Berenice II  (h. 269 a. C. — 221 a. C.)

Lic. Miguel Angel García Alzugaray

Apama, partidaria de una alianza con la dinastía seléucida de Siria, intentó frustar dicho matrimonio prometiendo a Berenice con el príncipe macedonio y rey de Cirene, Demetrio el Bello, con el que se casó alrededor de 249 a. C.,. Sin embargo, tras de llegar a Cirene, Demetrio se hizo amante de Apama, y Berenice le hizo asesinar. No tuvo hijos con él.​ , pero ella urdió un plan para asesinarlo, tras lo cual casó con Ptolomeo III.

Más tarde se casó con Ptolomeo III, con el que tuvo seis hijos: el futuro Ptolomeo IV, Magas, Lisímaco, Alejandro, Arsínoe III, y Berenice,​esta última, muerta en su infancia.

Tras la muerte de su esposo en 221 a. C., su hijo Ptolomeo (probablemente asociado al trono junto a ella) la mandó envenenar, temiendo que pretendiera nombrar sucesor a su hermano Magas.​

Estando ya incluida en el culto dinástico junto a su esposo con el nombre de Los Evergetes (Benefactores), a su muerte Ptolomeo creó en su honor un sacerdocio anual, el Athlophoros.

Berenice II fue además la primera reina del Egipto ptolemaico que hizo acuñar monedas con su efigie.

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La cabellera de Berenice

Cuando Ptolomeo subió al trono, su primera misión consistió en ir a Siria para luchar contra el rey Seleuco II y vengar el asesinato de su hermana y de su sobrino (que era el heredero al trono de esta región de Asia). Combatió largamente y obtuvo muchas victorias, pero en su ausencia, su esposa Berenice languidecía y estaba llena de temores por la vida de su esposo. En su desconsuelo, un día fue al templo de Afrodita y allí juró ante la diosa que sacrificaría para ella su hermosa cabellera (que era la admiración de todos cuantos la conocían), en el caso en que Evergetes regresara vivo y vencedor. Así fue, y ese mismo día, el día de su regreso, Berenice cumplió su promesa.

Pero por la noche alguien llegó hasta el templo y robó la cabellera. Se rumoreó que lo hizo un sacerdote del templo de Serapis, dios egipcio, indignado por el hecho de que la reina hiciera un sacrificio a una deidad griega. La desesperación de Berenice y el furor de Ptolomeo ante el hecho del hurto fueron grandes. Pero ante ellos llegó el astrónomo Conón de Samos para calmarlos. Su ciencia era muy venerada; había escrito siete libros sobre astronomía y todo el mundo conocía su gran amistad con el famoso Arquímedes de Siracusa. Conón mostró a los reyes una agrupación de estrellas, y les contó que esa constelación acababa de aparecer en el firmamento y que sin duda se trataba de la cabellera de Berenice, que había sido transportada allí por la diosa Afrodita, a quien se le había ofrecido. Después, el sabio Conón dibujó una larga melena de estrellas en el globo celeste del Museo de Alejandría.

El poeta y gramático griego, Calímaco de Cirene, que había sido bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría durante muchos años, inmortalizó a la reina Berenice y su magnífica cabellera en una elegía. He aquí uno de sus fragmentos:

Estaba yo recién cortada y mis hermanas me lloraban cuando, de pronto, con un rápido batir de alas, el dulce soplo del céfiro me lleva a través de las nubes del éter y me deposita en el venerable seno de la divina noche Cypris. Y a fin de que yo, la hermosa melena de Berenice, apareciese fija en el cielo brillando para los humanos en medio de innumerables astros, Cypris me colocó, como nueva estrella, en el antiguo coro de los astros.

El poema de Calímaco se conoce por la imitación de Catulo y por un fragmento de veinte versos hallados en un papiro egipcio.

El poema de Cátulo en cuestión que reproducimos, esuna elegía que aparece con el número 66 en su famosa obra "Carmina".

LXVI (267)

El que distinguió una por una todas las lumbres del gran firmamento, el que descubrió la salida y el ocaso de las estrellas, cómo se oscurece el llameante resplandor del rápido sol, cómo los astros se retiran en momentos fijos, cómo un dulce amor, alejando a hurtadillas a Trivia bajo las rocas de Latmo, la hace descender de su ronda aérea; ese mismo, el famoso Conón, por voluntad celestial, me vio resplandeciendo de claridad a mí, cabellera de la cabeza de Berenice, a quien ella prometió, alzando sus delicados brazos, a muchas de las diosas, en aquella ocasión cuando el rey, lleno de vigor por unas bodas recientes, había ido a devastar los territorios asirios, llevando las dulces huellas de la pelea nocturna que había sostenido por el botín de la virginidad.

