mi tío encerraba por el día sus magníficos ejemplares de caza ingleses, con lo que acostumbraba a salir los domingos con su escopeta, para traer deliciosos patos y otras aves derribadas por su certera puntería. Al verme los canes, y en particular el viejo "Sultán", que era mi perro preferido, comenzaron a saltar y ladrar de alegría, creyendo que los llevaría al campo a demostrar sus habilidades cinegéticas.

Aprovechando que mi tío había ido al puerto para revisar con el capitán Echezarreta algunos aspectos finales relacionados con el abastecimiento del Santísima Trinidad, penetré en su sacrosanto despacho, que hoy en día es el mío, para aspirar el aroma de pergaminos, documentos mercantiles y tintas que le eran característicos.

Tal vez fueron estos olores nada marineros , o la visión de su amplio escritorio de caoba, los que me impulsaron a sentarme en su mullida poltrona, tomar una pluma y un pliego de papel, para escribir la siguiente carta:

Amada Beatriz.

Espero que al recibo de esta misiva te encuentres bien. Apenas han pasado 24 horas desde el momento en que besé por última vez tus dulces labios y ya me parece que ha transcurrido una eternidad. Cómo podré vivir sin tu ansiada presencia, ¡no me lo imagino!, pero tal es nuestro destino y tenemos que afrontarlo valientemente.

La pasada noche del baile , sin duda fue algo maravilloso que recordaré toda mi vida y por unos instantes me pareció que colmaba de dicha mi pobre espíritu, pero al llegar el momento de la separación, he comprendido que nada puede llenar el vacío de tu ausencia. Por ello, puedes estar segura que a donde quiera que vaya, tu imagen siempre estará presente en mi corazón y que nunca te olvidaré.

A partir de este momento, el propósito fundamental de mi vida es cumplir con honor la misión encomendada, arrostrar los peligros que la vida ponga en mi camino con valentía, para regresar lo más pronto posible a tus brazos. Cuándo esto último sucederá, no lo se.

Por ello cielo mío se fuerte. ¡no desfallezcas!. Hoy más que nunca necesito saber que me esperarás y que tu amor nunca claudicará. Beso muchas veces esta carta en la que deposito las más tiernas ilusiones de mi juventud enamorada.

En espera de que a su recibo la conserves muy cerca de tu corazón, te reitero lo sincero de mi infinita pasión.

Te adora y lleva en su corazón

Rodrigo de Acosta.

San Cristóbal de La Habana, 16 de febrero de 1770.

Después de doblar cuidadosamente el papel y colocarlo en un sobre que sellé con lacre, permanecí sentado largo rato valorando la mejor forma de hacerle llegar mis letras a Beatriz. Al final me vi obligado a desechar todas las variantes que había imaginado, pues un trueno acompañado de un fuerte ventoral que traía una fría llovizna me anunció que había entrado un nuevo norte en la ciudad, por lo que consideré prudente dejar para el otro día la empresa de entregar mi misiva. Toda la tarde estuvo lloviendo lo que me indujo a pensar que el mal tiempo haría postergar la salida del Santísima Trinidad, pero al despuntar el 17 de febrero, el cielo amaneció bastante despejado y mis esperanzas de permanecer unos días más en la Habana se fueron a pique.

Ese día lo invertií por la mañana en visitar a los vecinos con los que manteníamos mejores relaciones para despedirme, tarea en la que invertí no poco tiempo ya que todos me querían agasajar de alguna forma particular. Unos me ofrecían deliciosas meriendas, confituras y refrescos. Otros me daban presentes y recuerdos que no podía rechazar por urbanidad, pero que quedarían en casa, pues ya mis alforjas estaban repletas de objetos y vestimentas., que las hacían muy pesadas.

Al fin después del almuerzo que compartí con una de estas amistades, me pude librar de esta engorrosa tarea. Aprovechando que me encontraba cerca de la casa de la madrina de Beatriz, me di un salto hasta la misma para entregar mi carta. Por suerte la mujer estaba en su hogar y aceptó gustosa la encomienda de llevar el sobre que depositaba en sus manos, que prometió hacerlo llegar ese mismo día a su destinataria.

Esa noche, después de despedir a los invitados que habían acudido a la cena que mi tío me brindó en el comedor de nuestra vivienda sacando de sus armarios las más valiosas vajillas de plata, me indicó que lo acompañara a su dormitorio. Ya en el mismo, pidiéndome hacer silencio, como si deseara ocultar de alguien lo que estábamos realizando se dirigió a uno de los enormes escaparates que cubrían las paredes de la habitación. Abriendo de par en par las puertas del mismo, extrajo parte de los trajes y vestidos que contenía hasta dejarlo casi vacío. Entonces me hizo una señal para que me acercara y a la luz del candil que portaba en su mano, me mostró una pequeña palanca bien disimulada en una ranura de la madera de la parte posterior del mueble. Accionándola, uno de los paneles de cedro se deslizó hacia un lado introduciéndose como por obra de magia en el interior de los de al lado, dejando ver una abertura que se encontraba en la pared cubierta por una puertecilla de hierro. Tomando una llave de complicada hechura que portaba en su diestra la introdujo en la cerradura de ésta y tras dar dos vueltas al mecanismo, la puerta se abrió. En el interior de esta especie de caja fuerte se veían varios sacos de mediano tamaño al parecer muy pesados y rellenos de objetos que le daban un aspecto muy abultado. También había muchos documentos, algunos en carpetas y otros en estuches de cartón y de metal. Tras observar unos instantes el contenido de aquel escondrijo, desconocido para mí hasta ese momento, mi tío me expresó: observa bien este lugar Rodrigo, pues si un día ya no me encuentro en el mundo de los vivos tu serás el propietario de esta casa, así como de todos los bienes que posee nuestra familia. En este lugar se encuentran depositados los documentos de propiedad más importantes. Una copia de mi testamento, así como de los de tu padre y de tu madre, en los que se consignan todos los bienes que te pertenecen. En esos saquitos que observas, hay depositada una fortuna en doblones de oro, capaces de sostener tus gastos durante un buen número de años, incluso en las más duras situaciones económicas.

Entregándome un sobre cerrado me recalcó: Si en Cádiz tuvieses alguna necesidad monetaria, no vaciles en acudir a la dirección que está consignada en su interior, en la que mostrando el anillo que llevas puesto con tus iniciales y diciendo la contraseña que verás escrita, y que debes aprender de memoria, te prestarán ayuda.

Recuerda que en este momento, nadie salvo tu y yo, conoce de la existencia de este lugar. Procura no revelar nunca nuestro secreto, pues con ello te va la vida y la hacienda.

Trataré de arreglar con el capitán general que tu servicio militar en la Armada Real no sea demasiado largo y fatigoso, para que puedas regresar pronto a esta preciosa isla en la que hemos labrado nuestro destino. Ojalá que la Providencia me ayude en estos planes.

