LAS GUERRAS PÍRRICAS HERACLEA: PRIMER CHOQUE DE LAS FALANGES CON LAS LEGIONES ROMANAS
Lic. Miguel Angel García Alzugaray

Pirro era rey de Epiro, que, por un instante en la historia, se convirtió bajo su gobierno en una importante potencia militar.

La historia primitiva de Epiro es de poca importancia, aunque los reyes que lo gobernaron pretendían descender de Pirro, el hijo de Aquiles. Hasta el reinado del nuevo Pirro, la única posible pretensión a la fama de Epiro era el hecho de que Olimpia, madre de Alejandro, era una princesa de la región y, por ende, Alejandro era epirota a medias.

Después de la muerte de Alejandro, un primo de Olimpia se sentó en el trono de Epiro. Luchó contra Casandro y fue derrotado y muerto en 313 a. C. Su hijo menor era Pirro, quien, por ende, era primo segundo, del gran Alejandro y el único pariente de éste que mostró al menos una parte de su capacidad.

El hermano mayor de Pirro subió al trono de Epiro y, durante un tiempo, Pirro fue soldado de fortuna en los ejércitos de los diádocos. Luchó por Demetrio Poliorcetes en Ipso, por ejemplo, cuando sólo tenía diecisiete años.

Pirro llegó a ser rey de Epiro en 295 a. C., pero la paz lo hastiaba. Sólo le interesaba la guerra y necesitaba algún vasto proyecto al cual dedicarse. La ocasión se le presentó en 281 a. C. con la llamada de Tarento, a la que respondió de buena gana.

A finales del siglo IV a. C., Tarento era una de las más importantes colonias de la Magna Grecia. La Magna Grecia no era una entidad política, sino que era un conjunto de ciudades creadas durante los siglos V a. C. y IV a. C por colonos griegos en el sur de la península itálica y que estaban en constante guerra entre ellas.

En el otoño de 282 a. C., Tarento celebraba su festival en honor a Dioniso en su teatro al borde del mar, cuando sus habitantes vieron naves romanas entrando en el golfo de Tarento:​en concreto, diez trirremes dirigidos por Publio Cornelio Dolabela que se dirigían hacia la guarnición romana de Turios en misión de observación, según el historiador Apiano.​

Los tarentinos, disgustados por la violación por parte de los romanos del tratado que prohibía su entrada en el golfo de Tarento, lanzaron su flota contra las naves romanas. Durante el combate, cuatro naves romanas fueron hundidas y una fue capturada.​

Los romanos enviaron entonces una misión diplomática dirigida por Póstumo. Según Dion Casio, los embajadores romanos fueron recibidos con insultos y burlas de los tarentinos, e incluso un borracho orinó en la toga de Póstumo.​​ Fue entonces cuando el embajador romano exclamó: «Reíros, reíros, vuestra sangre lavará mi ropa».​

Por todo ello, las reivindicaciones romanas fueron rechazadas y Roma se sintió en su derecho de declarar una guerra «justa» a Tarento. Sabedores de sus pocas posibilidades de victoria contra Roma, los tarentinos pidieron ayuda a Pirro, rey de Epiro.

En respuesta a dicha solicitud, Pirro desembarcó en Tarento con 25.000 hombres y una cantidad de elefantes, que de este modo entraron en las guerras italianas por vez primera. Pirro contempló con desprecio la cómoda vida de los tarentinos. Ordenó el cierre de los teatros, suspendió todas las fiestas y comenzó a entrenar al pueblo. Los tarentinos se sintieron sorprendidos y disgustados. Querían la derrota de los romanos, pero no estaban dispuestos a hacer nada para obtenerla. Querían que otros efectuasen la tarea. Pirro sencillamente tomó a algunos de los que protestaban y los envió a Epiro. Los restantes se tranquilizaron.