¿Es acaso la pasión motivo de odio para las recién casadas? ¿No se burlan ellas de las alegrías de sus padres con lágrimas falsas que derraman con abundancia tras el umbral de la habitación nupcial? ¡Que los dioses me asistan!: no son de verdad sus gemidos.

Eso me lo enseñó mi reina con sus muchas quejas cuando su reciente marido iba a iniciar fieros combates.

¿No es verdad que tú, abandonada, no lloraste por tu lecho huérfano, sino por la lamentable partida de tu querido hermano? ¡Cómo devora la preocupación hasta lo más profundo tus apesadumbradas entrañas! ¡Cómo entonces tú, con la angustia dueña de toda tu alma, arrebatados los sentidos, perdiste la cordura!

Pero yo, bien es cierto, te sabía valiente desde que eras pequeña.

¿Te has olvidado acaso de la brillante acción por la que conseguiste una boda real, y a la que no se ha atrevido ninguno más fuerte? ¡Qué palabras tristes dijiste entonces al despedir a tu marido! ¡Por Júpiter, cuántas veces te secaste los ojos con tus manos! ¿Qué dios tan grande te ha cambiado? ¿Es porque los amantes no quieren estar lejos del cuerpo que adoran?

Y entonces me prometiste a todos los dioses por tu dulce esposo no sin el sacrificio de un toro, si obtenía el regreso.

Él, en no largo tiempo, había añadido el Asia conquistada a los territorios de Egipto. Yo, entregada por esas acciones a la asamblea celestial, cumplo los votos de antaño con el regalo reciente.

De mala gana, oh reina, me separé de tu cabeza, de mala gana: lo juro por ti y por tu cabeza, y todo el que jure en vano que se lleve su merecido; pero, ¿quién pretenderá ser igual al hierro? También fue derribado aquel famoso monte, el mayor en las tierras, sobre el que pasa la célebre descendencia de Tía, cuando los medos descubrieron un nuevo mar y cuando la juventud extranjera navegó con su flota por en medio del Atos.

¿Qué pueden hacer unos bucles cuando cosas tales ceden ante el hierro? ¡Júpiter!, que perezca toda la raza de los cálibes y el que primero se aplicó a buscar venas bajo tierra y a modelar la dureza del hierro.

Recién separadas, trenzas hermanas lloraban mi destino, cuando el hermano del etíope Memnón, impulsando el aire con el batir de sus alas, se presentó, caballo volador de la locria Arsínoe; y él, llevándome, alza su vuelo por las etéreas sombras y me deposita en el casto regazo de Venus.

La propia Cefirítide había enviado allí a su criado, ella, habitante griega de las costas de Canopo. Para que en la divinidad del cielo no sólo estuviera fija la corona de oro de las sienes de Ariadna, sino que también refulgiera yo, devotos despojos de una cabeza rubia, la diosa a mí, que llegaba a los templos de los dioses algo humedecida por el llanto, me colocó como un nuevo astro entre los antiguos.

Pues tocando los luceros de la Virgen y del feroz León, junto a Calisto, la hija de Licaón, me dirijo hacia el ocaso, como guía delante del lento Boyero, que con dificultad se sumerge tarde en el profundo Océano.

Pero, aunque de noche me pisan las huellas de los dioses, el día, sin embargo, me devuelve a la cana Tetís (con tu permiso se me consienta hablar ahora, virgen Ramnusia, pues yo no ocultaré la verdad por ningún temor, ni siquiera aunque los astros me desgarren con sus palabras hostiles para que no descubra yo los secretos de mi pecho).

No me alegro tanto por estas cosas como me atormento porque siempre estaré lejos, estaré lejos de la cabeza de mi dueña, con la que yo, mientras fue doncella en otro tiempo, desconocedora ella de toda clase de perfumes de una casada, bebí muchos vulgares.

Ahora vosotras, a las que unió en el día deseado la antorcha nupcial, no entreguéis vuestros cuerpos a los enamorados esposos desnudando vuestros pechos al arrojar lejos el vestido, antes que el ónice derrame para mí gozosos dones, vuestro

ónice, vosotras que cultiváis vuestros derechos en casto lecho.

Pero la que se ha entregado a un deshonesto adulterio, ¡ay!, que el polvo ligero beba vanos sus regalos , pues yo no busco, de las indignas, ningún premio. Más bien, recién casadas, quiero una cosa: que siempre la armonía, siempre el amor habite todos los días vuestras casas.

Y tú, reina, cuando contemplando las estrellas aplaques a la diosa Venus los días

de fiesta, no permitas que yo, que soy tuya, me quede sin perfumes, sino hazme participar de generosos regalos. Sigan su curso los astros, vuelva yo a ser cabellera real: ¡Orión brillaría al lado del Acuario.

fin!