Querido sobrino, permíteme por último darte un buen consejo. No acostumbro a meterme en asuntos de faldas, pues nunca toleré que mis mayores interfirieran en mis decisiones amorosas. Cuando era joven, también tuve a esclavas pardas y morenas libres como mis amantes, y no me arrepiento de ello. Pero en la sociedad en que vivimos, una unión de este tipo no puede hacerse pública, so pena de que nuestro apellido caiga en descrédito, lo que puede afectar nuestros negocios seriamente.

Por ello, olvídate de Beatriz y cuando regreses, procura encontrar entre algunas de las hermosas hijas de las encumbradas familias de este país a la que será tu compañera en la vida y la madre de tus descendientes.

Tras esta advertencia, besándome en la frente me dijo: ahora sobrino, te recomiendo retirarte a descansar, pues mañana después de almorzar, embarcarás como pasajero en el Santísima Trinidad, bajo la custodia personal de su comandante.

El día 18 el tiempo siguió mejorando. El viento empezó a girar del norte al noreste lo cual era muy favorable para las maniobras de salida del puerto de La Habana. El Santísima Trinidad se encontraba ahora fondeado en los muelles cercanos a la plaza de San Francisco para facilitar las labores de embarque de la oficialidad y las últimas vituallas que hacía pocos días habían arribado desde el interior del país.

Luego de un ligero almuerzo que realizamos muy temprano los dos solos en completo silencio, como si un grave suceso u amenaza pendiese sobre la familia, mi tío que ahora se encontraba muy serio se acercó a mi persona y me dijo ceremonioso: querido sobrino, si estás preparado, mi carruaje te espera para partir. No te preocupes, todo tu equipaje ya se encuentra en el barco, ya que por la mañana lo fuimos trasladando para evitar complicaciones de última hora. Viendo que asentía con la cabeza , revisó el estado de mi vestimenta . Para la ocasión, estrenaba una elegante casaca francesa azul prusia de corte militar con botonadura dorada que hacía juego con la empuñadura de la espada de mi padre que relucía en mi cintura, con mi chaleco y mis calzones ajustados hasta media pierna de color marfil rematados con largas medias blancas y lustrosos botines de excelente cuero español. Al cuello de mi camisa de hilo,cubierta de finos bordados, llevaba anudada una corbata de seda negra muy de moda. En el interior de mi blusa prendida sobre mi pecho estaba la medallita con la imagen de la virgen de la Caridad. No usaba peluca como era costumbre pero en mi diestra sostenía un vistoso sombrero de picos preparado para ponérmelo. El anillo de oro con mis iniciales y un reloj de bolsillo del mismo metal completaban mi atuendo. Además, en un bolso de mano guardaba mis pistolas de chispa,mis libros de cabecera, el pañuelo y la cajita de dedales de Beatriz con el rizo de sus cabellos.

Después de despedirme de cada uno de los miembros de la servidumbre, muchos de los cuales me daban su bendición con lágrimas en los ojos me dispuse a salir de la vivienda que había sido mi hogar y mi refugio durante largo tiempo. Ya iba a subir al carruaje cuando Inés, nuestra anciana cocinera, se acercó gritando: ¡Rodriguito!, ¡ven acá muchacho desgraciado!, como te vas a ir sin darle un beso a esta pobre negra, que tantas veces veló tu sueño cuando niño, cantándote al pie de tu cuna. Acto seguido, me puso en el cuello dos collares rituales hechos con pequeñas semillas y cuentas de vidrio coloreado diciéndome: no te separes nunca "mijo" de este amuleto sagrado que encierra toda la fuerza de Changó y yemayá, los poderosos orishas de mi raza, que donde quieras que estés cuidarán de ti. No era supersticioso ni creía en brujerías, pero a esa altura pensé, que no me venía mal un resguardo de estas divinidades del panteón lucumí, tanto más que el primero se identificaba con la católica Santa Bárbara, patrona de los artilleros y la segunda nada menos era la diosa del mar.

En eso, vino corriendo Sultán que se había escapado de la perrera, para lamer mis manos gimoteando con pequeños aullidos de dolor, como si con este gesto me quisiese demostrar por última vez su fidelidad a toda prueba.

Por fin me subí al coche en compañía de don Pedro. Por unos segundos miré a mi alrededor como si quisiera grabar para siempre la imagen de aquella partida. Cuando el látigo del calesero restalló sobre la cabeza de los briosos caballos poniendo en marcha el carruaje, se escuchó un griterío de la muchedumbre de vecinos que me decían adiós, mientras las mujeres agitaban en el aire sus pañuelos. El quitrín partió raudo como una flecha de lo cual todavía me alegro, pues si hubiera demorado unos segundos más, me hubiera bajado y desertado de gozar del privilegio deviajar a bordo del Santísima Trinidad.

Al llegar a la plaza de San Francisco, nos apeamos en las cercanías del convento, ante cuya torre por una vieja tradición de los marinos hicimos la señal de la cruz y nos dirigimos caminando hasta la escalerilla que daba acceso a la imponente mole del navío que a partir de ese momento constituiría durante muchos años, la razón de ser de mi vida.

En la cubierta del buque nos esperaba el capitán Echezarreta en compañía de otros altos oficiales que nos dieron la bienvenida. Después de conversar un rato con Don Pedro y mostrarle los últimos arreglos realizado en los aparejos, el capitán nos condujo a su camarote, en el cual hizo un brindis por el futuro guardiamarina que zalamero subrayó, estaba convencido se cubriría de gloria en las filas de la Armada Real.

Tras beber la copa de vino, me mostró el aposento, contiguo al suyo que ocuparía durante la travesía. Todavía mi tío permaneció varias horas a bordo del navío pues aceptó la invitación del comandante de la nave de cenar esa tarde en su compañía.

Con la autorización del capitán, mientras éste seguía conversando asuntos de último minuto con Don Pedro, me dediqué a explorar la cubierta superior del gigantesco navío, para ir conociendo sus diferentes elementos y rincones que pudieran ser de interés. El lugar estaba atestado de marineros y soldados que realizaban diferentes faenas preparando los cordajes y las velas para la próxima salida. A cada instante se oían órdenes militares, gritos de los gavieros desde las cofias de los mástiles e imprecaciones de todo tipo que hubiesen avergonzado a un carretonero.

Con admiración me detuve cerca de un cañón cuyos servidores lo engrasaban, mientras intercambiaban bromas y anécdotas picantes sobre las bocas de fuego a las que se referían con cariño como si fuesen sus propios hijos.

De repente sentí que alguien me llamaba por mi nombre. Al volverme descubrí que cerca de unos toneles estaba Bartolo que desde hacía más de una semana se encontraba en el barco trabajando como carpintero. Ante la mirada extrañada de algunos tripulantes, nos dimos un fuerte estrechón de manos y Bartolomé aprovechando que el contramaestre no se encontraba cerca me relató sus últimas andanzas: Cómo se había despedido de Rosa a la cual había prometido matrimonio, sus temores de que esta hubiese quedado embarazada, pues con menos restricciones y recatos morales que las que me obligaban a mantener un estricto pudor hacia Beatriz, el no había perdido la oportunidad de hacer mujer a su enamorada.

