¿ALEJANDRO MAGNO HIJO DEL FARAÓN NECTANEBO II?
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Según una leyenda muy difundida en la Grecia helenística, hacia el año 357 AEC, un Faraón egipcio al que los griegos llamaban Nectanebo, visitó la corte de Filipo II, Rey de Macedonia. Se dice que se trataba de un consumado mago, un adivinador, quien sedujo en secreto a Olimpia, Princesa de Epiro y esposa de Filipo.El relato aclara que aunque en ese momento, ella lo ignoraba, el mago era en realidad el dios que los egipcios llamaban Amón-Ra, los griegos Zeus, quien había ido hasta ella disfrazado de Nectanebo. Y así fue que su hijo Alejandro resultó ser el hijo de un dios, el mismo dios cuyo templo había profanado el persa Cambises.

Hay varias versiones de esta leyenda. Una de ellas cuenta que Nectanebo dominaba todas las cosas con su poder mágico, y que gracias a esta práctica sometía a los ejércitos invasores, modelando réplicas de cera de los barcos y guerreros enemigos que sumergía en un barreño, quedando entonces igualmente sepultados hombres y navíos en el océano. Pero ante el despliegue de una multitud de pueblos contra Egipto, Nectanebo terminó escapando hacia Pelusio, el puerto egipcio más cercano a Asia, disfrazado de sacerdote.

Alarmado el pueblo por la desaparición de su faraón, consultaron el oráculo del Serapeo, que vaticinó el regreso de Nectanebo en la forma de su hijo Alejandro con las siguientes palabras: Ese rey que ha huido regresará de nuevo a Egipto no más viejo, sino rejuvenecido, y someterá a nuestros enemigos los persas.

Refugiado en Macedonia, Nectanebo se izo famoso como adivino. La reina Olimpia de Epiro acudió a consultarle impresionada por su reciente fama, para inquirirle si era cierto que su esposo Filipo II de Macedonia al regresar de la guerra la rechazaría y tomaría a otra como esposa. Nectanebo entonces la convenció de que la única manera de que esto no sucedería es que aceptase unirse durante la noche con el dios Amón para tener un hijo de él, el cual serále dijo, un vengador de los ultrajes que te haga Filipo.

Una vez llegada la noche, Nectanebo se disfrazó con los cuernos del carnero y la túnica blanca del dios, y así tomó a Olimpia en su dormitorio.

A su regreso, Filipo no adoptó ninguna medida contra su esposa, asombrado por los varios prodigios que le mostraba Nectanebo tanto en sueños como durante sus banquetes para engañarle sobre la procedencia divina del aún no nacido Alejandro.

En el parto, obligó a Olimpia a resistir los dolores y a retrasar el nacimiento hasta que los astros ocuparan una posición que asegurara el futuro glorioso del heredero de Macedonia.


A Alejandro le preocuparon siempre los rumores de que, en realidad, no era hijo de Filipo, sino el fruto de una unión ilícita entre su madre y Amón-Ra. Y las tensas relaciones entre Filipo y Olimpia sólo sirvieron para confirmar las sospechas.

La conquista de Egipto

A principios del 331 AEC, tras unas exitosas campañas militares contra los persas, Alejandro se encaminó a Egipto, donde esperaba una fuerte resistencia por parte de los virreyes persas que gobernaban el país. Pero se sorprendió al ser recibido como un libertador.Sin perder tiempo, Alejandro fue hasta el Gran Oasis de Siwa, sede del Gran Templo y Oráculo de Amón-Ra, en el noreste de Egipto. Se creía que los primeros Faraones egipcios eran hijos de Amón, y Alejandro, el nuevo dirigente de Egipto, quería que el dios le reconociera como su hijo.Allí, el mismo dios le confirmó a Alejandro su verdadero parentesco y, así reafirmado, los Sacerdotes Egipcios lo deificaron como Faraón. De ese modo, su deseo de escapar a su destino mortal se convertía no en un privilegio, sino en un derecho.(A partir de entonces, se representó a Alejandro en las monedas como a un Zeus-Amón con dos cuernos).Más tarde, Alejandro fue hacia el sur, hacia Karnak, centro del culto de Amón-Ra. Y en el viaje hubo algo más de lo que parece.