Cuando Pirro supo que los romanos estaban amenazando Heraclea, decidió ir a su encuentro sin esperar a los refuerzos de sus aliados. Estaba decidido a enfrentar al enemigo sólo con los epirotas y los tarentinos que tenían tiempo para recibir una formación adecuada.

Según varias fuentes, el rey epirota intentó negociar con el cónsul Publio Valerio Levino, lo que sugiere a sí mismo como un árbitro para la solución de los conflictos romano-tarentinos. La respuesta del cónsul fue negativa: "Los romanos no eligieron a Pirro como árbitro y no le temen como un enemigo". El conflicto armado era ya inevitable. Sin más demora, Pirro se dirigió a enfrentarse a las legiones enemigas que estaban cerca de Heraclea. Desplegó sus fuerzas al abrigo del rio Siris, ocupando los vados para que los romanos no pudieran cruzar el rio, mientras esperaba la llegada de refuerzos samnitas, estableciendo su campamento entre las ciudades de Heraclea y Pandosia.

Pirro recorrió a caballo las orillas del río Siris para observar las posiciones romanas. Observando los movimientos de las formaciones enemigas, quedó impresionado por la excelente organización del campamento y en general por el orden y la disciplina del ejército romano. Según Plutarco, el rey epirota dijo a su amigo Megacles: "La disciplina de estos bárbaros no es tan bárbara"

Los romanos, por su parte, fueron inusualmente agresivos. No querían que samnitas y griegos unieran sus fuerzas, así que decidieron tomar la iniciativa. Levino mandó su caballería rio abajo, alejados de las posiciones epirotas para buscar un vado y cruzar el río. Una vez cruzado el río, la caballería romana atac´ó de flanco a los hoplitas que ocupaban los vados, poniéndolos en fuga. Acto seguido, la infantería romana comenzó a cruzar el río.

Pirro reunió apresuradamente 3.000 de sus mejores jinetes macedonios y tesalianos, y march´ó hacia el rio, para tratar de evitar que los romanos lo cruzasen. Cargaron contra los legionarios, pero ya era tarde, la mayoría de la infantería romana ya había cruzado el rio por los vados y comenzaba a desplegarse.

Al respecto, relata Plutarco que:

"Pirro, sobresaltado con la noticia, dio orden a los jefes de la infantería para que al punto la formasen y se mantuviesen sobre las armas, y él mismo se adelantó con los de a caballo, que eran unos tres mil, esperando sorprender en el paso a los Romanos dispersos y desordenados. Cuando vio muchos escudos sobre el río y a la caballería que avanzaba en orden, se rehizo y acometió él primero, haciéndose notar por la brillantez y sobresaliente ornato de las armas y mostrando en sus hechos un valor que no desdecía de su fama; el que se echó más de ver en que, no obstante aventurar su cuerpo en el combate y defenderse vigorosamente de los que le acometían, no le faltó la presencia de ánimo ni dejó de estar en todo, sino que, como si se conservara sereno fuera de acción, así dirigía la guerra, recorriéndolo todo y dando socorro a los que parecía que aflojaban.

En esto, un macedonio llamado Leonato, observando que un Italiano se dirigía contra Pirro, enderezando a él el caballo y siguiendo siempre sus pasos y movimientos: "¿Ves- le dijo- ¡oh rey! aquel bárbaro que viene en un caballo negro con pezuñas blancas? Pues paréceme a mí que trae algún grande y dañoso designio, porque puso en ti la vista y contra ti se dirige lleno de arrojo y de cólera, sin hacer cuenta de los demás; así, guárdate de él" Al que contestó Pirro: "Es imposible-¡oh Leonato! que el hombre evite su hado; pero yo te aseguro que ni éste ni ningún otro Italiano se podrá alegrar de habérselas conmigo."