Al preguntarle donde se encontraba su camarote, se echó a reír diciéndome: Ay Rodriguito,que cómico eres, se ve que no conoces todavía la vida marinera. Camarote solamente tienen los más altos oficiales, pues incluso los de menor rango deben dormir colgando sus hamacas en un local común. La marinería y muy en particular nosotros, el personal de servicio, tiene su alojamiento en las cubiertas inferiores, donde siempre reina el calor, todos los males olores y un millón de insectos que viven chupándonos la sangre. ¡Un navío de línea es una obra de arte por fuera y un pequeño infierno por dentro!.

En eso me llamaron para la cena, por lo que tuve que finalizar mi conversación con Bartolo que volvió a su faena.

Concluida la comida, poco antes de que las puertas de la muralla se cerraran mí tío me abrazó por última vez, deseándome toda la suerte del mundo, mientras veía rodar por sus varoniles mejillas lágrimas del más sincero afecto que motivaron como es natural también las mías.

Al abandonar Don Pedro la nave, sentí que un remendo vacío se adueñaba de mi corazón. Ya no pertenecía a San Cristóbal de La Habana. Desde este momento, era parte de un mundo flotante que me llevaría hasta tierras ignotas y quién sabe cual sería mi destino.

Cuando el 19 de febrero el cañonazo de las cuatro y media de la mañana disparado desde una cercana embarcación anunció a la población que las puertas de la muralla habían sido abiertas de nuevo, y retirada la gruesa cadena que entre el Castillo de San Salvador de la Punta y el Castillo del Morro cerraba la entrada del puerto, hacía rato que la dotación del Santísima Trinidad integrada por 960 tripulantes y 3 pasajeros, entre los que yo figuraba, se encontraba en sus puestos preparada para zarpar. Había bastante frío pero el viento seguía siendo favorable para la navegación.

Los otros pasajeros eran dos sacerdotes de la orden de los benedictinos que impartían clases en la Universidad de San Gerónimo de La Habana que viajaban primero a España para desde allí trasladarse hasta el Vaticano, pues debían participar en una conferencia teológica que se desarrollaba en Roma.

Con las primeras luces de la aurora, el navío de línea San Francisco de Paula de 74 cañones, se dirigió en silencio hacia la salida del puerto,en busca del mar abierto, en donde debía esperar al Santísima Trinidad para escoltarlo en su viaje inagural a España.

A las ocho de la mañana, acudieron a despedirnos las más altas autoridades administrativas y eclesiásticas de la ciudad, entre las que se destacaban el Capitán General Antonio María de Bucareli y Ursúa Y Don Lorenzo Montalvo Ruíz de Alarcón y Montalvo, Conde de Macurijes, el comandante del puerto, y las máximas autoridades eclesiásticas de la ciudad que fueron acomodados en un improvisado palco que se había habilitado con un toldo para protegerlos del sol y alguna posible llovizna. Los dignatarios se sentaron en espera que el navío iniciara sus maniobras de desatraque. Entre los invitados a la ceremonia, se encontraban también el constructor naval Ignacio Mullan, así como mi tío Don Pedro de Acosta, al cual lograba distinguir desde el privilegiado lugar que ocupaba en el Alcázar a babor.

Cerca de las 9, sopló un fuerte viento sur-sureste en la capital cubana y el Comandante General del apostadero Juan Antonio de la Colina ordenó soltar las velas. Al recibir esta indicación, el Capitán de Navío Echezarreta saludó marcialmente a las autoridades de la ciudad con su espada desenvainada.

A continuación, volviéndose hacia la oficialidad congregada a su alrededor, mientras a su señal comenzaron a redoblar solemnes los tambores de a bordo, expresó con su poderoza voz de mando: señores, ¡que Dios nos bendiga!. Primer Contramaestre, ¡retiren de inmediato la escalerilla de cubierta y suelten las amarras!. ¡Cerrad escotillas y portas!. Piloto, ¡listo al timón!. Tenientes de Navíos, ¡ordenen levantar anclas!. Alférez de Fragata, ¡a sus puestos!. ¡Dispongan soltar las velas!. ¡Bicheros listos para el desatraque!.

Artilleros, ¡firmes en sus piezas!. Soldados de su Majestad, ¡presenten armas!. Guardiasmarinas, ¡Izad la bandera de nuestro Soberano, la insignia de la Armada Real y mi gallardete!.

A un toque del silbato del contramaestre, la escalerilla de acceso fue retirada. Sonó tres veces la campana del puente de mando y las enormes anclas de proa comenzaron a ser elevadas con gran esfuerzo por los operarios con ayuda de sus cabestrantes.

La vela mayor fue desplegada y luego el foque de proa. Acto seguido, la vela de la cebadera y el velacho hinchándose ambas con el fuerte viento, comenzaron a "cazar" en el cordaje del bauprés. Al cabo de unos minutos sus hermanas de los palos de mesana y el trinquete siguieron el mismo camino. Orgulloso, el gran estandarte con el escudo de armas de Carlos III bordado en oro sobre el fondo de un paño blanco característico de los Borbones, flameaba en lo alto del mástil de popa, pues la enseña rojigualda que hoy tenemos, no fue adoptada por este monarca hasta 1785. Por su parte, en el tope del palo mayor ondeaba el gallardetón de dos puntas del capitán de navío con las propias Armas que el pabellón de guerra.

A medida que las anclas despegaron del fondo, se dispuso acuartelar el foque. Una vez que el barco comenzó a girar y dio su banda al viento, el capitán ordenó: ¡cazar el foque y acabar de levar!, y luego, ¡cazar la mayor y salir navegando!.

Entonces el Capitán de Fragata que era el segundo comandante del barco gritó a todo pulmón: ¡Viva España!, ¡Viva el Rey!, ¡Víva el Santísima Trinidad!, vítores que fueron secundados por toda la tripulación enardecida.

Cuando el navío se despegó de los muelles y comenzó a avanzar lentamente por el canal de entrada a la bahía, enfilando hacia la salida del puerto todas las baterías de la ciudad y las campanas de las iglesias lo saludaron con estruendosas salvas y tañidos de sus bronces, que anunciaban a los cuatro puntos cardinales que el titán de los mares se había puesto en marcha.

Las embarcaciones cercanas se unieron a estas muestras de alegría de diversas formas. Unas hacían señales con banderas, otras disparaban también salvas en honor de nuestro buque. En la mayoría, las dotaciones lanzaban gritos de júbilo.

Asustadas por el estrépito imperante o por alguna otra razón, una bandada de blancas palomas levantó vuelo en la plaza de San Francisco dirigiéndose hacia el barco. Tras girar tres veces en círculo sobre el mismo, tornó a tierra posándose en la torre de la basílica, lo cual fue interpretado por muchos como un buen augurio.