Centro religioso venerado desde hacía 1.800 años, Karnak era un conglomerado de templos, santuarios y monumentos a Amón construido por generaciones de Faraones.Una de las construcciones más impresionantes y colosales era el templo que construyera la Reina Hatshepsut más de mil años antes de la época de Alejandro. ¡Ella también había sido hija del dios Amón, concebida por una Reina a la que el dios había visitado disfrazado!LOS RELATOSLos relatos sobre las aventuras de Alejandro Magno en busca de la inmortalidad, se encuentran en versiones paralelas en muchos idiomas -incluidos el Latín, el Hebreo, el Árabe, el Persa, el Siríaco, el Armenio y el Etíope-, así como al menos tres versiones en Griego.Las diferentes versiones, algunas de las cuales remontan sus orígenes a la Alejandría del Siglo 2 AEC, difieren aquí y allí. Pero, en general, sus abrumadoras similitudes indican un origen común (quizás los escritos originales del historiador griego Calístenes de Olinto, nombrado por Alejandro para que hiciera un registro de sus hazañas; o, como se ha dicho en algunas ocasiones, copias de las cartas de Alejandro a su madre Olimpia y a su maestro Aristóteles).CANDANCESegún estos textos, en vez de llevar a sus ejércitos de vuelta hacia el este, hacia el corazón del Imperio Persa, Alejandro eligió una pequeña escolta y a unos cuantos compañeros y organizó una expedición que se adentró aún más al sur. A sus desconcertados compañeros se les hizo creer que era un viaje de placeres sexuales.Se trataba de Candance, Reina de un país al sur de Egipto (el Sudán de hoy). Al revés que en el relato de Salomón y la Reina de Saba, en este caso fue el Rey el que se trasladó hasta el país de la Reina, pues, sin saberlo sus compañeros, lo que Alejandro estaba buscando en realidad no era el amor, sino el secreto de la inmortalidad.Después de una placentera estancia, la Reina accedió a revelarle a Alejandro, como regalo de despedida, el secreto de «la maravillosa cueva donde se congregan los dioses».SENUSERTSiguiendo las indicaciones de Candance, Alejandro llegó al lugar sagrado:«Entró con unos cuántos soldados, y vio una neblina como iluminada por las estrellas. Y los techos brillaban, como si estuvieran iluminados por las estrellas. Las formas externas de los Dioses eran físicamente manifiestas. Una multitud les servía en silencio».La visión de las «figuras reclinadas», cuyos ojos emitían rayos de luz, hizo que Alejandro se detuviera por un instante. ¿También eran dioses, o mortales deificados? Entonces, se sobresaltó al escuchar a una de las «figuras» hablando en voz alta:-Bienvenido, Alejandro. ¿Sabes quien soy?Y Alejandro contestó:-No, mi Señor.La figura dijo:-Soy Sesonchusis, el Rey que conquistó el mundo y que se ha unido a la fila de los Dioses.(Este Sesonchusis, no sería otro que el Faraón Senusert, también conocido como Sesostris I, quien reinó en el Siglo 20 AEC).Alejandro no se sorprendió en lo absoluto, como si se hubiera encontrado con la persona que iba buscando. Al parecer, su llegada era esperada, por lo que Alejandro fue invitado a entrar por «el Creador y Regente de todo el Universo».«Entró y vio una neblina con el resplandor del fuego. Y, sentado en un trono, el dios al que en cierta ocasión había visto adorar por los hombres en Rokotide, el Señor Serapis» (En la versión griega era el dios Dionisio).Alejandro vio entonces la ocasión para sacar el tema de su longevidad:-Señor Dios -dijo-. ¿Cuántos años viviré?Pero no hubo respuesta del dios. Después, Senusert, cuyo nombre egipcio significaba «El de Orígenes Vivos», intentó consolar a Alejandro, pues el silencio del dios hablaba por sí mismo:-Aunque yo mismo me he unido a las filas de los Dioses -dijo Senusert- no fui tan afortunado como tú... Pues aunque conquisté el mundo y sojuzgué a tantos pueblos, nadie recuerda mi nombre. Pero tú tendrás un gran renombre... Tendrás un nombre inmortal aún después de muerto. Vivirás después de morir, y así, no morirás.Desilusionado, Alejandro dejó las cuevas y «prosiguió el viaje que tenía que hacer»: buscando el consejo de otros sabios, buscando un escape a su destino mortal, para emular a otros que, antes que él habían conseguido unirse a los Dioses Inmortales.