El ejército romano se componía de 39.200 infantes y 4.800 jinetes desplegados de norte a sur de la siguiente manera:

  • Ala norte: 1.200 jinetes italianos del sur de Italia, 1.200 jinetes romanos y detrás de estos 1.200 infantes ligeros apulianos.
  • Centro: 1ª legión romana, 1ª legión aliada, 2ª legión romana, 2ª legión aliada, 3ª legión romana, 3ª aliada, 4ª legión aliada, 4ª legión romana.
  • Ala sur: 3.600 jinetes aliados y detrás 1.200 infantes ligeros campanos.

El ejército de Pirro se componía de 8.000 jinetes, 35.000 infantes, 30 elefantes desplegados de norte a sur:

  • Ala norte: 3.000 jinetes tesalianos y detrás 10 elefantes.
  • Centro: 3.000 hipaspistas mandados por Milón; 20.000 falangistas epirotas (molosos, tesprocios, caonios, ambraciotas incluyendo 5.000 soldados macedonios dados por Ptolomeo); 5.000 (mercenarios etolios, acamamos y atamanios de Grecia y también itálicos; 6.000 hoplitas tarentinos o "escudos blancos".
  • Ala sur: 4.000 jinetes tesalianos y macedonios; 1.000 jinetes tarentinos; 2.000 arqueros; 500 honderos de Rodas; 20 elefantes de guerra con soldados en sus torres.

Pirro se acercó al rio y observó las formaciones de las falanges y le impresionó la evolución de sus movimientos.

Lo que siguió fue la primera batalla entre hoplitas y legionarios. Los legionarios lanzaron sus dos andanadas de pilum y a continuación buscaron el choque con la falange. Se produjo una serie de enfrentamientos, frustrantes para cada bando. Los legionarios se veían frustrados porque no podían romper el muro de hoplitas, los epirotas se veían frustrados porque cada vez que derrotaban a un manipulo, otro manipulo los flanqueaba y la línea de falangistas corría grave peligro de ser traspasada.

Por suerte para Pirro, las legiones aliadas de roma no pudieron desplegarse convenientemente, lo que hubiera permitido a los romanos flanquear a la falange desde ambos flancos.

Durante largo tiempo, el resultado de la batalla fue incierto.

En un momento dado, un escuadrón de caballería romana del sur al mando de un tal Oplacodel, atacó a Pirro y sus escoltas, consiguiendo matar a su caballo y herir levemente al mismo Pirro, que tomó la acertada decisión de quitarse su uniforme real y hacer que se lo pusiera uno de sus oficiales, Megacles. La idea fue inteligente, dado que más tarde Megacles murió en combate a manos de un tal Dexio, que le quitó el casco y el manto real y se lo llev´ó al cónsul romano Levino.

El rumor de la muerte de Pirro se propagó por el ejército griego, empezó a cundir el desánimo en sus filas. Para evitar una debacle Pirro reaccionó con rapidez. Tubo que exponerse al peligro recorriendo sin su casco de combate las líneas propias para que las tropas le vieran, animando sin cesar a sus soldados y haciéndoles ver que estaba muy vivo.

Levino aprovechó la confusión para lanzar el resto de su caballería contra el flanco expuesto de la falange.

Pirro vio llegado el momento decisivo e introdujo en el campo de batalla a los elefantes. Los romanos contemplaron con terror a las enormes bestias. Nunca podían haber imaginado que pudieran existir tales animales y los denominaron "bueyes lucanos", porque a sus ojos se asemejaban a los bueyes y la batalla se estaba dando en la región de Lucania.

Los caballos romanos, asustados por los elefantes y por el fuerte olor que despedían, reaccionaron descontroladamente, huyendo del campo de batalla sin que sus jinetes fueran capaces de controlarlos.

Seguidamente, Pirro lanz´ó sus elefantes contra la infantería romana, ayudado por la caballería tesaliana. La presión era enorme para la línea romana, que empezó a ceder y retirarse, aunque lo hicieron ordenadamente. La retirada romana fue atenuada por un valiente legionario que en una audaz acción, cortó con su espada la trompa de un elefante, el cual con sus alaridos de dolor sembró el nerviosismo en el resto de sus congéneres, Pirro para evitar que este acto pudiera degenerar en algo peor, decidió dar por finalizado el hostigamiento a la retirada romana.