Me imagino que desde el litoral, repleto de familiares de los tripulantes que los despedían y personas deseosas de contemplar el espectáculo, la visión del enorme buque con sus velas desplegadas al viento que el sol matutino teñía de un tono rosado, adornado con banderolas e insignias multicolores en todos sus palos,con decenas de marineros encaramados en las vergas y escalas, y con su guarnición formada en cubierta de completo uniforme, era algo impresionante digno de ser reflejado en cuadros por los pinceles de los mejores marinistas.

Con un nudo en la garganta, dije adiós con mi mano a mi tío, al que por desgracia, no volvería a ver nunca más.

Mientras la ciudad iba desfilando ante mis llorosos ojos, me parecía que aquella estampa era irreal, obra de alguna fantasía nocturna, que tan pronto quedase atrás, sería olvidada. Pero al llegar a la altura de los bastiones del castillo de la Punta, me percaté que paradas encima de los muros de la orilla, entre otros curiosos que querían ser los últimos en despedir el barco, se encontraban dos mujeres: una era Rosa que agitaba un pañuelo rojo para que Bartolo la viera y la otra era mi Beatriz que loca de dolor al descubrirme en el Alcázar del navío casi cae al agua, mientras desesperada lanzaba besos con la mano y me gritaba palabras de amor que no pude escuchar por culpa del viento. Este hecho, me trajo de nuevo a la cruda realidad de mi partida.

Pronto descubrí con dolor, que a medida que la distancia entre nosotros aumentaba, la imagen de Beatriz se convertía paulatinamente en un dulce recuerdo, y lo peor era, ¡que nada podía hacer para impedirlo!.

Al cabo de media hora, el tajamar del Santísima Trinidad seccionaba orgulloso, las azules aguas del océano Atlántico que bañan las verdes costas de Cuba, mientras San Cristóbal de La Habana quedaba cada vez más lejos a estribor, empequeñeciéndose en el horizonte.

* * *

CAPITULO VI

RUMBO A ESPAÑA

Querido Padre, la descripción que hace de la partida del Santísima Trinidad del puerto de La Habana me ha gustado mucho. Nunca había leído un relato tan emotivo sobre el viaje inaugural de este famoso buque, y no son pocos los artículos y materiales que he consultado para poder profundizar en tan interesante suceso.

Ahora bien, tal parece que la navegación hasta España se realizó sin mayores contratiempos. No obstante, no encuentro entre los papeles que he revisado, referencias a ese navío San Francisco de Paula que usted menciona. Es más en unos informes de la comandancia de la Armada Real se afirma que este buque fue construido en 1788. ¿Cómo es posible entonces que escoltara al Santísima Trinidad en 1770?.

Bueno María Teresa, vamos por parte. En primer lugar el inicio de nuestra navegación no estuvo tan ajena de contratiempos como piensas, pues a la salida del puerto de La Habana ocurrió que el San Francisco de Paula, queriendo brindar su capitán suficiente espacio para las maniobras de nuestro buque, se pegó demasiado a los arrecifes que bordean el canal de salida, por lo que quedó varado sufriendo la ruptura de algunas de sus cuadernas lo que lo obligó a postergar su travesía. Incluso nuestro navío rozó con su quilla uno de estos escollos, pero la dura madera de caguairán de la que estaba fabricada que no en balde en el occidente de la isla se denomina "quiebrahacha", resistió el impacto de las rocas sin mayores contratiempos para nuestra embarcación. El que sería buque insignia de la armada, ya había recibido su primera herida.

Además, a medida que avanzábamos, quedó claro que el bajel tenía algunos defectos de construcción o por lo menos en la distribución de la carga pues cabeceaba mucho haciendo que por las portillas de la cubierta inferior, penetrase de vez en cuando agua, lo que obligó al capitán Echezarreta disponer que éstas fuesen cerradas herméticamente. Para colmo, tenía una tendencia creciente a desviarse hacia estribor por mucho que su timonel Juan Sánchez se esforzaba por mantenerlo en el rumbo correcto, lo que obligaba a constantes rectificaciones de su trayectoria. En todo lo demás el barco se comportaba graciosamente y su velamen que era por cierto lo que al inicio más nos preocupaba, estuvo a la altura de nuestras más exigentes expectativas. No obstante , se consideró que sería conveniente ensanchar más adelante las vergas de trinquete y mesana que sufrieron averías durante el viaje.

Pero bien, como se verá en los capítulos posteriores, estas deficiencias trataron de ser corregidas en sucesivas mejoras que sufrió el buque durante su azarosa vida.

En cuanto al navío San Francisco de Paula, el problema es que existieron dos barcos con ese mismo nombre

El primero que es el de nuestra historia, fue botado en Guarnizo, en 1769. En 1776 formó parte de la escuadra al mando de Mazarredo para limpiar de corsarios y contrabandistas la zona de las Canarias. Accidentalmente incendiado en La Carraca en 1784 debió de ser desmantelado. El segundo efectivamente fue botado al agua en 1788 en Cartagena.

Ahora hija, lo más significativo creo es que después de partir de San Cristóbal de La Habana, el Santísima Trinidad nunca más volvió a visitar sus aguas por lo que la ceremonia de su inauguración, en la práctica, fue un verdadero adiós más que un hasta luego.

Pero volvamos a nuestro relato. Desde la barandilla de estribor a la que me trasladé, recostado contemplaba el exuberante paisaje de la campiña habanera. Ante mi se abrían sus verdes arboledas y majestuosos palmares tan característicos de Cuba. A la altura del Torreón de Cojímar, que se divisaba en la proximidad de la boca del río del mismo nombre, cercano a La Habana, el Capitán ordenó dejar caer la "corredera" para medir la velocidad del buque, lo que dio por resultado la de 6 nudos.

Para ilustración de los lectores, el nombre de esta unidad de medida náutica deriva del propio proceso de medición de la velocidad en una nave. Para ello, un tripulante dispone de una cuerda o línea con nudos a intervalos regulares (generalmente una braza) y una pieza de madera, atado a un extremo. Otro tripulante dispone de un reloj de arena de alrededor de medio minuto. El primero arroja el madero al agua por la popa y deja correr la línea que, en su primer tramo, no tiene nudos a fin de darle tiempo al tronco a flotar y quedar estacionario en el agua. Cuando llega al primer nudo da la orden al otro tripulante para que de vuelta al reloj y comience a contar el tiempo preestablecido. Cuando cae el último grano de arena, el tripulante a cargo del reloj da la orden de hacer firme la línea. Habitualmente, el tripulante que sostiene la línea vaa contando los nudos de ésta en la medida que va dejando correr la línea, por lo cual basta estimar la fracción de cuerda entre el último nudo y su mano para informar la velocidad.

Distintas marinas habían normalizado tanto la distancia entre los nudos como el tiempo del reloj, pero la proporción entre ellos siempre es tal que resulta en la medición de la misma cantidad de millas náuticas por hora. El nudo es una medida práctica en el mar pues puede ser trasladada casi directamente a una carta marina dado que una cierta velocidad expresada en nudos, por ejemplo 7 nudos, sostenida durante una hora, hace que la nave navegue la distancia correspondiente a ese mismo arco expresado en minutos de grado (7') de latitud sobre un meridiano o de longitud sobre el ecuador o la proporción que correspondiere según el rumbo.

Como observarán, en los primeros momentos para mí todo era nuevo y asombroso, por lo que lleno de curiosidad observaba desde el Alcázar las diferentes maniobras que se realizaban por la oficialidad y la marinería. Al percatarse de mi interés por las faenas náuticas, el capitán en Echezarreta sonriendo me indicó que me mantuviese cerca de él para que escuchase las órdenes e indicaciones que impartía y que no tuviese ningún tipo de reparo en formular alguna pregunta en cuanto a ello, pues recalcó que era hora ya que comenzase mi instrucción marinera.

Dejadas atrás las extensas playas de blancas arenas de Sibarimar llamada por otros Guanabo, y teniendo al frente de la proa aestribor las lomas de Jaruco, viendo que la velocidad del buque no aumentaba sensiblemente a pesar de que el viento seguía soplando de barlovento, el capitán mandó izar las velas complementarias de los diferentes palos, o sea el sobrejuanete de proa, sobrejuanete mayor y el sobreperico respectivamente, así como la sobrecebadera y el periquito de sobremesana.

Al cabo de unas 5 horas la nave tenía a la vista por estribor, la entrada de la magnífica bahía de Matanzas, aunque a partir de ese punto el piloto fue enfilando la proa del buque poco a poco a babor en busca de las tradicionales rutas que lo llevarían hacia el centro del océano Atlántico, camino del Ferrol. Antes de proceder a dicha maniobra, se dispuso medir de nuevo la velocidad viendo que ésta había aumentado a 9 nudos por hora, la que se consideró suficiente para el primer día de marcha. Teóricamente el Santísima Trinidad podía alcanzar los 10 nudos, pero casi nunca los grandes navíos de tres puentes en sus viajes inaugurales lograban tal velocidad, ya que requerían de ajustes y perfeccionamientos en su velamen, lo que solo se conseguía al cabo de varias travesías.

Como ahora el navío navegaba con el viento por la amura de babor, el capitán ordenó: "!Listo a virar por avante!". Cuando las velas del palo mayor se empezaron a llenar, dispuso: "!Largar y cambiar al medio!" y se bracearon las velas de proa. Acto seguido se metió el timón con un poco de arribada para que portearan todas las velas y cogiese arrancada el buque. Entonces el barco abatió hasta que se llenaron las velas que se braceaban según se iban pidiendo. Como el navío"Orzaba poco a poco" se metió el timón de orza, se saltaron las escotas de los foques para que descargasen el viento y la cangreja se pasó a barlovento para que ayudase a orzar.

Cuando el navío estuvo casi proa al viento, Echezarreta ordenó: "!Cargar la mayor!". Se bracearon las mayores, se cambiaron los foques y se cazaron sus escotas mientras el buque tenía el viento a fil de roda. A continuación se aguantó ciñiendo por la amura de estribor y se aclaró la maniobra. Con las velas de proa en facha, el navío cayó por fin a babor

A unas dos millas de distancia, nos cruzamos con dos goletas mercantes que se dirigían al cercano puerto que al vernos nos saludaron con señales de banderas.

Como eran cerca de las tres de la tarde y se había abierto el apetito, el capitán me invitó a bajar a su camarote para compartir con él el almuerzo que deseaba realizar en unión de su segundo al mando y otros oficiales.

Al penetrar en el aposento, aunque ya había estado en el mismo el día de mi llegada, durante el brindis de bienvenida que ya he relatado, no me había fijado bien en la lujosa decoración de esta estancia que contrastaba con la sencillez de los restantes camarotes de oficiales, por no decir con el alojamiento del resto de la tripulación. La habitación era muy amplia para ser la de un buque, pues llegaba de babor a estribor. Tenía un gran ventanal que daba hacia la popa en la que se veía un largo balcón, en el que en días de mar sereno, sería muy agradable estar, como en la mejor de las terrazas urbanas. Las paredes del camarote estaban adornadas con hermosos cuadros con motivos religiosos y paisajes. En el centro de una de ellas se destacaba un retrato del monarca Carlos III.

Un estante con molduras doradas servía de bien nutrido librero en el que figuraban volúmenes lujosamente encuadernados. En un ángulo del cuarto se veía una cómoda cama, cercana a una panoplia repleta de armas de reglamento y viejas espadas de otras épocas. Varios candelabros de plata muy labrados completaban el mobiliario.

El centro de la estancia estaba ocupada por la mesa de caoba alrededor de la cual nos sentábamos, que en otros momentos de seguro servía para desplegar mapas y cartas de navegar. El almuerzo además de variado fue delicioso y estaba acompañado del exquisito jerez que ya había probado, servido por un eficiente criado que era el ayudante de cámara personal del capitán. El sonido de las olas, que golpeaban insistentes los costados del navío, ambientaban nuestra actividad alimenticia concentrada en no dejar rastro de las jugosas chuletas que cubrían la bandeja.

Durante las conversaciones de sobremesa que se desarrollaron pude conocer de labios del capitán que la travesía hasta España debía durar, en dependencia de los vientos, entre 45 y 50 días y que la tripulación en este viaje constaba de:

Oficiales Superiores: 1 Capitán de Navío, 1 Capitán de Fragata, 4 Tenientes de Navío, 4 Tenientes de Fragata, 4 Alféreces de Navío, 4 Alféreces de Fragata. Total 19 + 3 guardiasmarinas.

Oficiales Mayores: 1 Contador, 2 Capellanes, 1 Cirujano de 1ª, 1 Cirujano de 2ª, 1 Piloto de 1ª, 2 Pilotos Segundos, 3 Pilotines. Total 11.

Tropa de Infantería de marina: 170. Tropa de Artillería: 57.

Oficiales de Mar: 2 Primeros Contramaestres, 2 Segundos Contramaestres, 1 Primer Guardián, 2 Segundos Guardianes, (uno de ellos Patrón de Lancha), 1 Primer Calafate, 3 Segundos Calafates, 1 Mozo, 1 Primer Carpintero, 2 Segundos Carpinteros, 1 Tercer Carpintero, 1 Cocinero de Equipage, 1 Buzo, 1 Armero, 1 Farolero, 2 Maestros de Velas, 1 Patrón de Bote. Total 23

Artilleros de preferencia: 50. Artilleros Ordinarios: 150

Marineros: 230. Grumetes: 222. Pajes: 25

Total: 960

En situación de guerra me explicó, el Reglamento requería un aumento de individuos igual al número de cañones de sus baterías principales, dividiendo por dos la tropa de infantería y grumetes.