La infantería romana huyó, permitiendo a los griegos apoderarse del campamento romano.

En las batallas antiguas, el abandono del campamento por el adversario significaba una derrota total pues suponía abandonar todo: material, animales de carga, vituallas y equipaje individual. Los legionarios supervivientes huyeron a la ciudad Apulia, abandonando parte de su equipo.

Secuelas

La primera batalla entre la falange y la legión había dado la victoria a la primera, pero Pirro no se llevó a engaño. Tras la retirada romana, Pirro cabalgó entre los cadáveres del campo de batalla y observó que ningún soldado romano tenía heridas en la espalda. Ninguno había huido, ni siquiera ante los elefantes. Quedó impresionado por el coraje de los soldados enemigos y dio órdenes de que los muertos recibieran un entierro honorable.

Las pérdidas fueron enormes, 15.000 romanos y 13.000 griegos, Pablo Orosio dio las pérdidas romanas con una precisión sorprendente: 14.880 muertos y 1.310 presos por parte de los soldados de infantería, 246 jinetes muertos y 502 presos, así como 22 estandartes perdidos.

Pirro se dio cuenta que su victoria se había debido al efecto sorpresa causado por los elefantes, y que ese efecto sorpresa no volvería a producirse.

Celebró su victoria con ofrendas votivas de armas de enemigos capturados en el horaculo nativo de Dodona. Una modesta tableta de bronce aún sobrevive con la inscripción votiva: "El rey Pirro y los Epirotas y los Tarentinos a Zeus Naius de los romanos y sus aliados". Envió su propia armadura y las cabezas de las bestias sacrificadas al templo de Atenea en Lindos en la isla de Rodas. Zeus de Tarento también recibió ricas ofrendas votivas y los tarentinos de igual modo enviaron ofrendas a Atenea para demostrar el significado de esta victoria sobre los bárbaros. Sobre las monedas tarentinas un pequeño elefante y una nike alada proclamaban la victoria que ellos habían ganado juntos.

El general griego propuso a los presos romanos unirse a su ejército, como se hacía en Oriente con los contingentes mercenarios, pero éstos se negaron.

Desde el punto de vista político, la victoria greco-epirota fue muy rentable, porque significó la incorporación a la coalición griega de una gran cantidad de ciudades de la Magna Grecia indecisas, que en ese momento buscaban la protección del rey epirota. Además esta victoria desde el punto militar fue decisiva para Pirro, pero también sirvió a una gran cantidad de ciudades de Campania y del Lacio para reafirmar su fidelidad a la República.

Después de Heraclea Pirro envió a su consejero Cineas a Roma con propuestas de paz, mientras él reunía las fuerzas de sus aliados y marchaba lentamente hacia la Italia Central. Pero los romanos no estaban dispuestos a discutir la paz mientras Pirro permaneciese en Italia. Por ello, la guerra continuó.

(continuará)

Bibliografía

Plutarco (2007). «Volumen IV: Arístides & Catón; Filopemen & Flaminino; Pirro & Mario, capítulo XV». Vidas paralelas. Madrid: Editorial Gredos. ISBN 978-84-249-2867-4.

Tito Livio. «Libro XI». d Apiano. «Libro XI». Historia de Roma. Las guerras samnitas.

Dion Casio (2004). «Libro IX (capítulo CV)». Historia romana, Libros I-XXXV (Fragmentos). ISBN 978-84-249-2728-8.

Floro, Epítome de la historia de Tito Livio, libro I, XVIII. XVIII. - Guerra contra Tarento y contra el rey Pirro - (471-481 ab urbe condita)

Theodor Mommsen; C. A. Alexandre (2003). «Libro II, capítulo VII. Pirro y la coalición».

Pirro, ECURED

Fernández Bulté, Historia del Estado y el Derecho. Edit UH. La Habana, Cuba.

FIN