Entre todos estos personajes me resaltó la importancia de un buen piloto y de los contramaestres que en la Marina militar española equivalían más o menos a los sargentos y brigadas del ejército de tierra.

El contramaestre me explicó, es la persona encargada de conducir a la marinería. Es personal de maestranza y es el responsable directo de ejecutar las siguientes responsabilidades: vigilar sobre la conservación de los aparejos de la nave y proponer al capitán las reparaciones que crea necesarias; arreglar en buen orden el cargamento; tener la nave expedita para las maniobras que exige la navegación; mantener el orden, la disciplina y buen servicio en la tripulación, pidiendo al capitán las órdenes e instrucciones que sobre todo ello estime más conveniente y dándole aviso pronto y puntual de cualquiera ocurrencia en que sea necesaria la intervención de su autoridad; detallar a cada marinero, con arreglo a las mismas instrucciones, el trabajo que deba hacer a bordo y vigilar que lo desempeñe debidamente; encargarse por inventario, cuando se desarme la nave, de todos sus aparejos y pertrechos, cuidando de su conservación y custodia a menos que por orden del naviero sea relevado de este encargo.

También pude saber que para este viaje se había decidido en La Habana que montara provisionalmente sólo 32 cañones de a 24 y 14 de a 8, por lo que estaba poco artillado.

Concluída esta exposición, exclamé con curiosidad: Capitán disculpe la pregunta. ¿Me puede adelantar algo sobre los guardiasmarinas?.

Echezarreta, después de garraspear y aclararse la garganta con un sorbo de vino, se acomodó en su asiento diciéndome , mientras me miraba complacido:

Los guardiasmarinas hijo existen en España desde 1717. Los caballeros guardiasmarinas , son los alumnos aspirantes a oficiales de la Armada. Se denomina así a los alumnos de tercer y cuarto curso de la Escuela Naval Militar. Pueden ser del Cuerpo General de la Armada o del Cuerpo de Infantería de Marina, así como también del Cuerpo de Intendencia de la Armada. Durante el último curso los alumnos de Cuerpo General son promovidos al grado de Alférez de Fragata-Alumno o al de Alférez-Alumno, los de Infantería de Marina. Este último curso lo realizan a bordo de buques de la Armada, los alumnos de Cuerpo General o en Unidades de Infantería de Marina, los alumnos de dicho Cuerpo. Al superar este curso reciben sus despachos como alféreces de navío.

Por cierto Rodrigo, añadió el capitán, ya que vas a estudiar en la academia naval sería bueno que intimaras, con algunos de los guardias marinas de a bordo ya que te pueden ayudar trasmitiéndote sus experiencias personales. Si lo deseas, mi segundo, el capitán de fragata te los puede presentar.

El agradable ejercicio culinario y la instructiva charla no duraron mucho, pues terminado el último de los platillos, el capitán que seguía preocupado por la velocidad del navío, nos invitó a regresar al alcázar, ya que quería verificar el comportamiento de la marcha.

Al subir, aunque sólo había transcurrido una hora y media, un fuerte viento proveniente del norte azotó mi rostro, para luego lanzar sobre los que allí estábamos, una lluvia de fría agua salada que mojó mi nueva casaca empapando mi camisa.

Hasta ese momento el mar se había comportado bastante bien, pues aunque estaba un poco picado por el viento del Noreste y el barco seguía cabeceando, había soportado estoicamente este balanceo, pero al girar su tajamar hacia babor empezó a enfrentar un fuerte oleaje de proa por lo que incrementó las oscilaciones del barco. Poco a poco mi cuerpo no acostumbrado a los movimientos del mar se fue sintiendo indispuesto. Primero fue un ligero mareo, luego las sensaciones de náuseas fueron in crescendo unidas a un sostenido dolor de cabeza. Viendo que mi cara se tornaba verde y hacía constantes muecas de asco, el capitán riéndose me dijo: ¡vamos hijo!, que lo que te ocurre nos ha pasado a todos. El mar lo mismo puede ser el mejor amigo que el más furioso enemigo, y le pasa su cuenta a todos los que por primera vez atraviesan sus confines. No te avergüences, pues no hay ni uno solo de los aquí presentes, que no se haya sentido como tú varias veces en el transcurso de su vida a bordo de un buque. Para llegar a ser un verdadero "lobo de mar", tienes que aprender a sobreponerte a los mareos, lo que lograrás sólo al cabo de mucha práctica y sufrimientos. Como reza el refrán: "Ea, ea, que el que no embarca no se marea".

Por ello, vuelve ahora a tu camarote, y acuéstate, pues en las próximas horas el vaivén del barco debe aumentar.

Durante casi tres días permanecí en cama sin poder ingerir prácticamente ningún alimento. Incluso el agua me producía terribles arqueadas que iban debilitando paulatinamente la resistencia de mi organismo. Varias veces vino a verme uno de los cirujanos de abordo, el físico Simón que con 60 años de edad todavía navegaba y era muy reconocido por su experiencia en todo tipo de enfermedades relacionadas con la vida marinera. Aunque según algunos maliciosos, la lista de los infelices que había mandado para el otro mundo durante sus operaciones era más grande que el libro del Quijote de Don Miguel de Cervantes. Por el me enteré que los otros pasajeros, los padres benedictinos que se alojaban con los capellanes del barco , se sentían peor que yo , lo que no me daba ningún consuelo.

No obstante, ya fuera gracias al carácter jovial del médico, las amargas tizanas que me administraba o los rezos que hacía apretando entre mis manos la medalla de la virgen de la Caridad del Cobre que me había regalado Beatriz, fue mejorando mi estado de salud hasta lograr ponerme en pie y y resistir el movimiento del buque que seguía balanceándose como uno de los sillones de mi hogar.

La verdad es que al salir del camarote, poco que daba de la elegante y aguerrida presencia que había mostrado durante la partida del Santísima Trinidad y aunque estaba algo más revivido por el fresco aire de la cubierta, no podía evitar que a mis espaldas la oficialidad bromeara riéndose de mi deplorable estado. Sin embargo, como dice el dicho no hay enfermedad que dure 100 años ni cuerpo que la resista, por lo que poco a poco fui recuperando mis fuerzas, tanto más que a medida que nos adentrábamos en el Océano Atlántico, aprovechando el impulso de la Corriente del Golfo, después de evadir el llamado "Mar de los sargazos, una región del océano Atlántico septentrional que se extiende entre los meridianos 70º y 40º O y los paralelos 25º a 35º N, que tiene la tétrica fama de ser lugar de cementerio de buques, fue mejorando la estabilidad del navío, por lo que llegó el momento cuando me sentí como si estuviera en mi casa.

Viendo que me había recuperado, el capitán decidió continuar sus clases de marinería, pasando a mostrarme el uso del cuadrante y la brújula, así como algunos pormenores de la cartografía naval que me podrían ser de utilidad para mis futuros estudios.

Durante el lapso de tiempo descrito, prácticamente no salí del alcázar, pues parecía que aquel era el mundo al que pertenecía. Pero en las jornadas sucesivas con la autorización del capitán fui recorriendo de nuevo la cubierta, conversando con los oficiales de menor rango, contramaestres, marineros e infantes de marina que me fueron brindando una valiosa información que hoy nutre mis crónicas. Así, uno de esos días me aventuré a recorrer los dyferentes puentes, para descubrir que en el de latercera batería, que normalmente estaba artillada con los cañones de a 8 y 6,los menos pesados, se encontraban además la capilla, los camarotes de los oficiales más antiguos, sala de bitácoras, la fogonadura del palo de mesana y la escala para la 2ª batería y cámara de oficiales de menor rango. Por su parte , en la cubierta de la segunda batería destinada a las piezas de a 12, por ahora no instaladas, se encontraban el llamado espejo de popa y ventanas, los cajones para efectos del rancho, los Jardines de cámara baja, beques para oficiales, el cabezal del timón, mesa de la cámara baja, los camarotes de oficiales de menor rango, caja y guardas para los guardines de timón, repostería y alacenas, la fogonadura del palo de mesana, caja para tacos y la bajada a la primera batería y santabárbara.

En el sollado hasta donde llegué, luego de atravesar la primera batería artillada con los pesados cañones de a 24, era muy importante la labor de los hombres que aquí se encontraban. En los callejones de combate trabajaban los carpinteros y calafates, reparando los agujeros producidos por las balas a la lumbre del agua, mediante tapabalazos los carpinteros aplicaban un rápido remedio provisional a la entrada de agua. Aunque algunos carpinteros como Bartolo tenían que desplazarse a otras cubiertas para reemplazar maderas importantes o hacerse cargo de la arboladura dañada que requiriese de sus servicios. En esta cubierta, en caso de combate, además estaba la numerosa cola de gente que iba pasando, mano a mano, los cartuchos procedentes del pañol de pólvora hacia las cubiertas superiores. En estas colas, donde no había mucho peligro, podían situarse para ayudar personal no combatiente como cocineros, contadores, mujeres si las había a bordo y enfermos leves.

Siguiendo las recomendaciones del capitán Echezarreta, entablé relaciones con los guardiasmarinas de la dotación, surgiendo en particular una buena amistad con uno de ellos nombrado Manuel Lasquetti, al que todos llamaban "Manolito" ya que era de baja estatura. En los días sucesivos el muchacho se convirtió en uno de mis mejores compañeros en el buque, haciendo más agradable la vida, ya que compartíamos muchas veces almuerzo, lecturas y vivencias, lo que trataba de hacer con discreción, para no provocar los celos de Bartolomé que pensaría que le estaba dando de lado con el españolito, que como era natural, pertenecía a una aristocrática familia de España.

Sabedor que iba a estudiar en la academia naval de Cádiz, Manolo me expresó que era muy afortunado en conocerlo, ya que había nacido en esa ciudad donde tenía familiares, entre ellos un primo que también militaba en la marina de guerra, y tres primas muy graciosas que se alegrarían de compartir con un joven habanero. Este ofrecimiento espontáneo de mi nuevo amigo, despertó en mi inquieto corazón las ilusiones de que mi vida en España, tal vez sería más agradable de lo que ymaginaba.

Inspeccionando de nuevo las instalaciones de la primera batería para conocer los tipos de piezas artilleras que llevaba, me topé de nuevo con Bartolomé que arreglaba unos mamparos cercanos a un enorme cañón. Al verme se puso muy contento dándome un fuerte abrazo y aprovechando de que los servidores de la pieza habían ido por unas cuerdas, nos sentamos al lado del bélico artefacto para recordar los buenos tiempos que habíamos pasado juntos en la casita de nuestras respectivas enamoradas. ¡Quién pudiera estar ahora entre los cálidos brazos de Rosa!, decía Bartolo suspirando, mientras yo anhelaba en mi interior los besos de Beatriz y aún más, el arrullo de sus dulces palabras que como un ruiseñor tenían la virtud de inflamar de amor y deseo mi corazón.

Para variar de conversación, Bartolo me preguntó cómo era la comida de la mesa del capitán, lo que me permitió describir la variedad de platos servidos y la indiscutible calidad del vino que almacenaba su bodega, así como que compartía su cena y su vajilla de plata los sábados y domingos.

Al inquirir por mi parte, en qué consistía la alimentación del resto de los tripulantes, Bartolomé haciendo una mueca de disgusto con la boca me expresó: estimado Rodrigo, como creo que ya te hube de decir antes de la partida, que un navío de línea es un portento de la tecnología náutica, pero en lo que respecta a las condiciones de vida a bordo, la tripulación a medida que desciendes por la escala jerárquica, se ve sometida a condiciones muchas veces infrahumanas. Si el hacinamiento que sufrimos por la falta de espacio que nos obliga a colgar las hamacas entre los cañones o dormir sobre los sacos de alimentos y otras mercancías acumuladas en sus bodegas fuera poco, la mala alimentación es un tormento cotidiano que afectan nuestros estómagos y nuestra salud corporal. En principio nuestra dieta se basa en pescados y carnes saladas y algunas veces tocino que ingerimos como si fuera maná caído del cielo. Los panes y las galletas son resecos y muchas veces mohosos. El agua se mantiene fresca en las barricas algunas semanas, pero a medida que el tiempo avanza y en especial en la época de estío, muchas veces se pudre y provoca al beberla terribles descomposiciónes de barriga que en ocasiones llevan a la muerte a los marineros. Si no fuera por el vino y el aguardiente no se podría mitigar la sed, aunque estos últimos son fuentes de peleas y disputas entre la marinería, por lo que la oficialidad controla muy estrictamente su distribución.

Además de no poder bañarnos ni lavar la ropa con agua dulce y tener que hacer las necesidades al aire libre en los beques de proa, la falta de frutas y verduras frescas en la dieta de los tripulantes provoca la llamada "peste del mar" que afecta a los marineros causándoles fuertes dolores reumáticos, debilitamiento general, sangramientos en las encías con la consecuente pérdida de las piezas dentarias y al final la muerte.

Al replicar que había visto cómo embarcaban en el navío numerosas reses, cabras y aves de corral que constituían una reserva de carne fresca, Bartolomé riéndose dijo: te repito que eres un ingenuo, para quién crees que son todas esas delicadeses, sino para el capitán del navío y los más altos oficiales que nunca padecen las enfermedades que nos afectan. Debes saber que precisamente los problemas de salud diezman con mayor efectividad a la tripulación que las balas de los mosquetes y las granadas inglesas. Por ello si de La Habana salimos 960 tripulantes, vamos a ver cuántos llegamos vivos al Ferrol.

Sería bueno que bajasses a las entrañas de este monsttruo para que veas que cosa es la sentina del barco, lugar en el que no por gusto se encierra muchas veces a los indisciplinados para castigar hasta la más mínima desobediencia. Allí, un lugar tenebroso al que resuman todas las exccrecencias del barco, proliferan las ratas y los mosquitos, las chinches y otros insectos no menos ponzoñosos. Te repito Rodrigo que estar allá arriba, en la tercera batería, bajo el fuego directo y la metralla enemiga es muchas veces preferible a encontrarse en estos lugares. Así que si tienes deseos y oportunidad, te invito a conocer la verdadera vida de un marinero del Santísima Trinidad.

En esos momentos tuvimos que terminar la plática, pues uno de los tenientes de navíos se personó de repente en el lugar, al parecer en busca del personal de las piezas que habían abandonado su puesto de combate. Al ver nuestra animada conversación, un poco turbado por la familiaridad que mostraba un simple carpintero de rivera que además era pardo con el que suponía un joven aristócrata de La Habana, el teniente expresó: disculpe señoritos si interrumpo vuestra "amena conversación" con este sujeto de baja ralea que debía estar trabajando y no perdiendo el tiempo, pero ¿no habéis visto para dónde se fueron los servidores de estas piezas?.

Después de informarle que creía que habían ido a la bodega en busca de unos cordajes, consideré prudente regresar al alcázar, en previsión de que este suceso pudiese traer alguna consecuencia negativa para el pobre Bartolo.

Todavía bajo la impresión de lo que me había relatado mi amigo acerca de las penalidades de la vida marinera, bajé a mi camarote para leer uno de los libros que llevaba en mis alforjas. Al registrar su contenido, encontré el pañuelito de hilo bordado por la mano de Beatriz y la cajita de dedales que abrí con cuidado para ver el rizo de sus negros cabellos que acaricié con nostalgia. Debo decirque la habitación que me habían destinado aunque pequeña era muy acogedora , ya que tenía una ventana que daba a babor y hasta su propia "jardinera" (retrete), lo cual era un lujo. Más tarde supe que en realidad era una accesoria del camarote del capitán destinada a servir de cuarto de estudio o despacho.

En esos momentos, tocaron a la puerta de mi aposento y al abrir, se encontraba el ayudante de cámara del capitán que me comunicó que éste deseaba verme de inmediato. Con la corazonada de que la conversación en este caso no sería muy agradable, me trasladé hasta el camarote aledaño.

Después de solicitar autorización para entrar, penetré en el interior del local observando que Echezarreta se encontraba analizando una carta marina desplegada sobre su mesa, en la que con un compás y unas reglas trazaba unas líneas que me imaginé eran el rumbo que seguía el Santísima Trinidad. Sin levantar la vista del mapa con voz un poco más autoritaria de lo normal me pidió que me sentara, lo que hice diligente para no complicar más la situación. Concluído su trabajo, el capitán se sentó en una mullida butaca y acercándose a la mesa me dijo: disculpe la pregunta Don Rodrigo pero me gustaría conocer qué relaciones mantiene usted con ese pardo llamado Bartolomé que aparece en mi lista de marineros "enganchados" como carpintero. No se extrañe de lo que inquiero, pues no es muy habitual que existan familiaridades entre el personal de cubierta y la oficialidad y mucho menos con un representante de las mejores familias de San Cristóbal de La Habana. Le hago la pregunta como si fuera su hermano mayor, o si lo desea, como si fuera su padre, con el mejor ánimo de comprender lo que me diga.

Luego de relatar de forma suscinta la historia de mi amistad con Bartolomé y los lazos que nos unían a las dos jóvenes mestizas habaneras, el capitán aflojando un poco la seriedad de su rostro mientras se le dibujaba una sonrisa de picardía expresó: ya veo, ya veo. Debí haberlo imaginado, siempre la misma historia. La atracción fatal que sentimos todos los hispanos por la piel canela, ya sea una mora de Andalucía o una mestiza del nuevo mundo. Se dice que hasta Diego Velásquez, el conquistador de la isla de Cuba, tuvo hijos con las indias con las que estaba amancebado como si fuera un Pachá turco o un Califa de Bagdad, por no hablar de Hernán Cortés con su famosa Malinche.

Pero bien volvamos a nuestra conversación. En los días que llevamos a bordo le he tomado afecto Don Rodrigo y he tratado poco a poco de introducirlo en la vida de un buque de combate pues al graduarse en la academia naval, comenzará a recorrer la escala de la oficialidad. Primero como guardiamarina, luego como alférez de fragata, alférez de navío, teniente de fragata etc. Por ello, me gustaría que desde ahora asimilara una lección: La tripulación de un navío de línea de la armada real es muy heterogénea. En la misma se pueden encontrar desde profesionales que aman su trabajo hasta aventureros y delincuentes que por evadir la acción de la justicia buscan refugio en las bodegas de un barco, soñando poder desertar en el primer puerto al que arriben. Por ello la disciplina a bordo es algo esencial. Un oficial de su majestad no se puede permitir libertades con sus subordinados porque ello puede provocar las peores consecuencias. Una tripulación insubordinada puede ser la causa de la destrucción de un barco de guerra e incluso de la pérdida de toda una flota, por ello las ordenanzas navales han establecido un código de conducta que se exige a todos los aforados, cuyo incumplimiento puede dar lugar a los más severos castigos que incluyen desde el encierro en las bodegas del buque, la privación de comida por varios días, los azotes y golpes con varas, pasar por la quilla al infractor, la amputación de una de sus manos y por último la pena de muerte mediante ahorcamiento. Estas medidas, que en lo que a mi persona respecta, nunca han sido de mi agrado, le puedo asegurar que no vacilaré en aplicarlas, siempre que ello sea imprescindible.

Amigo, el capitán de un buque es absolutamente responsable del mismo y por lo tanto tiene que ser obedecido prontamente por todos los demás oficiales y demás hombres, ya fueran de la dotación o pasajeros. Un comandante de navío debe celar con empeño en la disciplina, instrucción y obligaciones de sus oficiales y guardiamarinas, ya que son los responsables del buque y tienen que dar ejemplo a los demás tripulantes.

Por ello le solicito, es más le ordeno, aunque todavía sea un pasajero civil que se cuide en sus tratos con los subordinados, con lo cual me ayudará a que la nave arribe sin problemas a España.

Comprendiendo que en el fondo el capitán tenía razón, en los días restantes me mantuve alejado de Bartolomé, al que en previsión de que fuese a acercarse a mi persona, se le asignaron una serie de pesadas tareas en la primera batería o sea al nivel de la línea de flotación, con la órden dada a los contramaestres de que no podía subir a la cubierta superior hasta nuevo aviso.

A partir de ese instante, para mi quedó claro que en las naves de la Armada Real, habían más desigualdades, abusos de poder y absolutismo que en las tierras de la corona española.

* * *

Continúa ...